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Las mentiras que forjaron la leyenda negra contra España

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Los conquistadores españoles asesinaron a millones de indios en América, los corsarios ingleses saquearon hasta la extenuación las flotas de la Monarquía Hispánica que regresaban del Nuevo Mundo y Felipe II conspiró para asesinar al secretario Juan de Escobedo. Estas y otras tantas mentiras (como la de que la Santa Inquisición quemó a cientos de personas en la hoguera) forman parte de la leyenda negra que se ha generalizado sobre España.

Falacias creadas dentro y fuera del país desde el siglo XV para denigrar el que, por entonces, era el Imperio más extenso de la Vieja Europa. Pero una serie de enfermizos engaños que, a día de hoy, se creen incluso muchos de los ciudadanos de este país.

La realidad, por el contrario, es bien diferente. Así lo demuestra el que las enfermedades llevadas desde Europa acabaran con más nativos que las espadas y los arcabuces; que solo el 2% de las flotas hispanas del Atlántico fuesen hundidas por piratas o que -a día de hoy- no se haya demostrado que el monarca fuese responsable de la muerte del mencionado Escobedo.

¿Por qué diantres, entonces, estas mentiras siguen narrándose en medio mundo? Según afirma a ABC el historiador Miguel Arenas, por culpa de varios libros llenos de exageraciones, mentiras, y falsedades. Obras como la «Apología» de Guillermo de Orange (un libro en el que el líder rebelde cargaba frontalmente contra la monarquía española sin ningún fundamento) o las «Cartas» de Antonio Pérez (un rencoroso y traicionero secretario real al que solo le preocupó emponzoñar la memoria de aquella primitiva España).

Contra todas estas falacias, sin embargo, se alzó el pasado martes Arenas en Madrid con una conferencia titulada «La Leyenda Negra hoy: Antiespañolismo interno y externo». Una de las charlas que ofrece en múltiples centro de la capital y en las que está logrando reunir cada vez a más interesados en el mundo de la historia. En la hora y media que se extendió su ponencia, el experto se introdujo en los diferentes libros que -a lo largo de los siglos- han ayudado a generalizar la leyenda negra sobre nuestro país.

¿Qué es la leyenda negra?

Pero... ¿Qué significa este término tan manido a día de hoy? Uno de los primeros historiadores españoles que lo estudió de forma amplia fue Julián Juderías en su popular obra «La leyenda negra. Estudios acerca de España en el extranjero». Según sus palabras, es un vocablo que evoca mentiras repetidas hasta la extenuación. Falacias que acaban convirtiéndose en una realidad tan falsa como una moneda de madera tras ser escritas en libros sin haber sido contrastadas.

«Por leyenda negra entendemos el ambiente creado por los fantásticos relatos que acerca de nuestra patria han visto la luz pública en casi todos los países; las descripciones grotescas que se han hecho siempre del carácter de los españoles como individuos y como colectividad […]; la leyenda de la España inquisitorial, ignorante, fanática, incapaz de figurar entre los pueblos cultos lo mismo ahora que antes, dispuesta siempre a las represiones violentas; enemiga del progreso o de las innovaciones; o, en otros términos, la leyenda que habiendo empezado a difundirse en el siglo XVI, a raíz de la Reforma, no ha dejado de utilizarse en contra nuestra desde entonces y más especialmente en momentos críticos de nuestra vida nacional», explica en su libro.

La leyenda interior

A pesar de lo que pueda parecer, no fueron temas como el de la Santa Inquisición los que abrieron la veda del odio contra España. Miguel Arenas coincide con el popular hispanista Stanley G. Payne (autor de «En defensa de España» -Espasa, 2017-) en que la leyenda negra nació allá por el siglo XV. Más concretamente, cuando nuestro país era una potencia política y los primigenios tercios empezaban a dominar los campos de batalla de manos del Gran Capitán. «Las primeras críticas a los españoles surgieron en Italia a finales del siglo XV, cuando las fuerzas militares de la monarquía se habían convertido en una entidad más poderosa que la de la antigua Corona de Aragón», señala el autor británico en su obra.

Por entonces la Corona andaba metida hasta el corvejón en la Conquista de América (llamada «Colonización» por autores como Juan Sánchez Galera). Una aventura que -a la postre- llenó de oro las arcas del país. Pero también una correría mediante la que se forjó la leyenda más negra de nuestra historia.

Y todo, por «culpa» (si es que se puede decir así) de un fraile más sevillano que un botijo: Bartolomé de las Casas. Este religioso pisó el Nuevo Mundo allá por 1502 y, varias décadas después, se dedicó a cargar frontalmente contra los españoles en su «Brevísima relación de la destrucción de las Indias». Obra en la que acusaba a sus compatriotas de maltratar y asesinar a millones de nativos. Todo exageraciones, atendiendo a Payne.

