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El lado portugués de Felipe II

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Felipe II fue coronado rey de Portugal el 16 de abril de 1581 en las Cortes de Tomar. Antes de agregar la corona portuguesa a la castellana tuvo que ganarse el apoyo de los nobles lusos después de acabar con las opciones al trono de otro de los aspirantes, Antonio Prior de Castro, en la batalla de Alcántara (agosto 1580) comandada por el duque de Alba. Felipe pasó de Badajoz a Elvas el 5 de diciembre de 1580 y se marchó de Lisboa el 11 de febrero de 1583. Durante ese tiempo se comportó como un portugués más, por su forma de vestir, de comer, los horarios y tuvo siempre presente los intereses de Portugal, tierra natal de su madre, la emperatriz Isabel.

“Admiro mucho la figura de Felipe II de España, que gobernó Portugal durante 18 años”, comienza por explicar a ABC el profesor e historiador luso Carlos Margaça Veiga, miembro del consejo de la Academia Portuguesa de la Historia y autor de varios libros, entre ellos “La herencia filipina en Portugal”. “Le admiro por el modo como intentó y buscó atenuar el rechazo portugués hacia él porque no le aceptaban, sobre todo los populares aunque la adhesión o rechazo hacia Felipe fuese transversal en todos los estratos sociales”, puntualiza. Y es que los populares veían en el bastardo Prior do Crato a su rey, siendo además un hombre muy amable y próximo al pueblo.

No existen dudas de que Felipe II tenía derecho a la corona portuguesa

De lo que hoy no existen dudas es que Felipe II tenía derecho a la corona portuguesa. “Durante mucho tiempo esto no se reconoció por mucha influencia de un cierto nacionalismo, de una cierta rivalidad entre Portugal y España”, aclara el historiador. “Hoy los especialistas que estudian derecho dinástico lo reconocen”, añade. Felipe era hijo de Doña Isabel, hija mayor de Don Manuel I, y por derecho de progenitura primero estaba Juan III y después era Isabel. “Se buscaron muchos argumentos y hubo una auténtica batalla jurídica que movilizó una enorme cantidad de letrados y universidades”, recuerda el profesor. “Obviamente quien tenía más poder económico más movilizaba y atraía más apoyos. Y Felipe, de lejos, fue quien tuvo más juristas a su lado”, aclara.

Una vez lograda la deseada unión ibérica, Carlos Margaça Veiga resalta el hecho de tratarse de una agregación del reino de Portugal a España. “Agregar es juntarse, se unieron la corona de Portugal con la corona de Castilla, no con España. Anexar es más fuerte porque implica un dominio y todavía hoy se habla del dominio filipino durante 60 años. Se debe tener el cuidado de hablar de la gobernación o dinastía filipina, porque es lo correcto”, aclara. No se puede olvidar que en esta unión ibérica también hubo un componente militar, una invasión, “y esa parte dolió a los portugueses, porque habíamos salido de la humillación de Alcazarquivir, con la muerte del rey, y volvemos a ser humillados por la invasión de España por el duque de Alba”, puntualiza el historiador. “Él era muy inteligente y no quería herir a los portugueses, era un gran político y entendía que el vencedor no debía humillar excesivamente al vencido”, afirma Carlos. Por eso durante muchos años no permitió que se publicase en portugués el relato de las victorias españolas sobre los portugueses.

El lado portugués de Felipe II
 
 

A pesar de todo, durante mucho tiempo la figura y el papel de Felipe II fue rechazado por los portugueses “porque existió una mentalidad nacionalista que fue muy fuerte y también influyó la fuerza de la leyenda negra que corría por toda Europa y que tuvo su efecto en Portugal”. Sin embargo, a partir de 1940, cuando se celebraron los tres centenarios de la Restauración del reino (1 diciembre 1640), “comienza a aparecer una historiografía menos intoxicada de estos ingredientes, que se basa en documentos”, reconoce el historiador luso. “Hoy todavía hay una cierta generación que sigue hablando del dominio español pero ha disminuido la agresividad”, añade. También se debe distinguir, dentro del periodo filipino, la figura de Felipe II con la de sus sucesores, Felipe III y IV (Felipe II y III de Portugal). “Ellos no tenían la misma sensibilidad que Felipe II y además fueron los tiempos de los validos”, puntualiza.

Identidad portuguesa

Felipe II tuvo siempre la preocupación de mantener la identidad portuguesa. “Ningún rey del siglo XVI llevó tan lejos las libertades concedidas a un reino conquistado como lo hizo Felipe II”, afirma Carlos Veiga.“Fue bastante generoso”. Entre otras cosas, porque permitió que los portugueses tuviesen acceso al comercio de las Américas al cual Aragón no accedía.

Y es que el cariño y afecto que sentía por Portugal era evidente al tener madre portuguesa y al ser nieto del gran Don Manuel I, con quien se vivió el gran esplendor portugués. “Felipe concretiza un proyecto que viene desde la edad media, el de hacer coincidir la unión geográfica con la política”, recuerda el historiador, “Don Manuel tiene un sueño imperial y Felipe II tiene el mismo sueño que el abuelo”. Aunque muchas veces se haya olvidado ignorado, “Felipe II tuvo muchas actitudes y medidas que se inspiraban en su abuelo materno y en la gran emperatriz Isabel, su madre, tan querida por los españoles”.

