El falso mito de la tolerancia en Al-Ándalus, un régimen humillante para cristianos y judíos

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La discriminación legal varió en función del incremento o relajación del islamismo que se destilaba desde el poder central. Por momentos, las diferencias rozaron la humillación, como en el caso de la prohibición de llevar o guardar armas o la de no vestir como los musulmanes, a los que había que honrar y respetar. Un cristiano debía levantarse si entraba un musulmán y solo podía pasarle por el lado izquierdo, considerado maldito

Tolerar a alguien mirándolo desde arriba convierte la palabra tolerancia en algo vacío. El mundo anglosajón hace tiempo que demostró que no basta con tolerar al otro en su barrio o en su reserva india, viviendo en una dimensión paralela, sin interactuar con los que son diferentes ni cruzando los límites de su zona de confort. Para una convivencia plena es necesario ir más allá: hacer un esfuerzo por comprender y asimilar al otro. Tratarlo de tú a tú, y darle las mismas oportunidades y derechos. Ni en la Edad Media cristiana ni en la musulmana se dieron las condiciones para algo parecido.

El concepto de tolerancia es algo contemporáneo, que no se puede extrapolar a la Edad Media como habitualmente han hecho los que defienden que en Al-Ándalus convivieron de forma pacífica tres religiones. Ciertamente, en la sociedad andalusí hubo una coexistencia, pero con una separación de carácter legal entre unas comunidades y una cesión de espacios obligada, en parte, porque los invasores no estaban en condiciones de implantar sus creencias y, además, porque el Corán establece que la fe islámica no se puede imponer por la fuerza.

Un proceso de ocho siglos

Lo primero que hay que tener en cuenta es que la historia de Al-Ándalus se prolongó durante casi ocho siglos con escenarios completamente distintos, según qué etapa. Se antoja un error imaginar el Imperio romano, con siglos y siglos de existencia, como una civilización inmutable, exactamente igual en tiempos de la república que en el reinado de, por ejemplo, el Emperador Trajano. O hablar siempre del Antiguo Egipto con la estampa de las grandes pirámides de fondo, cuando la construcción de estos monumentos funerarios se limitó a un periodo concreto dentro de una civilización con 3.000 años de existencia. Del mismo modo, no es lo mismo hablar de tolerancia en la época del Califato que hacerlo tras las invasiones que se produjeron en el siglo XI de radicales religiosos procedentes del Norte de África.

Durante la primera fase de la conquista de la Península, el débil y dividido territorio visigodo fue arrasado por 7.000 guerreros bereberes y 5.000 árabes bajo la dirección de Musa ibn Nusair, primer valí de Al-Ándalus. Todo ello devino en una guerra donde se incentivó la conversión de la mayoría de la población local al Islam como parte de un juego de palos y zanahorias. En menos de tres años tras la batalla de Guadalete, prácticamente la totalidad de la Península estaba en poder del Islam.

La tensión interna entre árabes (a su vez enfrentados entre qaysíes y yemeníes) y bereberes protagonizó estos primeros años de Al-Ándalus, permitiendo que muchos líderes cristianos sacaran ventajas de la guerra civil y de la inestabilidad del nuevo régimen.

Como cuenta el doctor Juan Abellán Pérez en el libro coordinado por Vicente Ángel Álvarez Palenzuela «Historia de España de la Edad Media» (Ariel), los jefes visigodos recibieron distintos tratos en función a si durante la conquista habían ejercido oposición o no. A los hostiles se les exigió sumisión total al Islam (sulh), mientras a los que no se resistieron únicamente se les reclamó respeto a la autoridad política (‘ahd). No en vano, y tal vez esta es la base del mito de la buena vecindad entre religiones, en ambos casos se garantizó su vida y sus creencias a cambio de pagar un impuesto personal o capitación en metálico (yizya), aparte de la contribución territorial en especie (jaray), que debían pagar incluso si optaban por convertirse a la fe de los conquistadores. También las posesiones de la Iglesia fueron respetadas en este tipo de pactos que primaron el pragmatismo por encima de los dogmas religiosos:

«Que no se confiscarán sus propiedades ni serán esclavizados. Que no serán separados de sus mujeres e hijos, ni serán asesinados. Que no serán quemadas sus iglesias ni expoliados los objetos de culto que contienen. Que no serán discriminados ni aborrecidos por sus creencias religiosas».

