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LOS DRAGONES DE CUERA Y EL LEJANO OESTE: LA VICTORIA SOBRE LOS COMANCHES

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El Imperio español tuvo que controlar durante siglos los extensos territorios del sur de los actuales Estados Unidos, entre Méjico y California, o entre la Florida y Tejas, el conocido como “Camino Real de Tierra Adentro”. Pero más allá de esto, también extendía un control allende de las Rocosas, a las praderas del medio oeste y a los territorios tan septentrionales como Montana, las Dakotas, llegando incluso al actual Canadá y Alaska, donde se fija la frontera con el Imperio ruso. En estas lejanas tierras y, tan conocidas por la películas de Hollywood, los españoles ya tuvieron conflictos con las tribus indias que estaban establecidas por estos vastos territorios, especialmente los apaches, sioux y los belicosos comanches.

A principios del siglo XVIII, el pueblo comanche llegó en su gran migración hasta las tierras que hoy son el sur de los Estados Unidos. Por entonces, aquellas áridas llanuras conformaban la frontera más septentrional del Virreinato de la Nueva España y eran la vanguardia de la civilización antes de que se abriese la inmensidad inexplorada de las Grandes Llanuras ignotas para el hombre blanco. Los comanches chocaron entonces con un escaso puñado de guarniciones que, bajo la bandera del Rey de España, mantenían la Fe Católica y la Ley del Rey en los confines del Imperio. Durante casi todo el siglo, españoles y comanches se vieron enzarzados en una cruenta guerra intermitente de cabalgadas e incursiones en las que la determinación de los gobernadores españoles dio una y otra vez el triunfo a las armas hispanas. Pero pese a las sucesivas derrotas, los comanches parecían siempre dispuestos a volver y en 1777 surgió entre ellos un líder conocido como “Cuerno Verde”, que redobló los ánimos y la ferocidad de su pueblo. El virrey de Nueva España decidió atajar de una vez el problema de la frontera norte. Hacía falta dar un golpe de mano y, tenía al hombre adecuado.

Los Dragones de Cuera: Juan Bautista de Anza y la muerte de Cuerno Verde

Para esta misión y patrullar estos extensos territorios, el Imperio creó un doble sistema de defensa, orientado de un lado a la protección de los puertos y costas con ejércitos al estilo europeo, y por otro, a la protección interior de las misiones, ranchos, pueblos y tribus aliadas; donde las tropas españolas fueron evolucionando y cambiando sus tácticas, armas y equipo, para una total adaptación a las condiciones propias de estos territorios y para las confrontaciones con las tribus indias.

Para la segunda misión, surge un nuevo tipo de soldado: “El Dragón de Cuera o Soldado Presidial”. Su uniformidad quedaba regulada por el reglamento de 1772 “el uniforme de los soldados de presidio ha de ser uniforme en todos, y constará de una chupa corta de tripe, o paño azul, con una pequeña vuelta y collarín encarnado, calzón de tripe azul, capa de paño del mismo color, cartuchera, cuera y bandoleza de gamuza, en la forma que actualmente se usan, y en la bandolera bordado el nombre del presidio, para que se distingan unos de otros, corbatín negro, sobrero, zapatos y botines”.

En este punto, entra en la historia un héroe poco conocido en España. En 1736, en la población de Fronteras, provincia de Sonora (que englobaba las actuales Sonora, en Méjico, y Arizona, en Estados Unidos) nació Juan Bautista de Anza. Por rama paterna tenía ascendencia vasca, de Guipúzcoa, y su familia materna era de militares asentados hacía varias generaciones en América. Tanto su padre como su abuelo eran oficiales del ejército español destacado en el norte de Nueva España. Con solo cinco años quedó huérfano de padre por una emboscada de los apaches. Como no podía ser de otra forma, el joven se alistó en cuanto tuvo edad en los Dragones de cuera, el cuerpo de caballería creado expresamente para la defensa de la frontera, y en 1754 fue nombrado cadete de la caballería presidial. Ascendió a teniente dos años después y en 1759 fue nombrado capitán del presidio de San Ignacio de Tubac (actual Arizona). El 24 de junio de 1761 se casó con Ana María Pérez Serrano en Arizpe (Sonora).