Isabel hablaba a su hijo en portugués y tuvo una dama de compañía lusa, Leonor de Mascarenhas. Además en la corte española había un grupo importante de portugueses. Y Felipe (quien perdió a su madre con 12 años) tuvo siempre en cuenta la importancia del portugués, de ahí que en las cartas que escribía a sus hijas desde Portugal pidiese que el pequeño Diego estudiase la lengua de Camões. “En el siglo XVI era muy normal el bilingüismo. En el estatuto de Tomar la lengua queda politizada y toda la documentación relativa a Portugal era en portugués, aunque se emitiese en Castilla”, recuerda el profesor.

Armonía del reino

Felipe II logró la armonía y la aceptación a nivel nacional del país y se sirvió de las cortes para conseguirlo. “Se sintió portugués, fue un rey inteligente con larga experiencia gobernativa desde 1556”, resalta Carlos Margaça Veiga. Felipe II atendió a la aristocracia pero se preocupó por todos. Por ejemplo, “tuvo la habilidad de retribuir a los procuradores que iban a las cortes. Por primera vez bajó las ayudas de coste del viaje, que normalmente lo hacían los ayuntamientos”. “Se fue transmitiendo la simpatía por Felipe II”.

En Portugal pasó a estar rodeado de portugueses. “Comía al modo portugués, se vestía como los portugueses, le servían portugueses aunque en los viajes tenía miedo de algún atentado, que nunca se produjo”, admite el historiador. Fueron muchos los que le pidieron que volviera a Portugal cuando se instaló en El Escorial, “la niña de sus ojos, con sus libros y sus cuadros”. Incluso el cardenal Granvelle le dijo que se transfiriese la corte para Lisboa convirtiéndola en la capital”.

Lisboa filipina

“Creó una Lisboa filipina que recordase al rey”, afirma Carlos Veigas. Destacan varios monumentos, el primero de ellos el Paço da Ribeira, el paseo manuelino. Después la iglesia de San Vicente de Fora. Felipe mandó traer los restos de Don Sebastián del norte de África, y los restos del rey Don Henrique, realizando grandes ceremonias fúnebres. “Así daba inicio a una nueva dinastía”. Y también se encuentra el fuerte de San Julián da barra de Lisboa, que lo amplió, y la torre del Bugio o fortaleza de San Lorenzo de la cabeza seca”. Una vez más se ve la devoción que sentía por San Lorenzo ya que venció la batalla contra los franceses el día de san Lorenzo.

Herencia filipina

Son muchos los aspectos que se pueden destacar de la gobernación de Felipe II que dejó como herencia al país vecino. “Sobre todo el buen gobierno de Felipe II, fue un buen gobernante, en la justicia, su principal obligación, creando incluso un Supremo Tribunal en Oporto”, explica el profesor de historia. También fue muy escrupuloso con los temas fiscales, “creó el consejo de Hacienda y concentró una serie de organismos fue modernización que duró hasta el liberalismo”. Se preocupó igualmente con la legislación, “revisó las ordenaciones manuelinas y mandó crear las ordenanzas filipinas que perduraron hasta el final del siglo XIX”. Otro punto importante fue la defensa del imperio ultramarino para lo cual mandó crear muchas fortalezas, entre ellas la de Setúbal, Azores y Cabo Verde. “No descuidó la defensa del imperio ultramarino porque era también una cuestión de prestigio”, afirma el historiador luso.

Como curiosidad cabe recordar que Felipe II cogió madera de la embarcación lusa Cinco Chagas, cuando estaba en ruinas, para mandar construir un crucifijo en el Escorial (que no es el actual) y su sarcófago.

Río Salado, 1340: cuando Castilla frenó el avance musulmán en tierras de Tarifa

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Con espada, lanza, escudo, y un deseo ciego de detener el avance enemigo a través de la Península Ibérica. Así combatieron en 1340 los casi 22.000 soldados del ejército castellano que –con ayuda portuguesa- lograron derrotar en las gaditanas orillas del rio Salado a un ejército musulmán tres veces superior en número.

La encarnizada tragedia del «Baleares», el buque militar torpedeado por la República

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Hace ya 75 años que las aguas del Mediterráneo se tiñeron de rojo a la altura del Cabo de Palos, frente a las costas de Cartagena, cuando una flota franquista y otra republicana se enfrentaron en la que -a la postre- sería conocida como la mayor batalla naval de la Guerra Civil.

Con 7.500 pesetas de los fondos reservados, España ocupó el Sahara Occidental

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Ya hablamos de cómo España abandonó el Sahara (Historia de una deuda moral con el pueblo saharaui)…

España abandonó a su suerte al pueblo saharaui. Pasaron del dominio español a la ocupación militar marroquí­.
Hoy vamos a hablar de cómo entramos allí… Esta es la historia de cómo Emilio Bonelli consiguió ocupar el Sahara Occidental con 7.500 pesetas (45 euros).