Conquistadores contra conquistados

Según datos muy aproximados, la población total antes del 711 era de entre 4.500.000 y 5.500.000, de los cuales cerca del 50% quedaron en territorio islámico, esto es, entre 2.250.000 y 2.750.000 indígenas. Los invasores, por otro lado, no pasaban de los 50.000 personas, incluidos mujeres y niños, pero nutrieron la minoría gobernante. La nueva estructura social se dividió entre los creyentes (umma), formada por bereberes y las muchas tribus y clanes árabes, y los denominados protegidos (dimmíes), integrada por la población cristiana y judía que siguió viviendo en Al-Andalus. La llamada «gente del Libro», el grupo más numeroso de la población libre, pudo conservar así su religión dentro de la sociedad islámica y procuró imitar las costumbres árabes, hasta el punto de que se les acabó denominando «aquellos que pretenden ser árabes», esto es, mozárabes.

Estos grupos constituyeron importantes comunidades en zonas urbanas, donde siguieron rigiéndose por el derecho visigodo y mantuvieron su organización eclesiástica intacta hasta el siglo XI. Incluso gozaron de autonomía interna, pudiendo elegir a sus autoridades bajo, eso sí, la aprobación de los walíes musulmanes. A la cabeza de estas comunidades se encontraba un conde, encargado de entregar la recaudación a los musulmanes, aunque era un juez musulmán y un jefe de policía quienes regulaban las relaciones de estos mozárabes con la umma.

La aristocracia hispana que se convirtió al Islam convivió a la perfección con la árabe, de modo que ambos unieron esfuerzos contra las revueltas de bereberes, eslavos y clases bajas

A largo plazo, sin embargo, los judíos y cristianos que no se convirtieron padecieron los estragos de un sistema legal, impuesto por una minoría no autóctona, que en función a los vaivenes políticos discriminaba más o menos a los no mahometanos. El resultado es que en Al-Ándalus convivieron dos sociedades duales, yuxtapuestas y claramente diferenciadas: la de los conquistadores y la de los conquistados. Entre los conquistados, se incluían también los muladíes, conversos de origen hispánico, que no gozaban de la misma igualdad que la clase árabe dominante, quien a su vez mantenía relegada a la de los bereberes.

La discriminación religiosa se difuminaba en muchos aspectos con las división social reinante. De hecho, la aristocracia hispana que se convirtió al Islam convivió a la perfección con la árabe, de modo que ambos unieron esfuerzos contra las revueltas de bereberes, eslavos y clases bajas. Porque, ya se sabe, poderoso caballero es don dinero.

El descontento mozárabe

Solo cien años después de la invasión musulmana, surgió un movimiento de descontentos hacia la consideración legal de los mozárabes en la ciudad de Córdoba. En una de las numerosas acentuaciones islámicas del Califato, Abd al-Rahman II suprimió bajo su reinado la tolerancia con los mozárabes e hizo que muchos muladíes fueron apartados o directamente eliminados de puestos de responsabilidad. A partir del año 850, un movimiento radical llamado mozarabismo contestó a esta oleada de discriminación de una manera muy particular. Los acontecimientos se precipitaron ese año con la condena a muerte de un clérigo y un mercader cordobeses acusados de blasfemos.

En dos meses, un total de 11 cristianos fueron crucificados o decapitados por blasfemar contra el Profeta de Alá, en lo que ha sido considerado un martirio voluntario organizado a modo de protesta por estos radicales. A pesar de que solo una pequeña parte de los mozárabes simpatizaban con el movimiento, los jueces islámicos iniciaron una escalada de ejecuciones que, según Sánchez Albornoz, superó ampliamente todos los procesos inquisitoriales contra judaizantes y luteranos en la España de Felipe II.

Ante el fracaso de la moderación religiosa, Muhámmad I aplicó una política de violencia para erradicar el problema del mozarabismo, lo cual logró a corto plazo. No obstante, esta estrategia de mano dura extendió a largo plazo el descontento a otras zonas y germinó en un sentimiento de nostalgia hacia el reino cristiano perdido, cuyas reclamaciones algunos vieron encarnadas en el Reino de Asturias.

Y precisamente el Rey de Asturias, Ordoño I, no dudó en apoyar una revuelta mozárabe en Toledo en el año 852. En la sucesiva batalla los cristianos fueron superados por las tropas de Muhámmad I, pero aún permaneció Toledo sublevada cinco años más. El movimiento radical perdió fuerza solo tras la política dura contra los cristianos y, a raíz de la muerte de San Eulogio en el 859, se encaminó hacia el ocaso.

No fue un episodio aislado. La desconfianza de los cristianos hacia las élites árabes que regían su estatus legal provocó un constante foco de tensiones que contradicen el mito de la paz religiosa en Al-Ándalus. Del mismo modo, la comunidad muladí encabezó en el año 880 otra protesta en Córdoba para reclamar una equiparación real.

La diferencia legal entre cristianos y musulmanes

La conflictiva sociedad de Al-Ándalus vivió la lucha de los convertidos al Islam para conseguir su equiparación con los invasores, en paralelo a la reclamación de los mozárabes y judíos para no perder su identidad y lograr la misma consideración legal que el resto.

