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Las dolorosas mentiras históricas sobre España con las que Cataluña adoctrina a sus escolares

reyes catolicos

La Federación de Gremios de Editores de España ha denunciado que algunas comunidades autónomas les presionan para que incluyan en sus libros términos como «Corona catalanoaragonesa» o que eviten hablar de los Reyes Católicos

 Ya lo dijo Joseph Goebbels, el ministro de propaganda del Tercer Reich: una mentira repetida mil veces termina convirtiéndose en verdad. Esta es la máxima que se está usando, a la luz de las últimas declaraciones realizadas por Antonio María Ávila ( director general de la Federación de Gremios de Editores de España), en algunas comunidades autónomas ávidas de encumbrar su historia local.

Y es que, en detrimento de la realidad, regiones como Valencia o Cataluña presionan, mediante «mecanismos bastardos», a los editores para que modifiquen los contenidos que ofrecen a los escolares. Los casos más dolorosos se dan en la segunda comunidad autónoma, desde donde se sugiere a esta organización incluir referencias a la Corona catalanoaragonesa (un término histórico falso y creado en el siglo XIX) o les invita a obviar a los Reyes Católicos.

La falacia de la Corona catalanoaragonesa

Según ha desvelado Antonio María Ávila, una de las mentiras más sangrantes es la referencia constante que les obligan a hacer en sus libros a la Corona catalanoaragonesa; una designación falaz para referirse a la Corona de Aragón (en la que se integraban, entre otras regiones, el Reino de Aragón, los Condados Catalanes y el Reino de Valencia). El término no obedece más que a un intento de poner en valor la importancia que tuvieron los catalanes en esta asociación que dominó buena parte del Mediterráneo en la Edad Media. Sin embargo, como bien ha explicado el director general de la FGEE, no existen referencias a la Corona catalanoaragonesa en el periodo en el que existió. Fue, por el contrario, un invento con fines historiográficos.

En su libro «Historia mínima de Cataluña», Jordi Canal apunta que la mezcolanza entre la terminología de la época y la del tiempo del historiador ha provocado un «confusionismo pernicioso, amén de innecesario»: «En la Edad Media no encontramos referencias ni a una supuesta confederación catalanoaragonesa, ni a reyes de Cataluña-Aragón, ni a condes-reyes, ni a Reino de Cataluña. Se trata de construcciones historiográficas y políticas contemporáneas».

Se considera, no en vano, que la primera vez que apareció el concepto de «confederación catalano aragonesa» fue en 1872, en un libro de aire romántico con ese título, obra de Antonio Bofarull i Broca (1821-1892), historiador, poeta y dramaturgo. Una obra que, al calor de Renaixença que se vivió con la cultura de habla catalana a mediados del siglo XIX, confería de forma poco precisa al Condado de Barcelona el mismo estatuto que al Reino de Aragón. Desde entonces, el término empezó a emplearse sin intenciones nacionalistas por muchos historiadores. Una preocupación semántica que algunos autores como Vicens Vives han apreciado innecesaria.

«Desde mediados del siglo XIX nos ha molestado que los Condes de Barcelona fuesen conocidos en todas partes bajo el nombre de Reyes de Aragón, que nuestros bisabuelos guerreros y mercaderes trascendieran a las páginas de la historia extranjera bautizados como “aragoneses”, que al hablar de nuestra expansión mediterránea se empleara el calificativo de aragonesa. Hemos acudido a los más refinados procedimientos para evitar semejante confusionismo: hemos hablado de Confederación catalanoaragonesa, de Reyes de Cataluña-Aragón, de condes-reyes, de monarcas con una, dos o tres numeraciones. A mi juicio, este infantilismo no solo nos ha perjudicado, molestado innecesariamente a los aragoneses, sino que ha creado un peligroso confusionismo en nuestro espíritu público, ya que hemos puesto en la picota una de las más fecundas soluciones de nuestro intervencionismo en el complejo mundo hispánico».

El matrimonio de la discordia

En favor de la denominación, el independentismo esgrime el matrimonio entre Petronila y Ramón Berenguer. La realidad es muy diferente. Las raíces de este enlace se hunden en los condados que nacieron tras la formación de la Marca Hispánica, creada en el siglo VIIII por el Imperio Carolingio al sur de los Pirineos como protección contra los musulmanes. Durante su decadencia, Ramiro I heredó en el 1035 una de estas antiguas regiones: Aragón. A la postre, las luchas le permitieron hacerse con otros condados cercanos. Su vástago, Sancho Ramírez I, continuó esta labor. Sucesor a sucesor, y feudo a feudo conquistado, el trono recayó en el año 1104 sobre Alfonso I, más conocido como el Batallador (y no es para menos, pues incorporó unos 25.000 kilómetros al reino). Este, al morir sin descendencia, dejó sus posesiones a las órdenes militares, lo que provocó un grave problema sucesorio.