Por aquel entonces ya era un reconocido oficial con experiencia en la guerra fronteriza, pero sería entre 1766 y 1773 cuando alcanzaría renombre en las campañas contra los apaches y los indios seris, siendo en el transcurso de las mismas herido hasta en cuatro ocasiones. Pacificada Sonora y con una reputación labrada, Anza decidió cumplir el sueño que su padre no había podido realizar: “encontrar una ruta que permitiese la colonización de la costa oeste de Norteamérica”. En las últimas décadas los españoles habían hecho esfuerzos por hacer efectiva sus soberanía sobre las tierras comprendidas entre el sur de California y Alaska sin mucho éxito, motivado especialmente por las enormes distancias, prácticamente insalvables para la época.

Apenas un puñado de misiones y presidios vigilaban aquel extenso territorio y solo podían comunicarse por mar, puesto que no había rutas ni mapas sobre el agreste, peligroso y peligroso interior. Además, se rumoreaba que los rusos estaban asentándose en Alaska e incluso más al sur y que los piratas ingleses tenían puertos en la costa inexplorada. El gobernador dio permiso a Anza para recorrer la costa oeste subiendo desde California para asegurar el dominio español de la zona. Tras un primer viaje de exploración, el militar dirigió a más de 300 colonos en una famosa expedición que consiguió establecer relaciones con las tribus nativas, cartografiar y crear rutas seguras y comunicar por tierra los emplazamientos avanzados españoles. Anza llegó hasta la Bahía de San Francisco y fundó una misión, núcleo de la ciudad actual.

Anza

A su vuelta de la exitosa expedición, el virrey recompensó a Anza con el comprometido puesto de gobernador de Nuevo Méjico. A finales de 1778,  llegó a la capital de su nueva provincia, Santa Fe, con instrucciones precisas: “debía acabar con la amenaza comanche”. Para satisfacción de todos los sufridos soldados de las guarniciones de Nuevo Méjico, el nuevo gobernador era un militar de frontera con las ideas claras y apenas llegó les anunció que su primordial intención era perseguir a Cuerno Verde y que no se dedicaría a otros asuntos “hasta verle colgado frente al Palacio de los Gobernadores”. Mandó mensajeros a todos los presidios para que se redujesen las guarniciones al mínimo y así aumentar la fuerza expedicionaria.

Anza salió de Santa Fe el mediodía del 15 de agosto de 1779 y, al día siguiente se le unieron las tropas de los presidios e indios aliados en el bosque de San Juan de los Caballeros, donde se pasó revista, ordenó a la fuerza y se pertrechó a los indios. El contingente contaba 600 hombres, de los cuales 150 eran tres compañías dragones de cuera y el resto una amalgama de milicias, auxiliares nativos e infantería de la guarnición de Santa Fe. En cuanto a sus subalternos, eran un grupo de soldados experimentados y de confianza entre los que destaca Carlos Fernández, que ya había derrotado a Cuerno Verde, y el alférez José de la Peña. Unos días después aparecieron doscientos apaches y utes encabezados por cuatro de sus jefes que pidieron unirse a la expedición contra los odiados comanches, cosa que Anza, aunque con desconfianza, les concedió. Así los efectivos del gobernador aumentaron a 800, un número muy elevado para los estándares de la guerra fronteriza.

Conocía las estrategias comanches y sabía que la única forma de conseguir forzar el combate con Cuerno Verde era cogerle desprevenido, de lo contrario no se produciría el combate decisivo. No quería entrar a formar parte de la larga lista de gobernadores que habían “paseado” sus tropas durante días por la Comanchería sin ver un solo comanche. Las expediciones se habían realizado hasta entonces habían llegado hasta Taos y penetrando en territorio comanche por el Paso del Ratón, pero los indios ya conocían esta ruta y tenía destacados vigías que avisaban de cualquier movimiento de tropas para que las partidas se dispersasen por la inmensidad de las llanuras. Anza, sin embargo, dirigió a su expedición por una ruta nunca antes recorrida con la esperanza de sorprender a los comanches, como ya habían hecho en la antiguiedad otros grandes líderes militares. Su idea estragétgica era bordear su territorio por el oeste, avanzando por tierras de los utes, y penetrar en la Comanchería por el norte, el último punto del que esperarían un ataque de los dragones de cuera españoles.

