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Los fines ocultos del matrimonio que forjó la Corona de Aragón (y no el falso Reino de Cataluña)

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Entre la casualidad y la necesidad. El matrimonio que forjó el Reino de Aragón (el que unió a Petronila de Aragón con Ramón Berenguer IV) cuenta con muchas más aristas de las que se suelen apreciar a primera vista. La boda, por ejemplo, se ratificó solo cuando la esposa se hallaba en edad fértil y se llevó a cabo con el objetivo de que Castilla no continuara con su expansión. Por si fuera poco, el padre de la mujer era Ramiro II, un monje que había abandonado los hábitos para engendrar un sucesor a la corona y evitar, así, el problema sucesorio. Lo que está claro es que, aquel año, no nació el falaz Reino de Cataluña.
Inicios de Aragón

Las raíces de la tierra aragonesa se hunden en los condados que nacieron tras la formación de la Marca Hispánica, creada en el siglo VIIII por el Imperio Carolingio al sur de los Pirineos como protección contra los musulmanes. Durante su decadencia, Ramiro I heredó en el 1035 una de estas antiguas regiones: Aragón. A la postre, las luchas le permitieron hacerse con otros condados cercanos. Su vástago, Sancho Ramírez I, continuó esta labor.

Sucesor a sucesor, y feudo a feudo conquistado, el trono recayó en el año 1104 sobre Alfonso I, más conocido como el Batallador (y no es para menos, pues incorporó unos 25.000 kilómetros al reino). Soldado tan aguerrido como misógino (solía afirmar que un guerrero verdadero debía pasar su tiempo con otros hombres, en lugar de con mujeres) este personaje logró ganarse a espadazos la fama de ser un militar de casta. Con estos precedentes parece normal que no tuviera descendencia y dejara sus posesiones a las órdenes militares, lo que provocó un grave problema sucesorio.

Unión y fuerza

Dicen que las situaciones desesperadas solo se pueden solventar con medidas desesperadas. Y eso es lo que ocurrió: se llamó al trono a su hermano, futuro Ramiro II el Monje, entonces obispo de Roda. Este dejó los hábitos y, a toda prisa, se dispuso a la noble tarea de engendrar un descendiente que pudiera optar a la poltrona. Se podría decir que el resultado fue agridulce, ya que la que vino al mundo fue una niña: Petronila.

A partir de ese momento, la mayor preocupación que se vivió en tierras aragonesas fue la de organizar una boda que resultara en una cabeza (de varón) visible. El doctor en Historia Esteban Sarasa así lo afirma en el artículo «Petronila de Aragón», escrito para el Diccionario Biográfico de la Real Academia de la Historia: «Su vida estuvo consagrada a procurar la sucesión y buscar la alianza más conveniente a través del matrimonio». En principio se pensó en casarla con el pretendiente de Castilla, pero el miedo a que el poder de Aragón se diluyera hizo que se apostara por Ramón Berenguer IV, conde de Barcelona.

La prisa primaba y, cuando apenas había cumplido una primavera, Petronila fue entregada como esposa a un noble que sumaba ya veintitrés años. Ramiro II dejó por escrito que su pequeña llevaba bajo el brazo un buen regalo:

«En nombre de Dios. Yo, Ramiro, por la gracia de Dios, rey de Aragón, te doy a ti, Ramón, conde y marqués de Barcelona, mi hija por esposa, con todo el reino de Aragón íntegramente, tal como mi padre, el rey Sancho y mis hermanos Pedro y Alfonso no lo juramento, que te sean fieles en aquello que toca a tu vida [...]. Todas estas cosas sobreescritas, yo, el dicho rey Ramiro, te las hago talmente a ti, Ramón, conde y marqués de Barcelona, que si mi hija moría, tu conservases la donación del dicho reino libremente y sin variarla y sin ningún impedimento después de su muerte [...]. Redactado el día 3 de los idus de agosto [11 de agosto], en el año de la Encarnación del Señor de 1137».

Los esponsales se ratificaron en una boda celebrada en 1150, cuando la niña se convirtió en mujer a ojos de la ley (a los catorce años de edad). Fue entonces cuando también se consumó, pues antes había sido imposible por su escasa edad.

Según desvela el medievalista David González Ruiz en sus múltiples obras sobre esta etapa, la operación sirvió «para ofrecer un frente sólido a las ansias expansionistas castellanas» y conseguir impedir que Alfonso VII «se convirtiera en emperador de toda la Península». Y todo ello, mientras garantizaba la continuidad del título de Rey de Aragón.

Con todo, la unión fue dinástica, y no territorial o política. Ejemplo de ello es que Ramón Berenguer IV siempre se consideró «princeps», pues el Monje mantuvo sus privilegios nominales hasta que murió. Alfonso II, hijo de este matrimonio, fue el que heredó ambos territorios y comenzó la sagrada tradición de hacerse llamar rey de Aragón y Conde de Barcelona (jamás de Cataluña, como el nacionalismo pretende instaurar). La documentación de la época es clara al tildar al tildarle de «conde de Barcelona, príncipe de Aragón y marqués o duque de Lérida».

Imperio Mediterráneo

Después de décadas de lucha contra el musulmán, y con Barcelona como puerto más destacado, la resultante Corona de Aragón puso sus ojos sobre el Mediterráneo. Con ello, el mítico Jaime I el Conquistador (nieto de Alfonso II) pretendía conseguir una victoria doble: llenarse de caudales y acabar con la mala fama de la aristocracia catalana.

Se cuenta que fue en un copioso banquete en 1228 cuando le propusieron levar anclas y hacerse con Mallorca, entonces en poder de piratas que, como moscones, molestaban a los mercaderes que comerciaban por mar. A pesar de estar poco versado en el noble arte de surcar las olas, el monarca arribó a su destino y castigó con dureza a sus defensores. La isla capituló. Otro tanto ocurrió con Menorca y (poco después) también con Ibiza y Formentera.

Aquella misión fue la precursora de otras tantas que se llevaron a cabo en territorio extranjero de la mano de Pedro III, hijo de Jaime I. Este monarca desembarcó con sus huestes en Sicilia en 1282; oficialmente, porque sus habitantes solicitaron su ayuda para liberarse del dominio galo. Fue excomulgado por ello (pues el Papa no podía permitir, por diferentes vaivenes políticos, aquella conquista), pero se hizo con la región.

En el siglo siguiente (el XIV) la Corona continuó su política expansionista y, allá por 1323, invadió Cerdeña (con la ayuda de uno de sus «juzgados» o comarcas, eso sí). El premio fue bueno, ya que consiguió dominar la mayor parte de la isla. Otro tanto sucedió con los ducados de Atenas y Neopatria (Tesalia), anexionados gracias a los versados y letales almogávares. El último golpe se perpetró en 1442, cuando Alfonso V se hizo con el Reino de Nápoles, donde instaló su corte. El resultado fue lo que historiadores nacionales (como David Barreras) y extranjeros han denominado como un verdadero Imperio Mediterráneo.

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