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La sorpresa de Lucía (cuento de Navidad)

hervas

“Era una tarde de frío, con algo de aguanieve, una tarde difícil, pues se acababa de producir una gran invasión de nuestra península ibérica. Los ejércitos árabes avanzaban por al-Ándalus, con el apoyo de los propios invadidos, quienes estaban hartos de la tiranía de los godos…”

* Pero Señorita – dijo la pequeña Lucía – no entiendo entonces eso de la reconquista.

* Mira, Lucía, las cosas no son tan sencillas. Siempre hay que ponerse en los dos bandos para poder llegar a comprender la realidad de las cosas.

* ¿Qué bandos?

* ¡Pues está claro, los moros y los cristianos!

* ¿Pero no dijo usted los godos?

* Bueno, pero es que los godos eran cristianos.

* Y si eran cristianos… ¿por qué tiranizaban al pueblo?

* Pues porque no eran buenos cristianos.

* ¿Y los moros eran buenos entonces?

* Tampoco, pero ellos no lo sabían todavía.

* No entiendo nada…

* Bueno, pues dejemos la historia y vamos a las mates, que mejor será.

Lucía era demasiado inteligente para dejarse convencer con argumentos ilusos. Ella solamente aceptaba razonamientos claros y contundentes. Y así, entre conflictos con sus profesores, más adoctrinadores que docentes, los cuales padecían una gran carencia de conocimientos, Lucía fue formando sus propios criterios, pues era una chica muy inteligente, no se la engañaba fácilmente. La niña creció y se convirtió en una adolescente, muy guapa, por cierto. Entonces, se le acercaban los chicos como moscones a la miel y la envidiaban las otras chicas, consecuentemente. Hasta que un buen día terminó sus estudios de grado medio, o sea: el bachiller , y su padre tuvo la osadía de aconsejarle que buscase un novio y se casara.

* Deja a la niña en paz – terció su madre.

* No, si yo solo quiero que sea feliz y no sufra, porque la vida no está para más luchas – añadió el padre.

* Bueno, dadme un mes para pensarlo. Ya os diré si quiero o no estudiar y en caso de optar por ello, lo que me apetece hacer. Pero si lo que decido es no estudiar, tal vez me dedique a ser modelo o pudiera encontrar al amor de mi vida y casarme. Por favor, dadme un mes para pensarlo.

* Lo que tu quieras, cariño – contestaron a coro ambos padres.

Los padres de Lucía la adoraban y a su vez la admiraban. Tenía una inteligencia muy por encima de lo normal y sus decisiones siempre fueron acertadas. Total, que pidió algún dinero – poco, porque no sobraba – a sus padres y marchó en autobús de Madrid a Florencia, pues siempre le gustó mucho el arte del Renacimiento. Una vez en la ciudad toscana, se fue a vivir a un piso con otras chicas, en los alrededores de la via dei Servi, cerca de la Piazza della Santissima Annunziata. Entre el Duomo de Santa Maria dei Fiori y la Annunziata. Cerca de la casa había un supermercado de la cadena Conad que tenía de todo y a un precio razonable.

En Florencia hizo lo que todos, turismo artístico: Galleria degli Uffici, Accademia, Palazzo Piti, il Duomo, la Santa Croce… Sin embargo, había un lugar por el que procuraba pasar siempre, una esquina de la Piazza della Repubblica donde un hombre ya mayor tocaba su violín primorosamente, a veces acompañado de un joven con su saxo tenor e incluso con otro también joven que tocaba un contrabajo. Aunque la mayor parte de las veces estaba solo y casi siempre tocaba una de estas tres cosas: el allegro inicial del invierno de Vivaldi, el concierto de Paganini o el llamado Adagio de Albinoni. Ella se quedaba extasiada escuchando aquello. Un día, transcurrida más de una semana, empezó a llover y el viejo del violín – esta vez estaba solo – se refugió en los soportales seguido de Lucía, que le ayudó a llevar la silla y la mochila del anciano hasta ponerse a cubierto.

* Tante grazie – dijo el anciano – le piace il violino a Lei?

* Perdone, no hablo apenas italiano.

* Ah… – dijo el viejo – yo también soy español. Hace años que vine aquí, me casé, me separé… bueno, la vida. Mi mujer y mis hijos no me hablan. Solo tengo mi violín y algunos amigos. Vivo en un albergue de indigentes.