La marcha fue dura, ora sometida a los rigores de un clima bajo un Sol de justicia en las zonas más desérticas, ora  golpeada por viento y la nieve en los pasos de montaña. El gobernador no había olvidado sus tiempos como cadete en lo dragones de cuera y honró a esta unidad con todo el peso de la campaña; los jinetes, con los cascos de sus monturas forradas para no hacer ruido, avanzaron por delante de la columna en parejas de rastreadores, buscando el menor rastro de los comanches y avisando de las mejores rutas.

Durante una semana avanzarón en un terreno descubierto, por valle que llamaron y aun se llama de San Luis. Para evitar ser descubiertos viajaban de noche y acampaban de día, golpeados durante la travesía por un frío impropio de la época del año que no pudieron mitigar con hogueras por miedo a delatarse. Tras cruzar el río Arkansas, llegaron a la boscosa y abrupta Sierra de Almagre (actual estado de Colorado), desde cuyos picos se dominaba una gran planicie en la que solían acampar partidas de comanches, por lo que Anza montó el campamento y destacó patrullas de dragones para que vigilasen desde las alturas atentos a cualquier señal del enemigo.

A las diez y media de la mañana del día 31, una de las patrullas notificó al gobernador que se divisaba la humareda de un grupo de jinetes hacia el este del campamento español. Anza ordenó al cabo acercarse a la estribación oriental de la sierra y traer más información, mientras las demás tropas se preparaban para atacar. Al rato volvió la patrulla e informó que el grupo se dirigía a un campamento de más ciento veinte tiendas. Comanches y españoles habían acampado a pocos kilómetros unos de otros sin advertirlo hasta entonces. El cabo de dragones, avisó al gobernador de que algunos indios estaban vigilando las cercanías del campamento y que era cuestión de tiempo que descubriesen las huellas de su patrulla. Anza organizó el ataque antes de que pudiesen darse a la fuga, pero en tanto que se alejaba el tren de bagajes y la caballada y se dividía el contingente en dos alas y un centro para envolver al enemigo, los comanches avistaron a los españoles y empezaron a levantar el campamento a toda prisa. Sin tiempo para más, la caballería española cargó ladera abajó y hombres, mujeres y niños se dieron a la fuga abandonando sus tiendas y pertenencias. Los dragones dieron alcance a los más rezagados y se libró un combate a la carrera a lo largo de casi cinco kilómetros en el que abatieron a dieciocho guerreros y capturaron a 34 mujeres y niños.

Tras este pequeño triunfo los españoles abrevaron a sus caballos en el río en el que habían acampado los comanches y que llamaron Sacramento. Durante toda la tarde, Anza interrogó a las mujeres capturadas sin éxito, hasta que las dos últimas contaron que Cuerno Verde había salido hacia Taos hacía algunos días con intención de atacar el pueblo y que había ordenado a todas las partidas de comanches reunirse con él tras la incursión para penetrar en territorio español, motivo por el cual ellos estaban allí. Cuerno Verde les llevaba ya mucha ventaja y era imposible detenerle antes de que atacase Taos, pero Anza decidió ir tras él para atacarle cuando regresase a sus tierras. Sin más dilación ordenó partir rumbo sur.

Dos días después volvieron a cruzar el Arkansas y, mientras se acampaba en la orilla la mayoría de los auxiliares utes abandonaron la expedición sin aviso ni motivo, probablemente por considerarse demasiado lejos de su tierra y demasiado próximos a Cuerno Verde. Cuando se iba a reanudar la marcha se presentó una de las avanzadas, que había avistado a la partida de Cuerno Verde dirigiéndose hacia ellos sin saber de su presencia. Anza ocultó a todos sus hombres, caballos y carros y se dispuso a emboscar a los comanches y obligarles a luchar. En efecto, al rato apareció la partida, formada por varios centenares de comanches y que viajaba dispersada por creerse en terreno seguro. Avanzaban al pie de unas colinas boscosas y les separaba de los españoles una zanja de cierta profundidad. Cuando estuvieron a una distancia óptima para el disparo, los españoles abrieron fuego y la caballería cargó lanza en ristre dirigida encabezada por Anza. Los indios se dieron a la fuga hacia las lomas y los españoles tan solo pudieron acabar con ocho de ellos, pues la zanja les obligó a desmonta y pasarla de uno en uno mientras los comanches se perdían entre los árboles.

