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RETOS A LA SEGURIDAD EN EL MEDITERRANEO

MED

En el Mediterráneo coinciden, desde el fin de la Guerra Fría, múltiples factores que hacen de esta región del Mundo un crisol de retos permanentes a la Seguridad.

   Su pertenencia a tres mundos diferentes, en una zona donde se intersectan conflictos regionales  seculares, donde se produce la resonancia de los últimos vestigios de la bipolaridad mundial, ahora renovados por el deseo de recuperación de  la Gran Rusia, donde se manifiesta la realidad de la diferencia de potencial entre el Norte y el Sur, coinciden también los vestigios del enfrentamiento entre las tres religiones de Abraham, ahora potenciado por el acceso de actividades violentas, ya sean conflictos abiertos o terrorismo transnacional; además los enfrentamientos bilaterales, que debilitan a la OTAN, los retos que suponen la extensión de las aguas territoriales, en búsqueda del ansiado dominio de las materias primas fundamentales ,etc, a los que España no es ajena por su vinculación estratégica a una de las llaves del Mediterráneo, Gibraltar, y por su vocación africana.

   En cualquier caso, el escenario mediterráneo no es lineal, no se puede atribuir, y mucho menos exigir,  jerarquía alguna a ninguna instancia concreta, así como tampoco los conflictos quedan atenuados en la inmensidad de otros océanos, como sucede en el Atlántico  e Indopacífico; sin embargo los acontecimientos que allí se producen tienen una repercusión mundial, casi instantánea, y no solo por el efecto de la globalización, sino porque son asuntos próximos y vitales para los países ribereños.

   Tampoco existe un fin común entre aquellos que pueblan la cuenca, como no sea el deseo de paz y progreso, y en varios casos el de supervivencia de ciertos regímenes, que marcan una cierta autarquía, en general, hacia la ausencia de un principio unificador.

   Las corrientes N-S, y viceversa, son prácticamente bilaterales y es precisamente en ese ámbito, y en el S-S, donde se producen la mayoría de las conflictividades. El enfrentamiento político Rusia-OTAN es patente y puede materializarse de forma inopinada, merced a las políticas de vigilancia mutua con medios militares cercanos, aunque ya sea un hecho el conflicto en el ciberespacio, que ha fomentado la organización de estructuras ad hoc de defensa y ataque.

   No existen instituciones regionales que representen a todos los países, solo parcialmente, practicamente persisten iniciativas tipo conferencia que a su vez subsisten lánguidamente, con la excepción, limitada quizás, de la OSCE, ya organización, ante un mundo, en el Sur, menos organizado, que en este siglo alcanzará los mil millones de habitantes.

  Existen por tanto tres mundos diferentes, con características distintas de geografía, religión y concepciones políticas, que dan lugar a retos a la seguridad de carácter demográfico, político, estratégico, militar y cultural, y que hacen de esta cuenca un cruce de caminos de conflictividad latente.

   El reto demográfico, tan analizado y poco solucionado en los últimos 40 años, ha explosionado a las puertas de la ribera norte, sin que se atisbe una solución futura admisible; el envejecimiento de Europa y el diferencial económico, y juventud, del Sur, deberían complementarse, pero se asiste a una ausencia de soluciones comunes, siendo esto un fracaso en la evolución del espíritu europeo.

   Un reto económico, magnificado por las implicaciones de la actual pandemia, y sus secuelas, por el subdesarrollo y la mala repartición de las riquezas del Sur, en donde no terminan de ser suficientes los mercados inter árabes para la absorción de su impulso vital; la inestabilidad de ciertos regímenes, incluso después de las “primaveras árabes”, de graves implicaciones para Libia y Siria, es también patente, impidiendo que la política deje paso a la economía.

   La “nueva hostilidad OTAN RUSIA”, con la pérdida del poder catalizador de la propia UE al respecto, es un desafío permanente a iniciativas más pacificadoras que debían haber ganado terreno en dirección a la democracia plena de la Federación Rusa, sin los temores del Este a lo que esto pueda significar.

   La irrupción del poder militar, y diplomático, de Rusia en el conflicto ancestral entre Irán y Arabia Saudita, eminentemente religioso, ha sin duda tenido algún éxito en términos concretos, pero ha supuesto la polarización de Oriente Medio en términos prácticamente de Guerra Fría, con las implicaciones que supone para el Mediterráneo, cuyo acceso desde el Mar Negro se ha convertido, de nuevo, en una zona de litigio, ya de por sí complicada por la anexión unilateral de Crimea y los acontecimientos de Donbass. Se puede admitir que Rusia se ha instalado cómodamente en Siria, si no lo estaba ya, demostrando una eficacia militar desconocida, fruto de las reformas castrenses de Putin.

   La aproximación de Irán a la Media Luna Fértil, a las puertas de Israel, por Líbano y Siria, y los apoyos tradicionales a Hesbollah, Gaza y Cisjordania, junto con su potencialidad nuclear, no pueden más que terminar de perfilar un reto de tipo militar más que evidente; es positivo, y significativo, que el alivio que se produce con el reconocimiento de algún país del Golfo Pérsico al Estado de Israel precisará de nuevos esfuerzos en países más reticentes.

   Los “chispazos” habituales entre Grecia y Turquía, por cuestiones territoriales relacionadas con materias primas, esta vez, no por ser un fijo producen menos desasosiego a los ribereños, y al Secretario General de la OTAN, que tendrá que utilizar sus buenos oficios; la deriva islámica de Turquía y sus operaciones en Libia y norte de Siria preocuparán probablemente más.

   El terrorismo cuyo origen está en el yihadismo radical ha venido a reemplazar a los terrorismos de origen ideológico y étnico en el Mediterráneo, provocando conflictividad extrema en las aglomeraciones de población de la ribera norte de  la cuenca, una vez liberadas las zonas territoriales del Estado Islámico en Irak y Siria.

   El reto que significa un frente común contra este tipo de terrorismo, precursor en los años ochenta, supone una imbricación extrema entre las dos riberas mediterráneas, para combatirlo, pero también para acordar medidas de todo tipo al respecto, en una Unión Europea cada vez más disimétrica en lo político y en lo judicial.

   Un reto estratégico sin duda, pues sus tres puntos de entrada y salida, Gibraltar, los Dardanelos  y Suez, siempre han sido objeto de litigio y controversia, cuando no de alguna guerra; en el caso de Gibraltar, siempre reivindicado por España, para que entre otras cuestiones se cumpla la resolución de la ONU sobre descolonización de la Roca, y considerando el entorno, es perceptible que se están dando pasos, desde el Sur, para un aumento de la tensión, S-N y S-S, modificando condiciones previas de disuasión, pretendiendo extender las aguas marroquíes hacia las Islas Canarias, y las argelinas hacia la Baleares, a parte de una presión de la migración en condiciones inaceptables. Como acompañamiento, se produce una política exterior de hechos consumados, por parte de EEUU y Gran Bretaña, en dirección al reconocimiento de la soberanía del antiguo Sahara Español por parte de Marruecos, aspecto que no solamente puede ser ilegal, en el ámbito del derecho internacional, sino que creará tensiones con Argelia, aliado comercial de España de primer orden.

   Finalmente, un reto cultural, de concepción de vida, del Sur, donde avanza el integrismo, frente al modernismo de la ribera norte, que no ha conseguido, a pesar del “big data, los ordenadores cuánticos, el internet de las cosas, la inteligencia artificial, etc, resolver el problema humano del Sur, que se expresa con toda su intensidad.

                                               Ricardo Martínez Isidoro. GD (Rdo).


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