A’Isa Bint Muhammad Ibn Al-Ahmar

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A’Isa Bint Muhammad Ibn Al-Ahmar

Francisco Hervás Maldonado

La madre de Boabdil el Chico, conocida como A’Isa la Horra (la Honesta), fue reina de Granada en el siglo XV, así como madre del último rey moro de las Españas, el famoso Boabdil el Chico, retratado en ese extraordinario cuadro que sobre la rendición de Granada ilustra la Capilla Real de su Catedral, antes de traspasar la verja que da acceso al túmulo magnífico de los Reyes Católicos y de su hija Juana y yerno Felipe el Hermoso, cuyos sarcófagos, debajo de ese bellísimo monumento funerario, aún persisten.

La reina Honesta ayudó a su hijo, que era un mandria, a mantener el trono frente a disputas internas y externas múltiples, hasta que ya no pudo hacer nada, pues en parte por la superioridad abrumadora de los ejércitos cristianos, en parte también por la oposición de su propio pueblo, que veía a Fernando e Isabel como auténticos libertadores (estaban los súbditos granadinos fritos a impuestos y totalmente sojuzgados) y puede que, también en parte, debido al hedor de la camisa de la Reina Católica, que demoró la muda hasta completar la toma, puesto que estos andalusíes eran gentes muy proclives al baño, totalmente partidarios del agua y limpísimos. En realidad se sospecha que Boabdil fue debidamente “untado”, garantizándosele su integridad y seguridad personal, por lo que se dio el dos vía puerto del Suspiro, en donde siguió la ruta de Motril y de las Alpujarras. Probablemente se embarcó y se largó con su séquito, incluida la Honesta. El destierro a Fez de esta nobleza moruna fue un dulce destierro, pues allí se lo pasaron bomba. De todas formas, A’Isa era ya mayor, de manera que al poco tiempo abandonó este pícaro mundo y se reunió con Alá.

La Honesta era una fiera, verdadera alma de la resistencia mora frente a las acometidas de los cristianos, quienes desde Santa Fe, su cuartel general, y alrededores, no escatimaban el gasto en cebar culebrinas y abatir parapetos con machacona insistencia. Pero eran muy brutos (por eso vencieron, probablemente), pues al llegar al Cuarto Dorado, en el Palacio de Comares, lo primero que hicieron es arramplar con todos los grifos (verdad es que rutilaban en forma notable, pues muchos de ellos eran de oro y otros de metales muy nobles), desencolar las ventanas, etc. La Alhambra quedó destrozada y solo algunos años después, durante el reinado de Carlos I, se restauró en parte, merced a los buenos oficios del Conde de Tendilla, que incluso alojó a su propio escudero en una casita muy próxima al Peinador de la Reina (el también conocido como Mirador de Daraxa), desde el que se contempla el Albaizyn y el Sacromonte, con una belleza extraordinaria al amanecer y unas puestas extraordinarias, especialmente bellas cuando fijas la vista en el santuario.

La gente aceptó feliz a los Reyes Católicos. Y al principio fue todo muy lindo, pues se respetaban sus costumbres, se contuvieron los impuestos y se cohabitaba bien. ¡Ah, pero vino el clero! Y las cosas se fueron enrareciendo, de manera que en casi cien años apareció la revuelta de las Alpujarras, con el liderazgo de Don Fernando de Válor, quien se hizo coronar con el nombre de Aben Humeya en el pueblo de Cádiar, bajo un famoso olivo que cada cual dice que es el suyo, de manera que lo más probable es que no exista, pues sería arrasado por las hordas cristianas represoras.

Realmente, la fama de la reina madre de Boabdil se debe a la frase que pronunció frente a su hijo, que lloraba como una magdalena en lo alto de un collado (hoy conocido como el puerto del Suspiro del moro), donde existe un restaurante pasable, desde el que se divisa una bella panorámica de la ciudad de Granada. Dicho altozano está un poco más allá del pueblo de Armilla, camino de Motril. La famosa frase es la siguiente:

“Llora como mujer, por lo que no supiste defender como hombre”.

Parece ser que Boabdil era un hombre débil. Tal vez la madre fuera también culpable de esa debilidad, pues mimó a su hijo bastante más de lo que es recomendable, de manera que su tolerancia al sufrimiento, su capacidad de resistencia y su coraje dejaban bastante que desear. Por otra parte, Aixa (o Fátima, según su cristianizado nombre), madre de Boabdil (Muhammad, en moruno, Boabdil en cristiano), era la esposa sultana de Muley Hazén, el cual la repudió para casarse con una cristiana llamada Zoraida. Aixa era la madre de Boabdil, al cual azuzó contra su padre (Muley Hazén) y su tío (El Zagal), con objeto de alcanzar el trono. Al primero se lo cargó con mucha soltura, hecho relativamente frecuente antaño, cuando la moral se supeditaba al poder. Bueno, eso sigue vigente en nuestros días. El segundo se lo entregó en bandeja a los cristianos, lo que le supuso ceder parte de su reino, facilitando así la entrada de aquellos cristianos hasta Granada y la toma de la ciudad. De manera que el dichoso Boabdil traicionó a su padre y a su tío, con la inestimable ayuda de su madre y de los nobles Abencerrajes, poco proclives a la dinastía nazarí, pero fue rechazado por su pueblo, que lo odiaba, y por sus aliados, los Reyes Católicos.