La noche sorprendió a los contendientes y nuestro héroe, tras inspeccionar la zanja con algunos dragones, decidió resguardar en ella a todo el contingente. Los guías indios le recomendaron replegarse con la oscuridad como cobertura, pero el gobernador no tenía ninguna intención de dejar escapar a su ansiada presa y menos aún de emprender una retirada de noche con cientos de comanches a escasos metros. La lluvia hizo su aparición y los españoles se envolvieron gruñendo en sus capotes y trataron de dormir un poco sin saber que les esperaría al día siguiente.

Durante del 3 de septiembre de 1779 los oficiales despertaron a sus hombres. No había ni rastro de Cuerno Verde y Anza empezó a temerse que los indios hubiesen escapado durante la noche pese a la vigilancia de las patrullas de dragones, tácita muy utilizada por estas tribus nómadas de las praderas. Como no se apreciaba peligro aparente y la zanja era posición incómoda, Anza ordenó ponerse en marcha a la columna considerablemente decepcionado. Justo cuando los primeros españoles empezaron a salir, un pequeño grupo de comanches surgió del bosque con la incomprensible intención de resguardarse en la zanja tan pronto como la abandonasen los dragones españoles. Pronto se les unieron más guerreros hasta número de 50, por lo que Anza ordenó a la sección de retaguardia que tomase la delantera con los carros y los caballos y saliese a terreno despejado, mientras él se quedaba con las secciones de vanguardia y centro para ocupar unas elevaciones y, si era posible, presentar combate. Ya estaba llegando a estas posiciones cuando ocurrió el hecho determinante para la campaña. El mismo Juan Bautista de Anza lo describe así en el diario de la expedición:

«Al entrar a ellos [los soldados españoles], yá los enemigos pasaban de 40 y se acercaban casi á tiro de fusil haciendo fuego con los suyos con cuyo motivo fue conocido por sus insignias y divisas el famoso Cuerno Verde quien con espíritu orgulloso y superior a todos los suyos los gritaba, y se adelantaba escaramuzando con mucho ardor su caballo».

El íder de los Comanches, como si quisiese hacer honor su fama de audaz y bravo incluso a costa del más elemental sentido común, se lanzó con sus escasos hombres a entablar combate contra una fuerza que le superaba en cuatro a uno mientras disparaba su fusil sin cesar de insultar a los españoles y alentar a los suyos. Anza se sorprendió agradablemente, de que el enemigo se le entregase de forma tan considerada y corrió a aprovechar esta oportunidad táctica: “si caía el jefe, el golpe moral sería mucho más efectivo que todas las bajas que pudiese causarles”. Ordenó avanzar a sus  hombres hacia él para entretenerle y mandó al cuerpo de retaguardia, que ya había salido al llano, que rodease por detrás al caudillo comanche y sus seguidores y los empujara contra la zanja, en una clásica maniobra envolvente. Desde las lomas, cuerpo a tierra, los españoles abrieron un fuego cruzado sobre los indios pero Cuerno Verde, impávido ante el fuego de sus enemigos, ordenó seguir adelante a sus seguidores, la retirada no era una opción para estos valerosos guerreros. La trampa estaba a punto de cerrarse y Anza decidió dar el toque final para que su rival se metiese de lleno en ella: “los auxiliares apaches fingieron huir despavoridos, abriendo un hueco en formación española”.

La táctica de la huida fingida del centro para cerrar las alas en torno al enemigo era tan vieja como la guerra misma y los españoles habían tomado buena nota del magistral uso que le dieron los moros en la Reconquista. El caudillo comanche espoleó a los suyos para lanzarse a la brecha, pero justo en ese momento se percató de que la retaguardia de Anza estaba a punto de cortarle la huida y comprendió por fin la estratagema del español. Entonces sí, ordenó replegarse a sus bravos guereros. Demasiado tarde. Los comanches, entre las balas, trataron de escapar del cepo orquestado por el magistral Anza. Muchos fueron derribados pero los españoles dejaron escapar a la mayoría; al gobernador solo le interesaba Cuerno Verde. Todos los efectivos se cerraron sobre el jefe comanche y sus seguidores más acérrimos. Sin escapatoria posible, Cuerno Verde y los suyos se metieron en la zanja, echaron pie a tierra y, parapetándose tras los caballos, ofrecieron una última resistencia. Cuerno Verde disparaba su rifle y mientras otro se lo recargaba mantenía a los enemigos a raya con la lanza. Con él se defendieron su hijo primogénito, su pujacante -hechicero-, otros cuatro jefes tribales y diez guerreros de su escolta. Cubiertos desde las alturas por sus compañeros, los dragones de cuera blandieron sus espadas y se lanzaron sobre el último reducto del valiente jefe comanche. En apenas unos minutos de sangriento combate, todos los comanches habían muerto, la victoria era total, al igual que la derrota moral de los comanches.