Los textos de De las Casas fueron aprovechados a nivel internacional por todas aquellas potencias ávidas de atacar a España. Ninguna entró a valorar que realmente fue otro factor el que segó la vida de millones de nativos. «En el Caribe, el primer sitio donde pisaron, hubo una debacle por enfermedades como el sarampión o la gripe. Enfermedades benignas para las que en América no había anticuerpos. Para ellos eran mortales. Por eso los caribes de la zona se redujeron en un 90%», determinaba Arenas en su conferencia.

El divulgador histórico Juan Eslava Galán es de su misma opinión. Así lo señala en su última obra («Enciclopedia Eslava» -Espasa, 2017-), donde explica que la verdadera arma secreta de los conquistadores españoles fueron las bacterias.

Arenas, a su vez, es partidario de que -aunque nuestro país cometió tropelías contra los nativos- también fue una región pionera en idear leyes para salvaguardar la integridad de los nativos. «España fue el primer país, y hasta el siglo XX el único, que promovió leyes para protección de los indígenas. Ni Francia, ni Inglaterra, ni Portugal... Estas leyes fueron las primeras que se establecieron para proteger a los indígenas. Los monarcas reunieron en Salamanca un grupo de expertos que llegó a la conclusión de que esas gentes eran seres humanos y que había que educarles y pasarles a la santa religión para que fuesen súbditos de pleno derecho», explicaba en su conferencia.

Con todo, el historiador también es realista y afirma que hubo multitud de españoles que no se comportaron acorde a las normas. «¿Todos los españoles cumplen las leyes ahora? No. Y eso que estamos juntos. Pues lo mismo ocurría a 5.000 kilómetros de distancia», señalaba durante su charla.

Finalmente, también carga contra aquellos países como Inglaterra. La misma región cuyos colonos convirtieron casi en una deidad al fraile y se dedicaron a extender la leyenda negra de nuestro país afirmando que los conquistadores habían perpetrado todo tipo de crímenes contra los nativos. «Hay que tener cuidado. Bartolomé de las Casas escribió a favor de los indios, pero afirmando que había que cambiarlos por negros. Para Bartolomé de las Casas, si los indios eran súbditos de su majestad, los negros no. Por eso hay que hablar de su humanidad con cautela», añadía.

El consejero traidor

En palabras de Arenas, otro de los personajes que logró suscitar el odio contra España fue uno de los políticos más destacados del siglo XVI: Antonio Pérez. Hombre poco de Estado, y mucho -según parece- de la buena vida, el lujo y el maquiavelismo.

Cuenta el historiador decimonónico Salvador Bermúdez de Castro en su obra «Antonio Pérez, Secretario de Estado del rey Felipe II», que el personaje que nos atañe nació en Zaragoza de la simiente de Gonzalo Pérez. Hombre posteriormente famoso por ser el «secretario único de Estado» y servir durante cuarenta años al Emperador (Carlos I de aquí, y V de allá) y a su hijo. Con ese valedor como padre, a nadie le resultó extraño que nuestro protagonista entrara al servicio de la monarquía en abril de 1566.

Inteligente y buen conversador (cualidad esta última que adoraba especialmente Felipe II), Antonio Pérez se ganó primero un hueco en la corte y, posteriormente, otro en el lecho de Ana Mendoza y la Cerda -más conocida como la princesa de Éboli-. Mujer que, además de ser viuda de Ruy Gómes (antiguo mentor de nuestro protagonista) destacaba por su carácter astuto y engañoso. «Joven, altiva y espléndida […] era el encanto de la grandeza española y […] dominaba con su belleza y con su lujo toda la sociedad de Madrid», determina Bermúdez. Amantes ambos, siempre intentaron esconder su relación de cara al monarca.

Volviendo a la política (pese al interés que general los líos de faldas), Antonio Pérez empezó a cavar su tumba cuando envió a uno de sus ayudantes a espiar a don Juan de Austria, hermanastro de Felipe II (y mandamás en Flandes). Todo, eso sí, por orden del mismísimo monarca, que no se fiaba ni pelo del pelucón de su familiar.

A ambos les salió el tiro por la culata del arcabuz, pues el «agente», Juan de Escobedo, no tardó en pasarse al bando contrario. Aquella traición del que, hasta entonces, consideraba un hombre de confianza, hizo que nuestro secretario emponzoñase la mente del monarca. Más por miedo personal (pues el rebelde atesoraba secretos sobre él que podían ser letales) que por fidelidad a la corona, todo sea dicho.

El 23 de marzo de 1578 Escobedo fue asesinado en una callejuela de Madrid durante uno de sus viajes a la capital y, como cabía esperar, los enemigos políticos de Antonio Pérez le acusaron de ser el instigador. En ese punto empezó el calvario de nuestro protagonista. Y es que Felipe II, sabedor del odio de su consejero a Escobedo, ordenó apresarle en 1579. Por ello, y porque -para entonces- los enemigos de Pérez se habían encargado de sacar todos sus trapos sucios a la luz. «Pronto se supo que él y la princesa de Éboli se habían dedicado a vender secretos reales. Además, parece que estuvieron en relación con Portugal y con Flandes. Con Portugal porque Ana tenía un hijo que quería casar con la hija de la princesa de Braganza (y así hacerlo posible heredero de Portugal); y con Flandes, porque les habían vendido multitud de secretos», explicaba Arenas en su ponencia.