Pero Aixa o A’Isa o la Honesta o la Horra, posee un significado altamente femenino y altísimamente pícaro y ambicioso. La Honesta se dedicó realmente a dos tareas muy femeninas: la defensa y promoción de la prole, por una parte, y la reprensión del varón infiel, por muy moruno y rey que éste fuera. Sin mujeres como Aixa, hoy en día no estaríamos en el mundo, pues el varón – que rima con cabrón algunas veces – es más bien partidario de su propio deleite y solaz, no derivando – al menos otrora – en la crianza y exultación de la descendencia. Es así que los varones de aquellos días solamente se preocupaban de cuatros cosas, además por el siguiente orden:

1º) Comer cuanto de masticar hubiere sobre la faz de la tierra.

2º) Beber caldos fermentados con cualquiera alcoholización que se lograre.

3º) Goder y retozar con hembras que por su cercanía moviéranse.

4º) Hacer la guerra en los inviernos para entrar en calor.

Sin embargo, nada de preocuparse por la prole, la juventud venidera o la promoción de sucesores. La mujer, mucho más práctica y directa, ocupábase de continuo en otras cuatro nobles tareas, igualmente priorizadas en ordinal. A saber:

1º) Vivir en ayuno perpetuo en los momentos oficiales de la ingesta, comiendo siempre a traición y deshora, fuera de las vistas de varón.

2º) Disponer rotaciones permanentes de ropas y enseres domésticos, con objeto de garantizar el poder de acceso a los bienes y despistar al cónyuge.

3º) Procrear generalmente con el cónyuge y gozar generalmente con seres apócrifos que se arrimaban.

4º) Hacer la guerra, en toda estación y lugar, al marido y familia política.

La moruna Aixa es un caso de libro en estas cuestiones. Por eso, el lema de la familia Nazarí, profusamente expuesto por doquier en la Alhambra, es claro y contundente al respecto: “Solo Alá es vencedor”. Claro, no iban a reconocer que sus mujeres les toreaban y mataban a estoque cual cornúpetas desavisados, sino que sus derrotas las encomendaban al bueno de Alá, contra quien ni se puede ni se debe uno oponer. Así están las cosas.

Es una intrigante la muy puñetera de Aixa, pero eso es la sal de la vida, el qué se yo que yo que se. No se le puede acusar de nada: son los tiempos que le tocó vivir. Lo que no me gusta tanto es eso de azuzar al niño y luego llamarle gallina, después de haberse liquidado a su papá, su tío, los nobles Abencerrajes, el pueblo (primero fiel y luego infiel) y no se cargó al servicio de tranvías por su inexistencia, aunque sí se cepilló al servicio postal, según cuentan las crónicas:

Paseábase el rey moro por la ciudad de Granada, / desde la puerta de Elvira hasta la de Bibarrambla. / Cartas le fueron venidas de que Alhama era tomada, / ¡ay de mi Alhama! / Las cartas al fuego echó y al mensajero matara, / ¡ay de mi Alhama!

Mala puñalá le dieran al moro, que no a su madre, quien no hiciera otra cosa que defender a la prole. Mas cuando no se sabe filtrar el coraje con la razón es porque poco amor existe al progenitor, pues no ha de ser igual un padre que un marido, que al primero lo da Dios – y eso se ha de respetar – mientras que al segundo lo da el diablo vestido de azar.

Aixa tiene razón, pues no ha sabido defender como hombre a su bella tierra, sus fuentes y aguas cantarinas, la belleza de sus jardines, el esplendor de sus techos y paredes, la dulce acogida de sus tapices, los claroscuros de sus rincones y, sobre todo, esa sinfonía de las aguas corriendo y jugando, mansas y juguetonas, por entre las gentes, en la fuentes y acequias, en los chorros y aljibes, casi al pie de los neveros, siempre entre los aromas de las flores y siempre bajo las hojas protectoras de los castaños, arces, chopos, pinsapos y demás árboles maravillosos que por los jardines de la Alhambra moran. Y ese Generalife, bellísimo palacio de verano, manto de flores y gran profusión de ideas de amor.

Mil veces que paseemos por el palacio de Comares, las torres, el mirador de Daraxa e incluso la Alcazaba, amén del citado Generalife, mil veces entraremos en el síndrome de Sthendal, que casi nos puede matar si no lo sabemos integrar con calma. Allí, en la puerta de la Torre de la Vela, unas humildes letrillas lo dicen todo:

Dale limosna, mujer, / que no hay en la vida nada / como la pena de ser / ciego en Granada.

