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El Museo del Prado reabre con una alineación inédita de sus grandes maestros

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El museo reúne en 'Reencuentro' las 250 obras más importantes de sus fondos concentradas en la Galería Central y salas adyacentes

Un museo cerrado es un artefacto inútil. Pocos espacios vacíos tienen menos sentido. El arte requiere mirada, esencialmente. Presencia. Diálogo: el de la obra y quien la contempla. Y después, cualquier cosa. El Prado abre el próximo sábado 6 de junio y la entrada será gratis todo el fin de semana. Cerró tras el decreto del estado de alarma y durante más de 80 días, desde el decreto del estado de alarma el pasado 14 de marzo, ha sido un espacio estanco, casi irreal de tan solo.

El regreso a la vida no podía hacerse como si nada hubiese sucedido. Entre otras cosas, porque el museo tendrá nuevas normas para el visitante. Aforos reducidos (30% de su capacidad: rigurosamente 1.800 personas al día), distancias obligadas y menos espacio expositivo (de momento, un cuarto de la superficie de la pinacoteca). Así será, al menos, mientras la amenaza de la Covid-19 siga sobrevolando. Pero no es una vuelta, sino el principio de algo aún inédito. Y eso requiere hacer que el sábado (y hasta el 13 de septiembre), el Prado proponga una experiencia aún más excepcional de lo acostumbrado. La reducción de salas será compensada con la reunión fastuosa de 250 piezas excepcionales de su colección. Una apuesta que Miguel Falomir, director de la pinacoteca, titula Reencuentro y también, redescubrimiento.

Los maestros se reunirán en las 16 salas que este despliegue fastuoso ocupa. La realidad coronavírica será desafiada por una concentración inédita de obras principales de la historia de la pintura. "Por mucho que hayas visto el Prado nunca lo has visto así y probablemente nunca más lo verás de esta manera", dice Falomir. "Hay mucho yonqui del museo que tenía síndrome de abstinencia; esto es puro Prado en vena".

La Galería Central será el eje articulador para gozar de unas piezas que propiciarán encuentros excitantes entre obras de Velázquez, El Greco, Rubens, Tiziano o Goya. La primera sala es casi una exposición en sí misma con el cruce de fuego amigo entre el Eva y Adán de Durero, La Anunciación de Fra Angélico y El Descendimiento de Rogier Van Der Weyden.

Y a partir de ahí, en un recorrido sin fisuras, la expedición es un acontecimiento que exige apnea para ir pasando atmósferas de intensidad. La senda está 'empedrada' de una larga lista de obras maestras como El Triunfo de la Muerte de Brueghel, Las tres gracias de Rubens, Las lanzas de Velázquez (también La rendición de Breda), y en salas adyacentes, Las Meninas o El caballero de la Mano en el Pecho. Muchas de estas obras no se habían visto antes juntas.

También están Zurbarán, Tiziano, Caravaggio, Patinir o Clara Peeters. No todas las salas adyacentes a la gran pista que es la Galería Central están abiertas, pero desde la barrera de prohibido pasar es posible contemplar a la distancia algunos cuadros, como La inmaculada Concepción de Tiépolo.

"Queríamos volver, pero hacerlo de una forma inolvidable", dice Falomir. "Será un síndrome de Stendhal para muchos, estamos seguros". Eso sí: el acceso sólo es posible con mascarilla y antes de acceder a las salas se tomará la temperatura de cada visitante. La experiencia será extraña por el protocolo de seguridad y prevención que la pandemia impone, pero a la vez inigualable por la intensidad de lo que el Prado concentra.

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