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El inicio de la aviación comercial en España: un siglo volando

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El fin de la Primera Guerra Mundial marcó el inicio de la aviación comercial en nuestro país. Al año siguiente, en 1919, despegó definitivamente. Una exposición repasa este siglo de historia. Por Daniel Méndez

Los primeros ‘pasajeros’ fueron las sacas de correos. Hoy los viajeros de los aeropuertos españoles se cuentan por millones (cerca de 264 el año pasado, según las cifras de Aena, la empresa pública que gestiona la inmensa mayoría de las instalaciones). Pero hace un siglo, cuando volar era una aventura heroica, los aviones no llevaban más personas a bordo que la tripulación a los mandos. El inicio de la actividad aeronáutica en España -y no es un caso excepcional- está ligado al servicio postal.

La Primera Guerra Mundial impulsó el desarrollo y la modernización de los medios aéreos. Fue la primera guerra donde los aviones se convirtieron en un actor clave. Pero el armisticio dejó un superávit de material bélico. Pilotos, mecánicos y aviones necesitaban ‘reciclarse’. La sociedad civil les dio una segunda vida.

La primera línea regular que surcó el cielo patrio fue la francesa Aéropostale. En el staff de esta compañía gala se encontraba Antoine de Saint-Exupéry, autor de El principito. El piloto (perdón, el escritor) dejó escrito en su primera novela, Correo sur, un buen testimonio de aquellos épicos primeros tiempos: redactada a partir de sus propios recuerdos y apuntes de vuelo, narra las primeras entregas de correo desde Francia a Marruecos y Senegal. La autonomía de aquellas aeronaves era reducida, y los pilotos se veían obligados a realizar diversas escalas. Así, la línea Toulouse-Rabat de Aéropostale se detenía en Barcelona, Alicante, Málaga y Casablanca antes de llegar a su destino.

Empiezan a surgir así unas primeras -y precarias- infraestructuras: apenas unas explanadas de tierra que se apisonaban y mantenían limpias de piedras. Para despegar, el piloto debía orientar el avión en la dirección del viento dominante. Instrumentos de navegación como el GPS y el radar quedaban, por supuesto, muy lejos todavía. Y las primeras terminales eran unos sencillos barracones de madera. En los años treinta se construye la primera terminal de Barajas, y con ella llega el inicio de una nueva arquitectura especializada. El hormigón en la pista de aterrizaje no llegaría a Barajas hasta 1944.

COBRO POR KILÓMETRO DE VUELO

Años antes se pusieron en marcha las primeras líneas de negocio patrias. En 1920, por ejemplo, se creó un enlace postal Barcelona-Palma de Mallorca en hidroavión. Pero el proyecto no cuajó. Más éxito tuvo la Compañía Española de Tráfico Aéreo: CETA. Esta aerolínea comenzó transportando correo entre Sevilla y Larache (Marruecos).

Ocasionalmente se sentaban como podían entre sus sacas uno o dos pasajeros, pero era algo muy excepcional. Se daba poca prioridad al transporte de personas: CETA cobraba del Gobierno seis pesetas por kilómetro volado. Era este ingreso el que permitía la subsistencia de la compañía.

Hubo que esperar hasta el año 1925 para que surgiera la primera línea de pasajeros: la Unión Aérea Española (UAE). Esta operó entre 1925 y 1929. En aquellos años, Horacio Echevarrieta puso en marcha una compañía: Iberia se llamaba. El 14 de diciembre de 1927, el rey Alfonso XIII inauguró la línea Madrid-Barcelona. Aunque el protagonista llegó con retraso: el avión de Barcelona que debía aterrizar en Cuatro Vientos se vio obligado a realizar un aterrizaje forzoso en Soria.

En 1974, la Subsecretaría de Aviación Civil aprobó el proyecto llamado Servicios especiales Madrid-Barcelona y viceversa, el célebre puente aéreo que se convirtió en símbolo de la aviación en España. En ese medio siglo habían cambiado mucho las cosas: el primer avión que unía Madrid y Barcelona podía llevar a diez pasajeros a bordo. El viaje de tres horas y media costaba 163 pesetas. Trescientas si el billete era de ida y vuelta. En aquellos primeros vuelos se pesaba a los pasajeros antes de embarcar: el peso y una correcta distribución en el habitáculo de la nave eran fundamentales. Hoy todavía se tiene en cuenta, pero se siguen las estimaciones de peso promedio de la Agencia Europea de Seguridad Aérea.

Entre los avances introducidos por la industria aeronáutica hay algunos insospechados. Por ejemplo, el zumo de naranja a bordo: se empezaron a servir a finales de los años treinta. Faltaba mucho todavía para que se popularizaran en los supermercados. Otra curiosidad: se accede al avión por el lado izquierdo. Hay una posible influencia militar en esta costumbre: los jinetes del Ejército subían a sus monturas por ese lado. Era más cómodo al llevar espada.

CIUDADANOS ATÓNITOS

Mucho habían evolucionado las cosas desde aquellos pioneros como Juan de la Cierva -padre del autogiro que realizó su primer vuelo entre Getafe y Cuatro Vientos en 1924- o el menos conocido Heraclio Alfaro. Este vitoriano, nieto de Heraclio Fournier, construyó en la lonja familiar un monoplano en 1914. Alzó el vuelo a finales de junio ante la mirada atónita de 25.000 ciudadanos.

El transporte de mercancías fue dejando espacio también para los pasajeros. En los años veinte y treinta, los pocos afortunados fueron dejando constancia de sus ‘bautismos aéreos’. También se popularizaron en España las exhibiciones aéreas llamadas ‘Aero Populares’. Muchos curiosos se acercaban a estas ferias ante la posibilidad de dar su primer paseo en avioneta: un bautismo del aire en toda regla. A menudo recibían un diploma que daba fe de su valentía y se tomaban una fotografía. Estas imágenes, junto con muchas otras, pueden contemplarse en la exposición ¡Volar! 100 años en el cielo, que PHotoESPAÑA y la Fundación Enaire han puesto en marcha para conmemorar el centenario de la aviación civil en España.

Y es que 1919 fue un año clave en la aviación española. Fue cuando se firmó en París el convenio acordado de la Conferencia Internacional de Navegación Aérea, la herramienta legislativa que regula la aviación comercial. El mundo comenzó a convertirse en un lugar más pequeño.

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