¡Cómo no iba a llorar Boabdil! ¡Cómo no iba a rabiar Aixa

Henri Danju, vuelo hacia la fama: Badajoz, 1936

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En nuestra constante búsqueda de la verdad siguen sumándose nombres a la lista de los periodistas, fotógrafos y camarógrafos que escribieron sobre Badajoz en aquel caluroso verano de 1936. De algunos ya hicimos mención en el libro La Matanza de Badajoz ante los Muros de la propaganda (Madrid: Libros Libres, 2010), del que este humilde servidor es co-autor junto a mis amigos Francisco Pilo y Fernando de la Iglesia, a otros los vamos conociendo por las entradas que tan generosamente tiene a bien en publicarme Tradición digital.

El conflicto ibérico desencadenado por motivaciones exteriores a la península

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La Guerra de las Naranjas fue un conflicto bélico en el que España y Portugal se vieron obligados a enfrentarse para defender los intereses de sus respectivos aliados

Francisco de Aldana: el guerrero poeta de los Tercios que murió en tierra del Moro

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Francisco de Aldana fue uno de esos tipos que nos forjaron como nación. Uno de esos hombres cuajados en acero, que siempre supo por dónde se ponen los pantalones, o las calzas, por mejor decir.

Las ovejas paracaidistas italianas, clave en la invasión de Abisinia

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Ya hablamos en su momento de los pavos utilizados como paracaídas en la Guerra Civil española, hoy les toca el turno a las ovejas paracaidistas italianas durante la invasión italiana de Abisinia (hoy Etiopía), también llamada la Segunda Guerra Ítalo-Etíope.

Henry Harrison, el presidente de los 30 días

 

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Lincoln pasó a la historia de Estados Unidos como el presidente que, en tan sólo cinco años, abolió la esclavitud. Theodore Roosevelt por ganar el premio Nobel de la Paz. Nixon, por el caso Watergate. Bush, por la Guerra de Irak. Obama, por la reforma sanitaria… ¿Y William Henry Harrison? William Henry Harrison por nada, porque sencillamente no tuvo tiempo.

El día en que La Legión salvó Melilla

 

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Julio de 1921. El general Navarro, intentando organizar a los soldados supervivientes que afluían de Annual, había cumplido la orden recibida desde la comandancia: «Retírese a Monte Arruit».

Francisco de Sarmiento, la furia española en Castelnuovo

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Eran tipos como Francisco Sarmiento de Mendoza, Machín de Munguía, Juan Vizcaíno y Mendoza, Luis de Haro, Sancho de Frías, Juan Pérez de Zambrana, Pedro Silva, Luis Cimbrón, Domingo de Arriarán, Juan Pérez de Bocanegra... Españoles de una pieza, de hombría superlativa. Fogueados, batallados y curtidos en los Tercios Viejos, la elite militar de aquella primera parte del siglo XVI.

Llevaban años repartiendo estopa a diestro y siniestro entre la gente luterana y todos los infieles que infestaban el Mare Nostrum, que cada vez era menos nostrum y más de los otomanos. Y en medio de la nada, en Castelnuovo (hoy la república de Montenegro), en mitad de los Balcanes orientales iban a lidiar, en una proporción de casi uno a doce como poco, con las feroces tropas, cuajadas de jenízaros(la única tropa entonces asimilable a nuestros Tercios) del pirata Jereiddín Barbarroja. Tres mil contra casi cincuenta mil, allí hallaron la gloria y la mayoría la muerte, estos hombres esforzados y decididos, mal vestidos, mal pagados, mal alimentados, pero repletos de coraje y de fe en Dios, en España y en el emperador Carlos V. Corría el verano de 1539...

Viena, atacada

Después del ataque turco contra Viena y después de que los otomanos invadieran Austria, protestantes y católicos por fin se unieron en contra del enemigo común, el Islam que asolaba el Mediterráneo. Se consiguió que en tierra retrocediera pero en el mar las cosas pintaban más que mal, aunque habíamos conseguido alguna victoria como la toma de Túnez al ya mencionado Barbarroja en 1535 por la flota mandada por el gran Álvaro de Bazán y Andrea Doria.

Falta de maravedíes

Tres años después, el emperador Carlos, la república veneciana, el papa Pablo III y el archiduque Fernando de Austria formaron la Santa Liga con la que querían darle su merecido a los otomanos e incluso atacar su capital, Constantinopla. Andrea Doria fue nombrado comandante de la flota aliada y Ferrante Gonzaga, virrey de Sicilia, de las operaciones terrestres en los Balcanes.

Pero por falta de maravedíes y de organización solo se consiguió reunir una flota que no era la necesaria para la valiente y esforzada empresa. A su vez, los jefes de la Santa Liga no paraban de discutir entre ellos, sobre todo entre italianos y españoles. Ni siquiera las Cortes de Castilla veían la aventura como interesante y beneficiosa.

