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Tal vez necesitemos una revisión de especie

hervas

"Los objetos que más me gustan

son los usados".

Bertolt Brecht

Poemas, 1932.

Una consecuencia de algún año electoral –de vez en cuando– es caer en un mar de reflexiones de la más variada estirpe, pero todas ellas un tanto sombrías, dado que cada una de dichas nuevas elecciones es un hecho inamovible y lo seguirá siendo mientras el pueblo aguante. Lo de después, francamente, es frecuente que nos preocupe bastante poco lo que pueda suceder en el más acá y demasiado lo del más allá. Tal vez la razón de tales metafísicas esté en el hecho de que vivimos en una duda perenne: ¿quién nos amargará la existencia los próximos años? Bueno, pues si reflexionamos así en todos esos momentos es por el hecho de que se nos avecinan voracidades electorales.

En ésta nuestra reciente convocatoria (¿o engaño?) electoral hay tres cosas que nos pueden impactar un poco más (creo sinceramente que todo nos influye, nos admira y nos requiere; somos así, sin idea de retroceso). Una de ellas ha sido un libro de Luis Rojas Marcos titulado “la autoestima”. Magnífico, sin duda, pero tremendo a su vez. Destacaría casi todo de ese libro, pero simplemente comentaré solo temas anecdóticos para no dañar una lectura posterior. Uno de ellos es la cita de una entrevista al alcalde de Nueva York, Edward Koch, en 1987, en la cual llegó a decir: “¡pero basta ya de mí! Hablemos de ti… ¿qué piensas de mí?”, con toda su jeta. Otro es cuando el autor nos dice que utilizar moderadamente estrategias protectoras del yo personal es saludable, ayuda a mantener la autoestima y a soportar el estrés del día a día, pero la confianza excesiva en uno mismo también es peligrosa. Rojas nos cuenta el ejemplo de los trabajos del Dr. David A. Davis, de la universidad de Toronto, donde al parecer se comprobaba que los médicos más incompetentes eran los de mayor autoestima, mientras que los más competentes, poseían una autoestima más moderada. Hemos de ser cautos, porque lo que se aparenta no es siempre lo que se es. Muchas personas con autoestima elevada fingen modestia –falsa modestia– y por el contrario, gentes con una baja autoestima tratan de llenar ese hueco con una afirmación constante de su personalidad ante los demás, sin duda para proteger su debilitado ego con una especie de cortina de humo. Hay otra autoestima perniciosa, la de las gentes crueles, la de las personas violentas, los terroristas, los maltratadotes, los asesinos… Esta autoestima es a veces autoagresiva, como en el caso de los suicidas. Y hay una autoestima buena, que nos ayuda a superar todos los posibles conflictos personales, que nos ayuda a relacionarnos y ser felices. Se suele asociar con la extroversión y el optimismo, aunque no necesariamente es así. Es la autoestima un tema delicado, que requiere un análisis personal para ponerla en el lugar adecuado de nuestra vida. Les ayudará leer el libro del psiquiatra Rojas Marcos, que como saben llegó a detentar varios cargos de gestión en la sanidad pública neoyorquina.

La segunda cosa que me ha impactado especialmente este comienzo de año es una película italiana llamada “Mediterráneo”, que acabo de volver a ver, y que obtuvo el óscar a la mejor película extranjera en 1992. Tampoco quiero revelar mucho de ella, por si la pueden ver (disponen de ella en DVD). Simplemente decirles que la fotografía, el vestuario y la ambientación son fenomenales, que la música es grandiosa y que la historia es muy profunda y extraordinariamente cómica. Podríamos decir que las cámaras se mueven en un paraíso visual y que transmiten sensaciones de todo tipo al espectador, ¡cómo las maneja el director! La historia es la de los que no sabemos a dónde pertenecemos, ni tampoco si vamos o venimos a o de alguna parte , como le pasa a los gallegos esos de las escaleras, pero con un sentido del humor fenomenal y sin cuestionarse las cosas más de lo que sea menester. Me hizo recordar un poco nuestros árboles genealógicos españoles, todos de una mezcolanza enorme. Que no me vengan con cuentos de ciudadanías, que a mí me va muy bien con mis genes revueltos (de hecho, no se pelean entre ellos). Uno es de donde está y cuando se viaja, la pertenencia es como nosotros, viajera y ubicua. Nos han engañado con multitud de cuentos –el patrioterismo , que no el patriotismo, es uno de ellos– para bien de unos pocos con el esfuerzo de muchos. No confundamos patrioterismo (que se limita a la defensa de una determinada simbología de la tierra y sus gentes, pero no de sus derechos y deberes) con patriotismo, virtud que alimenta la defensa de un bien común compartido, expresado mediante fundamentos de derecho (constitución, carta magna…), pero también mediante alianzas y acuerdos internacionales para la promoción del hombre y su entorno. Por eso, los intolerantes en todos los órdenes de la vida suponen siempre un retroceso evolutivo. Todos los canallas (y las canallas) usan y abusan de su posición para dominar al prójimo en beneficio propio. El problema es que… ¿quién es capaz de definir a los intolerantes? Yo no lo veo sencillo. Sin embargo, existen y todos los conocemos. Por eso, hay que saber pararles o terminarán devorando siglos de cultura, de progreso en la fraternidad universal y de paz, dado que carecen de principios morales. Son gente que promueve la barbarie, la incultura, y el rencor (vbg.: ley de memoria histórica) en su propio beneficio. Vamos, unos sinvergüenzas, hablando mal y pronto. Si los dejamos, pueden llegar a hacer mucho daño e incluso a cargarse nuestra convivencia, pues su ego no tiene freno. Vean la película, ríanse hasta de reír y verán que todos vamos en un mismo barco llamado mundo.