Dicen que las situaciones desesperadas solo se pueden solventar con medidas desesperadas. Y eso es lo que ocurrió: se llamó al trono a su hermano, futuro Ramiro II el Monje, entonces obispo de Roda. Este dejó los hábitos y, a toda prisa, se dispuso a la noble tarea de engendrar un descendiente que pudiera optar a la poltrona. Se podría decir que el resultado fue agridulce, ya que la que vino al mundo fue una niña: Petronila. A partir de ese momento, la mayor preocupación que se vivió en tierras aragonesas fue la de organizar una boda que resultara en una cabeza (de varón) visible. El doctor en Historia Esteban Sarasa así lo afirma en el artículo «Petronila de Aragón», escrito para el Diccionario Biográfico de la Real Academia de la Historia: «Su vida estuvo consagrada a procurar la sucesión y buscar la alianza más conveniente a través del matrimonio».

En principio se pensó en casarla con el pretendiente de Castilla, pero el miedo a que el poder de Aragón se diluyera hizo que se apostara por Ramón Berenguer IV, conde de Barcelona. La prisa primaba y, cuando apenas había cumplido una primavera, Petronila fue entregada como esposa a un noble que sumaba ya veintitrés años. Los esponsales se ratificaron en una boda celebrada en 1150, cuando la niña se convirtió en mujer a ojos de la ley (a los catorce años de edad).

Con todo, la unión fue dinástica, y no territorial o política. Ejemplo de ello es que Ramón Berenguer IV siempre se consideró «princeps», pues el Monje mantuvo sus privilegios nominales hasta que murió. Alfonso II, hijo de este matrimonio, fue el que heredó ambos territorios y comenzó la sagrada tradición de hacerse llamar rey de Aragón y Conde de Barcelona (jamás monarca de Cataluña, como el nacionalismo pretende instaurar).

El conde, además, se casó con Petronila conforme al derecho aragonés, es decir, en un tipo de matrimonio donde el marido se integraba a la casa principal como un miembro de pleno derecho. El acuerdo supuso la unión del condado de Barcelona y del Reino de Aragón en la forma de lo que luego fue conocido como Corona de Aragón. En un contexto de alianzas medievales, la asociación de ambos territorios no fue, pues, el fruto de una fusión ni de una conquista, sino el resultado de una unión dinástica pactada entre la Casa de Aragón y la poseedora del Condado de Barcelona.

La falacia de «el Velloso»

En palabras de Ávila, desde Cataluña también se insiste en la necesidad de incidir en la figura de Wifredo «el Velloso» como el mítico fundador de la nación catalana. Una vez más, la realidad histórica poco o nada tiene que ver. Entender esta falacia requiere que retrocedamos hasta el colapso de la Hispania Visigoda y la creación de la Marca Hispánica. Dos eventos que supusieron, en la práctica, la ocupación por los francos durante el último cuarto del siglo VIII de las actuales comarcas pirenaicas, de Gerona y, en el 801, de Barcelona. Este antiguo territorio visigodo se organizó políticamente en diferentes condados dependientes directamente del rey franco.

Conforme el poder central del Imperio se debilitaba en el siglo X, los condados catalanes fueron progresivamente desvinculándose del poder de los francos. En el año 987, el conde Borrell II fue el primero en no prestar juramento al monarca de la dinastía de los Capetos, pero se sometió en vasallaje al poderoso Califato de Córdoba. En este punto, las leyendas nacionalistas sitúan erróneamente al noble Wifredo «El Velloso» –el último conde de Barcelona designado por la monarquía franca– como el artífice, no ya de la independencia de los condados catalanes sino también del nacimiento de Cataluña y sus símbolos.

Wilfredo pertenecía a un linaje hispanogodo de la región de Carcasona (la mitología catalana fija su nacimiento en la inmediaciones de Prades, en el condado de Conflent, actualmente en el Rosellón francés). En el año 873 heredó el Condado de Urgel y, aprovechando la fallida rebelión del Conde de Barcelona Bernardo de Gothia contra Carlos «El Calvo», su fidelidad hacia el monarca le hizo ganarse como premio el resto de condados. El noble fue el primero en aglutinar a la vez todos los títulos de los condados catalanes, siendo el fundador de la dinastía de la Casa de Barcelona.