Barbarroja escapaba

Barbarroja conseguía escapar una y otra vez de nuestra gente, a pesar de que los españoles consiguieron conquistar la fortaleza de Castelnuovo, en la costa dálmata, de gran importancia estratégica para la defensa y la lucha en el Mediterráneo. La victoria sirvió para desunir más a los cristianos, hasta el punto de que los venecianos se desligaron de la alianza, de forma que la villa de Castelnuovo

Castelnuovo quedó entonces defendida por apenas 3.000 hombres del Tercio de Nápoles bajo el mando de Francisco de Sarmiento, con la única ayuda de las cuarenta naos de Andrea Doria para abastecerla y defenderla de las doscientas que a buen seguro podían reunir los otomanos. Pero Doria prefirió poner pies en polvorosa y dejar solo al Tercio.

Ataque terrestre y marítimo

Llegó el mes de julio de 1539 y Barbarroja se dispuso para el ataque terrestre y marítimo. La armada turco-berberisca mandada por el feroz pirata se componía de 130 galeras y 70 galeotas, con unos por 20.000 tripulantes bien entrenados. Por tierra, Barbarroja puso en pie un ejército de 30.000 soldados. El sitio de Castelnuovo estaba en marcha y los nuestros no se quedaron a verlas venir.

Por las noches, asaltaban los campamentos otomanos por sorpresa y causaban grandes estragos entre ellos que estaban poniendo de los nervios a Barbarroja. El pirata nos ofreció una rendición en buenas condiciones. Los nuestros no se fiaban ni un pelo y tras ser informados por Sarmiento, los capitanes le dijeron que nones al pirata con esta frase heroica: «Que vengan cuando quieran». Y así lo hicieron los herejes.

Primero, con un gran despliegue artillero, como ya en tiempos habían hecho en la toma de Constantinopla. Los nuestros seguían batiéndose por doquier, tajo va, arcabuzazo viene. Apenas quedaban ya seiscientos hombres con vida, pero continuaban sin dar su brazo a torcer. Se luchaba en cada almena, en cada milímetro los españoles no cejaban. Caían sus capitanes, pero sus hombres seguían en pie sin arredrarse. Murió el tal Sarmiento y todos sus oficiales, y solo doscientos de los nuestros quedaban en pie. Muchos de ellos fueron ejecutados allí mismo, otros acabaron como esclavos en Constantinopla.

Hasta Lepanto

Hasta Lepanto, ya en 1571, los turcos seguirían dando mucha guerra en el Mediterráneo. Pero la gesta de Francisco Sarmiento de Mendoza causó admiración en Europa. Y también en España. Así les cantó el poeta Gutierre de Cetina en su soneto :

«A los huesos de los españoles muertos en Castelnuovo»:

«Héroes gloriosos, pues el cielo

os dio más parte que os negó la tierra,

bien es que por trofeo de tanta guerra 

se muestren vuestros huesos por el suelo. 

Si justo es desear, si honesto celo 

en valeroso corazón se encierra, 

ya me parece ver, o que sea tierra 

por vos la Hesperia nuestra, o se alce a vuelo. 

No por vengaros, no, que no dejastes 

a los vivos gozar de tanta gloria,

que envuelta en vuestra sangre la llevastes; 

sino para probar que la memoria

de la dichosa muerte que alcanzastes, 

se debe envidiar más que la victoria».

El niño de 12 años que engaño al Papa Julio II

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La tradición católica sitúa la Basílica de San Pedro sobre la tumba del primer obispo de Roma, San Pedro. La construcción del actual edificio, sobre una basílica del siglo IV en la época del emperador Constantino el Grande, comenzó en 1506 por orden del papa Julio II y finalizó en 1626.

Brunete, sangre y muerte en una de las batallas más cruentas de la Guerra Civil

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Dolor, valentía, y una ingente cantidad de víctimas. Con estos términos se podría definir la batalla de Brunete, un choque de fuerzas en el que, desde el 6 julio de 1937, las tropas de la República se enfrentaron al ejército de Francisco Franco en las afueras de Madrid.

Las Termópilas de Pakistán, 21 sijs contra 10.000 afganos

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Todos conocemos la gesta de las Termópilas donde Leónidas y sus 300 espartanos -además de los 700 tespios y 400 tebanos olvidados- hicieron frente al innumerable ejército de Jerjes -innumerable porque las cifras van desde 100.000 a un millón- pero hubo otra gesta similar que tuvo lugar en el hoy territorio de Pakistán donde 21 sijs hicieron frente a 10.000 pastunes.

Tras las huellas de los templarios en Toledo

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Cuando uno se adentra por las tortuosas callejuelas que van desde la iglesia de San Miguel, en la parte alta del norte del casco histórico de Toledo, hasta la Catedral, casi se puede imaginar cómo vivían los caballeros de la Orden del Temple en la Edad Media.


Incluso, si el paseo por este laberinto de callejones llenos de misterio es nocturno, siguiendo las huellas del misterio que encierra este barrio, el transeúnte podría encontrarse con algún templario deambulando pertrechado con su hábito y la cruz roja latina en el pecho.