Los hombres de Anza celebraron con gritos de júbilo la muerte del enemigo más odiado de toda la frontera del norte del Imperio. En aquel reducto yacían los cadáveres de aquellos que habían liderado las expediciones más crueles y despiadadas contra Nuevo Méjico. En su diario, Anza dejó constancia de la valentía de Cuerno Verde y escribió:

«Su muerte aseguran todos los nuestros será bien llorada de sentimiento [entre los comanches], pero creo no excederá á lo que de placer lo han hecho nuestras gentes…»

El día 7 de septiembre la expedición llegó a Taos lo que indicaba que por fin habían vuelto a suelo español después de tres semanas en la Comanchería. La población había sido atacada hacía unos días por Cuerno Verde, tal como informaron las prisioneras a Anza, pero para alivio de los españoles la encontraron intacta y fueron recibidos con alegría por el alcalde y los habitantes, que habían resistido durante dos días el asedio de los comanches. Los colonos no cupieron en sí de gozo cuando supieron que el mismo que les había puesto bajo sitio hacía unos días yacía ahora en el fondo de una zanja en medio de la Comanchería. Desde Taos la expedición volvió a Santa Fe el viernes 10 de septiembre de 1779.

Después de la Batalla de Cuerno Verde

La enorme importancia de la victoria de Juan Bautista de Anza se reveló con el tiempo. Los ataques comanches casi desaparecieron, reducidos a irrisorios robos en los pueblos más alejados. Las distintas tribus se enzarzaron en disputas entre sí y ya no volvería a surgir un líder carismático como Cuerno Verde. No obstante, Anza solo había cumplido la mitad de la misión que le encargó el virrey: “había castigado a los comanches y acabado con la amenaza de Cuerno Verde, pero todavía quedaba lograr la paz en la región”. Sabía que su victoria no valdría más que todas las que la habían precedido si no aprovechaba la debilidad de los comanches para asegurar la estabilidad en Nuevo Méjico. Presionó a los notables comanches para que firmasen tratados con España mezclando la actitud reconciliadora con la constante amenaza de dar un nuevo golpe de autoridad.

Los ancianos jefes no tenían el ardor guerrero de Cuerno Verde ni querían acabar como él y, pese a grandes disputas con los sectores más belicosos, fueron paulatinamente aviniéndose a una relación de colaboración tutelada con el reino de España. En 1786 el jefe Ecueracapa, el más importante de la nación comanche muerto Cuerno Verde, firmó la paz con los españoles y sus aliados utes. Desde entonces y durante los 35 años que permanecerían aquellas tierras bajo dominio español, los comanches solo volvieron a pisarlas para comerciar en las ferias locales.

El tocado de búfalo de Cuerno Verde fue recogido por los soldados de Anza y enviado al rey Carlos III, el cual lo regaló al Papa. Actualmente forma parte de la colección de los Museos Vaticanos.

Juan Bautista de Anza es recordado en el suroeste de Estados Unidos y norte de Méjico como uno de los hombres que ayudó a llevar la civilización a aquellas tierras perdidas en un confín del mundo. Sus estatuas en San Francisco o Hermosillo (Sonora) han inmortalizado a lomos de su caballo y en actitud altanera a este militar y explorador que jamás pisó la Península Ibérica,  pero dedicó su vida a ella. Es uno de los muchos hombres reales, que crearon esa historia de cuando “el Oeste era español”, y por desgracia tan olvidado como otros héroes en su metrópoli.

Por Antonio Sánchez, Historiador y miembro de la Guardia Civil.

Fuentes

- Juan Bautista de Anza; Diario de la Expedición de 1779: http://anza.uoregon.edu/anza79sp.html

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