Sin embargo, Wifredo «El Velloso», que había recibido los títulos por mediación de los francos, no buscó nunca la independencia de los condados y, por supuesto, no configuró ninguna nación catalana ni nada parecido. Fue con la Capitular de Quierz –promulgada el 14 de junio de 877 por Carlos «El Calvo»– cuando se sembró el auténtico germen de la separación de los condados catalanes del Imperio carolingio. Esta orden real estableció la heredabilidad de los honores otorgados por la corona. Es decir, que a la muerte de Wifredo «el Velloso» sus títulos pasaron a sus hijos sin que fuera necesario que el Emperador del declinante Imperio carolingio eligiera al sucesor.

Lo cual no significa que se pueda hablar desde ese momento de una entidad propia y unitaria en la región catalana. En 897, a la muerte de su padre, Wifredo II Borrell se hizo cargo conjuntamente con sus hermanos Sunifredo y Miró, de los condados paternos, reservándose para él el gobierno de los condados principales, Barcelona, Gerona y Osona. No en vano, llegado el momento Wifredo Borrell viajó a Francia para rendir tributo al nuevo rey, Carlos «El Simple», donde fue investido oficialmente como conde en 899. Hubo que esperar más de un siglo más para ver la completa desvinculación de los condes de Barcelona, que terminaron aglutinando todos los títulos nobiliarios catalanes bajo una misma persona, con respecto la Corona franca.

Borrar a Isabel y Fernando

La última treta es evitar hablar de los Reyes Católicos. Pero... ¿Por qué? La razón es sencilla: fueron los monarcas que pusieron los pilares de nuestro país. Algo que confirmaba hace un año a ABC el periodista, divulgador e investigador de la historia peninsular, Fernando Martínez Laínez. En sus palabras, su matrimonio cimentó la futura España fusionando en varias facetas Castilla y Aragón.

«La unión significaba un paso enorme para la unidad de los reinos peninsulares, como condición necesaria encaminada a consolidar un Estado moderno, con poder en Europa y el Mediterráneo. Aragón necesitaba de Castilla para defender sus intereses mediterráneos, y Castilla, con la unión de Aragón, abría una puerta importante para su proyección europea y el enfrentamiento inevitable con el imperio Otomano».

Aunque en un principio su finalidad no era unificar los organismos de Castilla y Aragón, Laínez considera que «ese objetivo se fue perfilando a lo largo del reinado, aunque no tuvieron tiempo de lograrlo, entre otras cosas por la muerte prematura de Isabel». Así pues, su unión supuso, en la práctica, el fin de las luchas intestinas y el comienzo de un viaje común hacia nuestra actual nación.

«Antes de los Reyes Católicos, España era un caos de tribalismos, bandidaje y camarillas, donde imperaba la ley del más fuerte y las peleas nobiliarias eran continuas. Lo cierto es que cuando Fernando el Católico murió, el Estado resultante fue un organismo político mucho más fuerte, justo, unido y compacto que antes».

Tradicionalmente, el nacionalismo catalán ha considerado también la unión de Isabel y Fernando como el comienzo de una etapa cuasi terrorífica en la que la floreciente Barcelona fue aparatada de todas las operaciones comerciales en América para favorecer a Castilla. Patrañas. Este ya se había producido años antes del matrimonio, y en favor de la ciduad de Valencia. En este sentido, Laínez recuerda que Isabel no solía inmiscuirse en los asuntos políticos de Aragón por considerarlos tediosos. Por si fuera poco, y siempre según Laínez, el mismo Fernando luchó políticamente para estar al mismo nivel que Isabel en Castilla.

«En las capitulaciones matrimoniales de Cervera, Fernando se comprometía a gobernar en Castilla y León según las leyes y tradiciones de estos reinos, y a residir de ordinario en ellos. Además, debía de aportar una dote importante en dinero y a prestar ayuda militar a Castilla si fuera necesario. Hay que tener en cuenta que por entonces Fernando ni siquiera era rey de Aragón, ya que vivía su padre, y la Corona aragonesa tenía un peso económico, demográfico y militar muy inferior a la castellana. Para Fernando, ser rey de Castilla suponía un gran ascenso en todos los sentidos».

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