Es difícil rastrear la historia que constate la presencia templaria en Toledo, al igual que en Castilla en general, ya que tan solo existe documentación aislada que hace mención a algunos lugares donde los caballeros del Temple pudieron estar asentados, aparte de muchas leyendas relacionadas con ellos y sus símbolos, como el Santo Grial, la Mesa de Salomón o el Arca de la Alianza. Uno de los investigadores que se ha encargado de recopilar toda esa información es el profesor y escritor toledano Luis Rodríguez Bausá, que en su libro «Templarios en Toledo» hace un repaso por las huellas que esta orden militar dejó en la ciudad y su provincia.

Siguiendo los pasos que marca este autor en su libro, el lector puede realizar un itinerario de los puntos que hacen referencia al Temple en la ciudad de Toledo. Para empezar, propone iniciar la ruta al lado de la conocida como Puerta Llana de la Catedral, donde hay unas marcas de cantería que, a su juicio, son de filiación templaria. En 160 años florecieron en Europa más de 175 catedrales siguiendo los modelos góticos y pagadas a toca teja por los monjes-caballeros de esta orden militar, y alguna de ellas pudo ser el caso de la toledana. De hecho, investigadores como Juan García Atienza y Rafael Alarcón Herrera mantienen que fueron los templarios quienes financiaron la catedral de Toledo.

La ruta seguiría rodeando la Catedral y un poco más abajo, en el exterior de su ábside, se encuentra la hornacina que da cobijo a la Virgen del Tiro, que guarda una historia muy curiosa. Según explica Rodríguez Bausá, es una virgen negra y románica del siglo XIII, que sería una imagen desaparecida que tenían los templarios en la iglesia de San Miguel. Se dio por perdida, y después de indagar todas las fuentes posibles, no ha aparecido información alguna sobre ella. Cuando en 1316 confiscaron los bienes de la Orden del Temple, debió de ser cuando llegó a manos de la Iglesia.

Virgen del Tiro

Dejando la Catedral en dirección a la ya citada iglesia de San Miguel, hay una serie de lugares que empiezan en la calle del Locum y que también tienen reminiscencias templarias en sus nombres, como la Plaza de la Cabeza (actual Abdón de Paz, tal vez asociada al famoso «bafomet», supuesto ídolo o deidad cuyo culto se asoció a la Orden) o el Callejón del Toro (que deriva de la tau de oro de los templarios). Hay numerosas leyendas que abrazan este breve espacio, así como conocidos y oscuros topónimos, como los del Callejón del Infierno o el Callejón del Diablo. Además, en esta zona de la ciudad es llamativa la presencia de subterráneos y cuevas.

Al subir por toda esta serie de callejuelas se llega a la Plaza del Seco, donde se localiza enseguida la Casa del Temple, aunque no es la única vivienda que los templarios debieron de tener en este barrio. La tradición sitúa aquí la hospedería que la Orden tenía en Toledo, un edificio que hoy es un conocido restaurante con importantes restos arquitectónicos.

Sin embargo, es la iglesia de San Miguel el Alto la que conserva más simbología templaria. Posee en su suelo algunas lápidas y ya desde el siglo XII fue lugar de enterramiento. Dentro de sus muros se conserva un capitel gótico con el escudo de la Orden del Temple, que también aparece grabado en una de las campanas.

No muy lejos de allí, también apunta Rodríguez Bausá como posible enclave templario el antiguo Hospital de San Bartolomé, otro de los santos relacionados con la Orden. No queda rastro alguno de este lugar. También cercana se sitúa la calle de la Candelaria, otra de las advocaciones especificadas en la regla del Temple como de obligada adoración, o las calles cercanas de la Flor y la ya desaparecida denominación «Espinar del Can» (hoy del Can), siendo estos dos elementos (la rosa y las espinas) símbolos templarios.

El caminante que sigue las huellas de los templarios en Toledo podría terminar su paseo en el castillo de San Servando (hoy albergue juvenil), un importante punto templario, que ocupa una estratégica ruta de acceso a la ciudad, protegiendo el puente de Alcántara, y ya ocupado desde antiguo por todas las civilizaciones que han habitado la ciudad. Fue castillo de la Orden del Temple hasta 1308 y ha sido fuente de misterios y leyendas.

Mención especial merece en la provincia de Toledo, según destaca Luis Rodríguez Bausá, el enclave de San Martín de Montalbán, donde tanto la ermita como el castillo fueron donados por Alfonso VIII a los templarios en el siglo XII, pasando a formar parte de una de las veintisiete bailías con las que contaban en la Península Ibérica. Asimismo, Yuncos, las casas de Villalba y Cebolla (fortaleza de Bolobras), El Carpio de Tajo, Hontanar, Navahermosa, El Castillo de Bayuela y Novés podrían haber tenido relación con la Orden del Temple.

Cristóbal de Mondragón, un héroe vasco en los Tercios

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Aquel hombre de origen vasco, pero nacido en Medina del Campo en 1514, se gastó media vida, y más que media, una vida entera, setenta años luchando por España, despachando calvinistas y protestantes en los Países Bajos, donde su bravura y su bonhomía (se guardaba la sangre solo para el campo de batalla), su valor y su genio militar le valieran un gentil sobrenombre, El Coronel. Y lo fue, y antes soldado, alférez, capitán, maestre de campo, gobernador de villas conquistadas y reconquistadas. Experto en el vadeo de ríos y mares, fue también un militar que siempre supo de la importancia del espionaje y de los servicios secretos como una baza decisiva para obtener la victoria. Se llamaba Cristóbal de Mondragón y fue otro de los grandes héroes de nuestros Tercios.