Aclara el historiador Francisco de Asís Veas Arteseros en el capítulo «La civilización andalusí» del libro antes mencionado que «los practicantes de las religiones bíblicas eran tolerados, pero ello no suponía una equiparación con los musulmanes y su situación venía definida por el respeto que los islámicos debían manifestar por la religión, propiedades, leyes y costumbres de los protegidos».

En resumen, que se establecía una desigualdad perpetua, porque los protegidos no podían ser nunca ciudadanos del Islam dada su condición religiosa, ni podían participar en el mismo régimen político y fiscal que los creyentes. Tenían que pagar impuestos y multas superiores que los musulmanes.

Estas relaciones entre cristianos y musulmanes se regulaban mediante la «dimma» (el nombre con el que en el Islam se designa a los creyentes de religiones abrahámicas o monoteístas), que hacía que, por ejemplo, el testimonio de un cristiano y un mahometano no valiera lo mismo a nivel legal. Asimismo, los cristianos no podían casarse con musulmanas, pero si el matrimonio mixto era al revés, los hijos eran automáticamente musulmanes y los bienes de la esposa cristiana se los quedaba el marido.

La discriminación legal varió en función del incremento o relajación del islamismo que se destilaba desde el poder central. Por momentos, las diferencias rozaron la humillación, como en el caso de la prohibición de llevar o guardar armas o la de no poder vestir como los musulmanes, a los que había que honrar y respetar. Y, según explica Rafael Sánchez Saus en su libro «Al-Ándalus y la Cruz» (Stella Maris), un cristiano debía levantarse si entraba un musulmán en una habitación, y sólo podía pasarle por el lado izquierdo, considerado maldito.

Igualmente un cristiano no podía montar a caballo en presencia de un musulmán, ni podía tener servidumbre musulmana o esclavos que antes hubieran pertenecido a musulmanes, ni la casa de un cristiano podía ser más alta que la de ellos.

Todo ello dio lugar a la existencia de barricadas separadas en algunas ciudades, donde los cristianos tenían prohibido construir nuevos centros religiosos o intentar convertir a un islámico a su religión. Algo que también ocurría a la inversa en el territorio cristiano, con la salvedad de que allí nunca se ha generado el mito de la civilización pacífica y tolerante.

La presión económica, social y cultural ahogó con el tiempo lo que en los primeros años de la invasión había sido el grupo mayoritario de la población. La conversión de muchos mozárabes para integrarse de pleno derecho en la sociedad islámica (esto pensaban a nivel teórico) y la emigración de muchos a los reinos cristianos del norte, que demandaban colonos para las tierras conquistadas, redujeron paulatinamente esta población hasta que ya en tiempos de Almanzor era algo residual. El endurecimiento de su situación y el desprestigio de los cristianos y sus clérigos contribuyeron de forma crucial a esta reducción de la población mozárabe, sin desmerecer el papel que ejerció la asimilación de estos grupos a la cultura de los invasores. La utilización de la escritura y la lengua árabe no dejó de crecer en esta comunidad desde el año 711.

Los judíos, por su parte, estaban sometidos a las mismas normas que los cristianos, aunque ellos suponían una minoría dentro de Al-Ándalus. La población creció durante el emirato y el califato como consecuencia de la emigración desde el norte de África y de su papel económico y militar jugado durante la conquista de la Península. Esta minoría religiosa tenían comunidades destacadas en Toledo, Granada, Córdoba y Lucena. Las fuentes informan que se dedicaban sobre todo al comercio, artesanía, medicina, farmacia, filosofía, aunque buena parte eran simples trabajadores. Y, al igual que muchos mozárabes y muladíes, ocuparon puestos claves en el Califato. Fue el caso de Moshen ibn Hasday ibn Shaprut, médico personal de Abd al-Rahman III y gran propagador de la cultura hebrea en el ámbito andalusí.

Precisamente a mediados del siglo X, el Califato Omeya alcanzó su máximo esplendor cultural y urbanístico, hasta el extremo de que el geógrafo Ibn Hawqal la comparó con Bagdad o Constantinopla, por entonces las mayores urbes conocidas. La biblioteca de al-Hakam II estaba formado por una colección de entre veinte mil y cuarenta mil volúmenes, la cual nació y murió a manos de la misma civilización tan mitificada y pacífica. A instancias de los ulemas malikíes, Almanzor ordenó quemar buena parte de esta biblioteca que, más tarde, fue saqueada por almorávides y almohades. Estos dos grupos de radicales llegados de fuera de la Península hicieron de la revitalización de la ortodoxia islámica su bandera y jamás creyeron, ni por asomo, en tolerancias religiosas de ningún tipo o en cacharros parecidos.

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Redacción
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