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Sigerico y Walia, Reyes Godos

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Sigerico estaba impaciente por reemplazar en el mando a Ataúlfo, y con el pretexto de la beneficencia con que hacía la guerra a los romanos, Sigerico (Siege reich, ‘rico en victorias’) intrigó entre los nacionalistas visigodos para asesinar a Ataúlfo, que cayó bajó el puñal de Dubio que era miembro de su séquito, mientras hacía inspecciones sus caballos en el establo.

Era una venganza personal, puesto que Sigerico era hermano de Saro, a quien Ataúlfo persiguió y mató. Ataúlfo, moribundo, pidió a uno de sus hermanos, creyendo que sería elegido Rey, que se esforzara en mantener buenas relaciones con Roma.

Sigerico (415-415)

Sigerico rey de los Visigodos Museo del PradoPero Sigerico, que representaba el nacionalismo más exaltado, fue proclamado Rey tumultuosa e irregularmente. Lo primero que hizo Sigerico fue ordenar que degollaran a los seis hijos que tenía Ataúlfo de su primera esposa y a todos aquellos que eran amigos suyos.

El trato que dio a Gala Placidia fue despiadado e indigno: la hizo andar durante 24 kilómetros delante de su caballo, mezclada entre una turba de mujeres esclavas. Si antes de su elevación el Trono se mostró enemigo acérrimo de los romanos, su odio desapareció de repente, iniciando una aproximación a Roma, lo que disgustó a los nacionalistas.

Tanta crueldad no agradó a los visigodos que, siete días después de su proclamación, lo asesinaron por instigación de Walia (o Valia).

WALIA (415-418)

Walia rey de los Visigodos Museo del PradoEl instigador de la muerte de Sigerico – los godos ya habían aprendido de los romanos la drástica manera de quitar y poner Reyes -, fue Walia (Wall, ‘baluarte’), que astutamente halagó el odio de los suyos hacia Roma, fingiendo que su deseo era hacerles la guerra.

Constancio, Consejero y Ministro del Emperador Honorio, le propuso la paz, con la condición de que devolviera a Gala Placidia, con la que todavía deseaba casarse. Walia exigió 600.000 medidas de trigo para poder contentar a su pueblo, falto de medios de subsistencia por la ruina en que quedó la tierra después de tanto pillaje.

Hábilmente convenció a su pueblo de la inutilidad de combatir a los débiles romanos, mientras que era una hermosa y productiva gesta arremeter contra los vándalos, suevos y alanos. La astucia de Walia dio resultado y los visigodos hicieron la paz con Roma.

Un tal Euplutius fue el encargado de entregar el grano y recoger a Gala Placidia. Según este pacto, los romanos tomaron a su cargo el avituallamiento del pueblo visigodo y éstos se comprometieron a luchar contra vándalos y alanos.

Walia se dirigió contra los vándalos silingos, venciéndolos y capturando a su Rey Fredbal, que fue enviado ante Honorio. Éstos se vieron obligados a refugiarse entre los suevos de Galicia. Los vándalos asdingos resistieron en la Provincias Cartaginense y Bética, hasta que su Rey Genserico decidió llevar a su pueblo al Norte de África en 429, considerado por los bárbaros como un paraíso.

Walia intentó conquistar el Norte de África, pero una tempestad dispersó su flota viéndose obligado a renunciar a su proyecto. Entonces se volvió contra los alanos de la Lusitania, a los que derrotó y aniquiló de tal manera que nunca más volvieron a formar un Estado propio, sino que se unieron y fundieron con los vándalos asdingos.

Se preparaba a marchar contra los suevos cuando le llegó la noticia de que éstos, quizá temiendo el empuje de los visigodos, habían reconocido la soberanía romana. Walia, por respeto hacia Roma, se detuvo y no luchó contra los suevos.

Gracias a los triunfos de las armas visigodas, pudo el Emperador Honorio hacerse la vana ilusión de que la sometida Hispania seguía perteneciéndole. Honorio remuneró a Walia con la Aquitania, desde las bocas del Loira hasta Burdeos, como premio a sus victorias, haciéndole federado del Imperio de Occidente. Walia fijó su residencia y la de su Corte en Tolosa, dando nacimiento al Reino visigodo de la Galia.

Walia y sus sucesores fueron ya Reyes de un pueblo y de un Reino. Hacia 418, murió Walia en Tolosa. Una de sus hijas, casada con el Rey suevo Ricimero, fue la madre del famoso Ricimero que llegó a ser el árbitro de Italia, pues nombraba y quitaba Emperadores a su gusto.

Autor: José Alberto Cepas Palanca para revistadehistoria.es


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