La mentira independentista de Rafael Casanova: el catalán que «suicidó» Barcelona en 1714

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Rafael Casanova, el consejero en jefe de Barcelona durante el asedio de las tropas borbónicas en 1714, se ha transformado en un icono del nacionalismo catalán. Año tras año, y con motivo de la celebración de la Diada, los partidos independentistas dejan flores en su estatua, un monumento ubicado en la calle Girona de la Ciudad Condal. Y es que, según el mito forjado en las últimas décadas, este militar se negó a rendir el último bastión del Archiduque Carlos (el pretendiente Austria al trono) enarbolando sus convicciones secesionistas. La realidad, por el contrario, no tiene nada que ver con esta versión.

La principal falacia sobre este personaje la desvela en su popular obra «España y Cataluña: historia de una pasión» el hispanista Henry Kamen. El historiador explica que el conseller en cap mantuvo una reunión con el Duque de Berwick (al frente de las tropas de Felipe V) antes del ataque final sobre Barcelona. En la misma, le ofreció rendirse para evitar la muerte de los defensores de la Ciudad Condal (una buena parte, ciudadanos). Lejos de aceptar que sus escasas fuerzas no podrían resistir el asedio del ejército enemigo, el militar y político se negó a claudicar para asombro de varios de sus superiores.

Un patriota, según sus descendientes

Con todo, esa no es la única mentira que se ha forjado alrededor de este militar. Otra de ellas la desveló su propia descendiente, Pilar Paloma Casanova, allá por 2013. En un vídeo difundido por la Fundación DENAES, la también duquesa de Maqueda y marquesa de Astora incidió en que su antepasado no luchó jamás por el independentismo catalán, sino que lo hizo de forma exclusiva por el archiduque. Por si fuera poco, la mujer señaló entonces que el catalán llevaba a «España en el corazón» y que se limitó a combatir contra el linaje francés. «Era un patriota español, toda mi familia ha defendido siempre la unidad de España», explicó.

Para apoyar esta idea, la descendiente se basa en documentos como el llamamiento que se repartió en Barcelona el mismo 11 de septiembre de 1714. Un documento que reproduce Jesús Laínz en su libro «España contra Cataluña: historia de un fraude» y en el que instaba a las gentes de la Ciudad Condal a empuñar las armas en favor del rey, la patria española y el honor. Esta curiosa proclama fue entregada, en palabras del mencionado autor, «a las tres de la tarde de tan trágico e histórico día» y no deja lugar a equívoco:

«Explican, declaran y protestan los presentes, y dan testimonio a las generaciones venideras, de que han ejecutado las últimas exhortaciones y esfuerzos, quejándose de todos los males, ruinas y desolaciones que sobrevengan a nuestra común y afligida Patria, y extermine todos los honores y privilegios, quedando esclavos con los demás españoles engañados y todos en esclavitud del dominio francés; pero así y todo se confía, que todos como verdaderos hijos de la Patria, amantes de la libertad, acudirán a los lugares señalados, a fin de derramar gloriosamente su sangre y su vida por su Rey, por su honor, por la Patria y por la libertad de toda España».

Laínz también recuerda en su obra una de las canciones populares que, aquellos días de 1714, entonaban las gentes de Barcelona para animarse ante el asedio que se les venía encima. Una tonadilla que poco tenía de independentista: «Mueran los enemigos, y sus huestes tiranas sean viles despojos de nuestras fuertes armas. ¡Al arma catalanes, paisanos siempre al arma, hoy muera el enemigo, hoy se libera España!». Según sus palabras, así como la de tantos otros historiadores y estudiosos del conflicto como Pedro Insua (autor de «1492. España contra sus fantasmas»), todo esto demuestra que Cataluña y Casanova combatían en una guerra de sucesión, y no de secesión.

«Jamás hubo un movimiento de liberación similar al americano. Para dar ese paso tienen que dibujar la sociedad actual como una tiranía. Y todo eso lo hacen mediante una ficción que no tiene una base histórica. Recurren constantemente a anacronismos como el de 1714. Entonces no fue una guerra de Cataluña contra España, eso es una falacia. Fue una contienda dinástica. Cuando se declaró al archiduque Carlos rey, fue rey de toda España, y no solo de Cataluña», explicaba Insua en declaraciones a ABC.

Una decisión controvertida

La segunda mentira requiere retroceder hasta los comienzos de julio de 1714. Durante el último episodio de la Guerra de Sucesión, las fuerzas borbónicas del duque de Berwick se presentaron en las murallas de Barcelona para llevar a efecto la fase final del asedio. Durante esta etapa, el general del Rey Felipe V ofreció ciertas condiciones para que la ciudad se rindiera sin derramar una gota de sangre, pero los representantes de Barcelona, encabezados por Rafael Casanova, las rechazaron porque Berwick se negaba a garantizar los fueros.

Al insistir en su empeño de no rendirse, aunque cada vez era más evidente que ningún ejército podría romper el sitio, Berwick exigió una rendición incondicional. No en vano, un ejército muy superior, compuesto por 35.000 infantes y 5.000 jinetes, respaldaba la amenaza del general borbón. Y los 16.000 defensores de Barcelona, muchos de ellos ciudadanos, empezaban a ser conscientes de que no cabía rescate alguno: la mejor salida era la rendición.

En septiembre, la situación de la ciudad era desesperada, y Berwick accedió a recibir una delegación dando por hecho que venía a ofrecer la rendición de la ciudad. El día 4 de septiembre tuvo lugar la insatisfactoria reunión, de cuyo fracaso el historiador Henry Kamen culpa directamente a Rafael Casanova. Así, «la delegación encabezada por el conseller en cap se negó en todo momento a hablar de las condiciones de rendición».

Antonio de Villarroel, general de los defensores, no encontró sentido a la decisión de Casanova y dimitió de su cargo. El día 11 de septiembre las tropas borbónicas entraron en la ciudad que respondió con una desesperada defensa donde se registraron miles de muertos. Poco después del mediodía del día 12, la ciudad se rindió incondicionalmente y las tropas del Rey Felipe V entraron en Barcelona.

«La decisión suicida e innecesaria de no rendirse fue de Casanova», sentencia Kamen en su libro. El día del asalto final, Casanova estaba durmiendo y tras ser avisado se presentó en la muralla con el estandarte de Santa Eulalia para dar ánimos a los defensores. Herido de poca gravedad por una bala en el muslo, Casanova fue trasladado al colegio de la Merced, donde se le practicó una primera cura. Con la caída de la ciudad, el político catalán quemó sus archivos, se hizo pasar por un muerto y delegó la rendición en otro consejero.

Como balance final, el duque estimaba que habían muerto alrededor de 6.000 defensores, una cifra próxima a la estimada por los historiadores en la actualidad. La decisión de Casanova de resistir, cuando la caída de Barcelona era un hecho, y «tanta muerte innecesaria» enfureció a Berwick que despachó de malos modos a la delegación catalana que fue a visitarlo el día 13.

Disfrazado de monje, Rafael Casanova huyó de la ciudad y se encondió en la finca de su hijo en San Boi de Llobregat. En el año 1719, fue amnistiado y volvió a ejercer como abogado hasta retirarse en 1737. Murió en Sant Boi de Llobregat, treinta y dos años después de la rendición de Barcelona.

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Redacción
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