La tercera cosa es una reflexión acerca del daño que estamos haciendo a la Tierra, con un clima extraño, cada vez más caliente, salvo algún día raro, y con menos agua potable disponible. Eso se refleja en la revolución ambiental y climática que estamos sufriendo. Y todo ello nos lleva a cuestionarnos la utilidad de muchas de nuestras costumbres. Realmente nos puede la naturaleza y nos inventamos los más variopintos subterfugios para seguir incordiando y dañando a la naturaleza, destrozando la vida. Pero es que los más incompetentes son los presuntos ecologistas, pues no suelen saber por donde les da el aire y no paran de hacer tonterías –una tras otra– como en el ayuntamiento de Madrid.

Yo creo que tal vez merezca la pena nuestra existencia, porque si bien es verdad que resultamos unos tipejos ridículos, preocupados de demostrar lo indemostrable: que somos los dueños de nuestras vidas, si también es verdad que no sabemos de dónde venimos ni a dónde vamos, ni tan siquiera sabemos si podemos o no pertenecer a algún lugar, y si tampoco nadie nos ha dado venia para acondicionar el mundo en nuestro propio interés, despreciando ferozmente la existencia de otros seres, por débiles y minúsculos que sean, o lo que es peor: eliminándolos en interés propio bastante feroz, como en el caso de las abejas, yo no veo que se haga gran cosa de utilidad, pero puede que me equivoque. Tácito ya se adelantó diciendo aquello de “corruptissima republica plurimae leges” (cuanto más corrupto es el estado, más leyes tiene). Que se lo pregunten a nuestro Presidente “el de los decretos-leyes”. ¿Podrá creerle alguien sensato o con un mínimo de cultura y educación? Con este poseído por la ambición, me temo lo peor.

Mi reflexión en esta primavera es que ignoro si merecemos o no la pena como especie, pero como soy parte interesada he de tomar partido por el sí, por la cuenta que me trae, así es que concluyo con sumo gusto en que somos maravillosos (que no decaiga la autoestima, pues nos hace felices), da igual de dónde venimos o a dónde vamos, porque lo que importa es gozar del momento presente y, por tanto, vivir al día en un entorno personal lo más feliz posible. Eso sí, sin votar a tontos ni a sus “tontás”.

Por donde no paso ni pienso pasar es por el aro de la sumisión injustificable e impuesta, creada por quienes poseen vocación de esclavistas, bajo cualquier camuflaje. No tenemos otro remedio que rebelarnos frente a la esclavitud porque tenemos la absoluta certeza de que aunque lo intenten, no podrán acabar con nosotros. Seguiremos existiendo en esta vida y, además, como da la casualidad de que como muchos somos creyentes, seguiremos también existiendo en la otra. ¡Ah…, lo siento por quien no lo crea, “it is not my fault”, que dicen los del brexit! ¿Qué quiénes son los esclavistas…? Pues está claro, los que dicen que nos van a liberar, los progresistas, los populistas y los tontos del haba que les ayudan, casi siempre periodistas ambiciosos.

Tal vez, después de todo, no seamos tan mala gente. Tal vez, pese a todos los pesares, somos algo aprovechables todavía. Es verdad que hay cretinos, intolerantes, esclavistas y egoístas, pero hay también mucha más gente buena, sencilla, generosa y cariñosa.

Lo cierto es que somos una especie muy gastada, muy manida, muy usada por la naturaleza. Por eso me gusta esta mi especie, como bien dice Bertolt Brecht, puesto que ya es muy vieja. Tal vez necesite ser revisada y puesta a punto, como los coches viejos. Esa impresión le da a la naturaleza, que apunta nueva “limpieza” por vía climática (como sucede cada cien mil años, desde que la tierra existe).

Francisco Hervás Maldonado


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