Nuestro protagonista pasó diez años de prisión antes de escapar y dirigirse como un rayo hacia Aragón donde, en palabras del historiador español, no podía ser juzgado por el monarca. «Como España todavía no era un estado a nivel político, las leyes de Castilla no eran válidas en Aragón. Allí no se le podía perseguir», añadía Arenas.

La solución por parte de la monarquía fue tajante. «Rápidamente se le denuncio a la Inquisicion, que mandaba en todas partes, por hereje. Posteriormente fue capturado y metido en una cárcel de Zaragoza», completaba el ponente. Para desgracia de Felipe II, Antonio Pérez logró escapar y huir hasta Francia, donde se desquitó escribiendo varias obras cargando contra Su Majestad: las «Relaciones» y las «Cartas».

«Fueron el inicio de la leyenda negra española que llegó desde Francia. En ellas atacó a Felipe II de múltiples formas», determinaba Arenas. La cantidad de mentiras que dejó sobre blanco fueron ingentes.

En sus obras llegó a señalar (entre otras tantas cosas) que el propio monarca había sido el instigador del asesinato de Escobedo: «Es de saber que el Rey Católico, por causas mayores y forzosas y muy cumplideras a su servicio y Corona, resolvió que el Secretario Juan de Escobedo muriese sin proceder prisión ni juicio ordinario por notorios y evidentes inconvenientes de grandes riesgos de turbación de sus reinos».

También fuera

El origen de la tercera obra que ayudó a forjar la leyenda negra de España hay que buscarlo en el siglo XVI. Más concretamente, en 1555, cuando Carlos I abdicó en favor de su hijo, Felipe II. Aquello marcó un antes y un después en la relación entre nuestra patria y los Países Bajos. «Carlos I había nacido en Gante, y allí le apreciaban porque era uno de ellos. Pero Felipe II era de Valladolid y solo hablaba castellano, por lo que no le entendían y generaba animadversión», destacaba Arenas.

En la región se generaron todo tipo de revueltas contra la Monarquía Hispánica en 1566. Pequeñas rebeliones que el monarca aplastó con mano de hierro enviando hasta la zona a Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel, tercer Duque de Alba.

En poco tiempo los rebeldes estuvieron controlados y sus líderes huidos. Una humillación para nobles como Guillermo de Orange, más conocido por su apodo («Taciturno»). «El más distinguido de los nobles que apoyaban a los rebeldes, el príncipe de Orange y su hermano Luis de Nassau, huyeron a las posesiones de su familia en Alemania, tras vender sus posesiones en los países Bajos, abandonando a sus correligionarios», explica el historiador Federico Gallegos en su dossier «La Guerra de los Países Bajos hasta la tregua de los doce años».

Guillermo se transformó a partir de entonces en uno de los máximos valedores de la leyenda negra española. Y es que, escribió en 1580 desde Alemania su famosa «Apología». Obra en la que cargaba contra Felipe II y que el hispanista Jean-Frédéric Schaub define en «La Francia española: las raíces hispanas del absolutismo francés» como «un ataque de lesa majestad sin equivalentes» contra la Monarquía Hispánica.

Lo cierto es que solo hay que leer alguno de los pasajes de esta obra para ver el cruel tono de Orange: «Si decimos, pues, que rechazamos el gobierno de semejante rey incestuoso, parricida y asesino de su mujer, ¿quién nos podría acusar justamente? ¿cuántos reyes ha habido expulsados de sus reinos y derribados sin haber cometido crímenes tan horrendos? En cuanto a Don Carlos ¿acaso no debía ser nuestro señor y amo?».

«En su apología dijo que Felipe II había cometido incesto con su hermana Juana, que había tenido varios hijos antes de casarse (desde que tenía 13 años) y que había asesinado a su esposa, a su hijo Carlos, y a Juan de Escobedo. Además, afirmaba que estaba celoso de su hermanastro Juan de Austria, que solo tenia éxitos allá donde iba, y que era el impulsor principal de los excesos de la Inquisición. Ese libro fue un “best seller”. Se tradujo y se publicó en toda Europa», destaca Arenas.

En palabras de Arenas, aquella obra fue tomada como referencia principal de todos los autores que, posteriormente, extendieron la leyenda negra de nuestro país por media Europa. Así lo afirma también el periodista Jesús Ávila Granados en su obra «El libro negro de la historia de España»: «No solo trataba de condenar públicamente la conducta del Duque de Alba y de los tercios de Flandes, sino de escarbar en la intimidad de la alcoba de Felipe II y exteriorizar la tormentosa vida del monarca español. Su objetivo no era otro que ridiculizar al monar en particular, y a España en general».


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