En 1532, siendo un mozalbete de 18 años se alista en el ejército, bajo el reinado del emperador Carlos V y luego, con los años, demostraría su coraje en los campos de batalla de Italia, Túnez, Provenza, Alemania y Flandes.

Primeras heroicidades

Sus ejemplos de bravura empezaron pronto. Por ejemplo, en la batalla de Mühlberg, hoy en Brandeburgo, contra los luteranos de la Liga de Esmascalda. Allí andaban los germanos dándonos guerra por todas partes, y en estando acampados a orillas del Elba habían cortado todos los puentes lo que suponía un impedimento enorme para las tropas del Emperador.

Pero en estas que el tal Mondragón se echó la espada a la boca y con el agua al cuello y bajo un intenso fuego de moquete, acompañado de otros nueve de los nuestros consiguió recuperar varios pontones y así facilitar un paso para el ejército imperial, dirigido en persona por Carlos V y el Duque de Alba. Echado pie a tierra, y en vista del éxito, el Emperador nombró alférez ipso facto al bueno de Mondragón. Más adelante, nuestro volvería a demostrar que era un experto en operaciones anfibias, realizadas con el agua hasta la barba y los arcabuces sobre la cabeza.

Siempre luchando

Pero Cristóbal de Mondragón no iba a parar. En abril de 1559 fue nombrado gobernador de Damvillers en el Ducado de Luxemburgo y coronel de valones de los Tercios de España. Pronto empezaron los altercados de los protestantes en Flandes, liderados por Guillermo de Orange, y Mondragón tuvo que defender las villas de Lieja y Deventer, atacadas por los mendigos del mar, nombre con el que se conocía a los piratas holandeses. Empezada la Guerra de los Ochenta Años, en 1570, el Duque de Alba le encarga a Cristóbal de Mondragón la defensa de Amberes, Middelburg y Goes, en la provincia de Zelanda, donde una vez más Mondragón iba a tirar de coraje, sobredosis de agallas e imaginación para derrotar al enemigo.

Goes había sido sitiada por los calvinistas que habían cerrado las dos bocas del río Escalda. Mondragón y su jefe, Sancho Dávila, decidieron vadear el río en la bajamar a pesar de las fortísimas corrientes. Cristóbal de Mondragón, acompañado en la empresa por otros tres mil valientes, vadeó los quince kilómetros de mar con el agua remojándoles las barbas. Los siete mil holandeses que mantenían el sitio cayeron en brazos del espanto cuando vieron salir de las aguas a los nuestros con unas pintas salvajes y unas caras de matar que inspiraban terror. Cuentan las crónicas que los siete mil holandeses prefirieron poner pies en polvorosa. Era el 20 de octubre de 1572.

Nuestro coronel, sin embargo, no se da respiro. Nueve meses después recupera la cabeza del canal de la isla de Tholen, en 1575 contiene un levantamiento en Amberes y es nombrado Gobernador de Gante. Ese mismo año, recupera, tras otro espectacular vadeo, la isla de Schouwen. En 1576, tras nueve meses de sitio, rendía la ciudad de Zierikzee.

En 1578 tomaba Limburgo y el castillo de Dalhem. En junio, Maastricht fue tomada por las tropas de Alejandro Farnesio después de cuatro meses de asedio en los que tuvo una importante participación el coronel Mondragón.

En 1582 era nombrado maestre de campo del Tercio Viejo, que con el tiempo llevaría su nombre, Tercio de Mondragón. Los años siguientes, a pesar de su avanzada edad continúa guerreando con tanto coraje como éxito en tierras de Flandes. Casi octogenario, es nombrado capitán general y maestre de campo general del ejército de Flandes y siguen sus victorias como la conseguida ante las tropas de Mauricio de Nassau a orillas del río Lippe.

Por fin, en diciembre de 1595 Cristóbal de Mondragón se retiró al Castillo de Amberes, donde moría el 4 de enero de 1596, después de sesenta y cuatro años de heroico servicio en los Tercios.

Valor sin premio

A pesar del gran aprecio que le tenían sus esforzados camaradas de los Tercios, a pesar de la gran admiración que suscitó entre sus mandos, como Luis de Requesens, Alejandro Farnesio, el Duque de Alba y Juan de Austria, y el denuedo con el que luchó para sus reyes Carlos V y Felipe II, jamás consiguió que se le otorgara título de nobleza, ni consiguió tampoco (la envidia española, siempre presente) el hábito de ninguna orden militar (hasta se le inventaron antepasados judíos).

Pero en buena medida se le recuerda como uno de nuestros más bravos militares, de nuestros más peculiares héroes, en aquel tiempo en el que en España no se ponía el sol.

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