* ¿Por qué no vuelve a España?

* Pues porque tal vez mis nietos me quieran. He cometido muchos errores en mi vida y no quiero cometer más. He sido un egoísta, no he querido esforzarme y lo único que sabía hacer bien, que es tocar el violín, no lo supe compartir con la gente. Y ahora es tarde…

Aquello impresionó enormemente a Lucía. Volvió muchos días para escuchar el violín del viejo hasta que un día, de repente, vio claro su futuro y se dijo a sí misma: “a mí lo que más me gusta es ayudar a los demás, pero eso no se puede hacer sin una preparación adecuada, porque si no te preparas, en lugar de ser una ayuda eres un estorbo”. Y decidió volver a Madrid. No tuvo fuerza para despedirse del anciano del violín, pero se prometió a sí misma volver.

* Papá, Mamá, ya sé lo que quiero.

* ¿Y qué es?

* Bien, quiero dos cosas: ser Guardia Civil y aprender idiomas.

* Bueno, pero…

* Si, si, lo tengo claro y decidido.

Ante la contundente claridad de su afirmación, la mandaron a un academia de preparación para la oposición a oficial de la Guardia Civil y a otra academia para aprender inglés e italiano, como ella quiso. Pasó el tiempo, aprobó su oposición con una gran nota, marchó a la Academia General Militar de Zaragoza primero y luego a la Academia Superior de Oficiales la Guardia Civil. Unos cuantos años después recibía su despacho de Teniente y marchaba destinada a san Sebastián. Ya no eran los terribles años de la ETA, pero todavía no estaban bien del todo las cosas. Los padres en un sin vivir continuo, lógicamente, pero era la voluntad de la chica. Pasó el tiempo y se casó con un Oficial de la Armada. Bueno, ahorro pasos intermedios. El caso es que fueron destinados a una oficina de la OTAN en Roma y allí que se fueron con sus dos hijos, siendo visitados por los abuelos con cierta frecuencia. En una de esas visitas, ella decidió tomar un tren rápido, el EUR, a Florencia, para volver por la tarde. Total, solo era hora y media el viaje. Tenía que ver al anciano del violín, si vivía.

Bajó del tren y al pasar por la Basílica de Santa María Novella, escuchó lo que parecía un sonido de violín. Entró en la plaza y allí estaba el viejo con su violín. Le miró y le sonrió. El viejo se frotó los ojos y exclamó:

* ¡Ha vuelto, ha vuelto!

* Si, he vuelto. Han pasado diez años y ahora vivo en Roma, con mi marido y mis dos hijos, véngase a vivir con nosotros. Desde allí telefonearé a sus hijos para que vengan a verle cuando quieran.

Al viejo se le saltaron las lágrimas. No sabía qué decir. Todas sus posesiones las llevaba en la mochila y el violín con su funda. ¿Por qué no? Necesitaba un hogar. Había sido un canalla, pero ya era hora de volver a empezar, de darse a sí mismo una oportunidad de decencia. Y le dijo que sí.

Cuando volvieron a Roma fue toda una sorpresa. La casa era grande y cabían todos de sobra. Los dos niños estaban felices, con uno y dos años respectivamente, entre gateos y balbuceos, siempre pegados al anciano aquel. Pero lo más asombroso es que el viejo resultó ser un primo lejano de la madre de Lucía, un primo al que hacía más de cincuenta años que le habían perdido la pista. Telefoneó Lucía a los hijos del viejo, que reaccionaron muy bien, vinieron a verle pronto y le pidieron que se fuera con ellos. Su ex-mujer había fallecido hacía ya algunos años. El anciano no quería molestar, así es que les costó un poco trabajo convencerlo, pues ellos pensaban que había regresado a España, ya que no estaba por la Piazza della Repubblica. Total, que al final se fue con ellos a Florencia. De los dos hijos, uno era policía, por lo que se estableció una relación de amistan muy buena entre su familia y la de Lucía.

Sin embargo, lo que verdaderamente produjo una grandísima sorpresa en Lucía fue que el día de Navidad, cuando visitaban el Belén de la plaza de San Pedro, en el Vaticano, tuvo la sensación de que el niño desde la cuna le guiñaba el ojo, mientras La Virgen María y San José le sonreían. ¿Verdad, ilusión…? ¡Quien sabe!

Francisco Hervás Maldonado

Coronel Médico (r)

Navidad 2018


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