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LOS BANDIDOS DE SALVATIERRA DE LOS BARROS (22 de marzo de 1861)

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“Mandaba la Línea de Jerez de los Caballeros, allá por el año de 1861, un teniente muy famoso en los anales del Cuerpo llamado don Guillermo Bacicher, hombre enérgico, astuto, sobrio, activo, inteligente y de gran temple de alma, que había nacido para guardia civil, sacerdocio que exige ciertas aficiones y cualidades, sin las cuales no se debía entrar en la Institución, pues no es lo mismo vestirse de, león que serlo.

Bacicher no paraba de día ni de noche; constantemente estaba recorriendo la extensa demarcación de su Línea, con lo cual tenía siempre á la gente maleante en un pie, como las grullas. Para el mayor acierto en el desempeño de su comisión, disponía de muy buenos confidentes, entre los cuales descollaba un licenciado de presidio que tenía todas las de la ley para ir de patitas á las calderas de Pedio Botero después de haber usufructuado por derecho propio las caricias de la férrea maza de Juan Diente.

“Malvino», que así se llamaba el tal malandrín, buscaba al teniente Bacicher en los sitios más extraños para hacerle sus confidencias, pues temía ser visto en el pleno ejercicio de su odiosa misión por aquellos mismos á quienes vendía tan miserablemente.

Una noche volvía á caballo hacia el pueblo el referido oficial cuando le cortó el paso un embozado.

— ¿Quién eres?—preguntó rápidamente el teniente al mismo tiempo que se lanzaba sobre él. —Soy yo, D. Guillermo.

— ¡Ah! ¿Eres tú? ¿Qué te trae por aquí?

—Deseo hablar á solas con usted. Despida al ordenanza.

Confiado en sus propias fuerzas despidió Bacicher á su subordinado y quedó solo con «Malvino”.

—Ya puedes hablar—le dijo, una vez que estuvo a su lado.

— ¿Sabe usted, D. Guillermo, que han venío á proponerme un buen negosio?

—No sabía nada.

—Pues, sí, señor; unos de Salvatierra que quieren dar un golpe firme, me han hablao por si quiero entrar en él.

— ¿Y tú qué has dicho?

—No me he comprometió á na, pues ya sabe usted que jase años estoy retirao á poblao; ¡que ¡no quiero golver otra vez al “estarivé”!.

— ¿Pero no sabes en concreto de lo que se trata?

— No han querio berrearse jasta ver si me metía o no.

—Métete en el asunto que yo te sacaré a tiempo.

— ¡Mire usted, señor teniente, que esa gente me va a cortar la nues!

— Ya te he dicho que te sacaré a flote.

Algunos días después se reunían en una inmunda casucha de las afueras de Jerez diez hombres de mala catadura y peores antecedentes, entre los cuales se encontraba “Malvino”.

El teniente Bacicher hacía más de dos horas que estaba oculto en un pequeño tabuquillo desde donde podía oír todo lo que tramasen aquellos infames. Su situación era comprometida en extremo, pues un golpe de tos un estornudo ú otra circunstancia cualquiera podría denunciar su presencia, y entonces había de pasarlo mal, aunque él, dispuesto á vender cara su vida se había metido en el escondrijo, convenientemente preparado.

Aquel infernal conciliábulo dio principio apenas estaban todos reunidos. El que hacía de jefe de ellos tomó la voz y dijo:

— ¿De suerte que D. F. ha recibido ya el dinero de los dos carros de trigo?

— Yo lo vide cobrar —respondió otro.

— ¿Y cuándo tiene pensado macharse a Badajoz?

— Le oí decir el otro día a Joseillo, el cochero, que pensaba marcharse el 24 por la mañana—argumentó un tercero.

— Entonces no hay más que hablar. El golpe hay que darlo el 23 por la noche, pues es seguro que entonces tendrá a mano todo el dinero que ha de llevarse para comprar la finca que tiene apalabrada.

— ¿Y cómo lo tienes pensao? —preguntó “Malvino”.

— De una manera muy sencilla: en la puerta se ponen dos para que no entre ni salga nadie ó para que avisen en caso de necesidad, teniendo en cuenta que todo han de hacerlo a la chita callando.

Los demás salimos por la gotera de la casa que alquilé hace dos meses; Antoñuelo y “Grajín”, que son buenos albañiles, nos hacen un boquete en el tejado en menos de cinco minutos; entramos por él y, una vez en el desván “Grajín y Antoñuelo se encargan de las criadas; el “Rucho” y “Merlo” sujetan al cochero, que es de armas tomar, y los demás aviaremos a los amos.

— ¿Y si alguno chilla? —pregunto el “Rucho” cándidamente.

— ¡Viva la gracia! Si alguno chilla se le hace callar para siempre. Lo mismo se hade hacer con el que al despertar reconozca á alguno de los nuestros, que los muertos por dentro y fuera de España, cubriendo á no hablan. Que no se olviden las linternas, ni el vinagre, ni los antifaces.

— El que así mandaba no era, ningún gamusino, pues se expresaba muy bien i daba idea tener clara inteligencia.

Más de una vez estuvo tentado el teniente por salir de su escondite y emprenderla á tiros con aquellos miserables.

— ¿Y cómo vamos á repartir?—preguntó al jefe uno que parecía muy avieso.

—Las cuentas están echadas. Se hacen dos partes: unta para mí y otra para vosotros.

— ¿Y cómo la repartimos nosotros?

—Por partes iguales.

—Eso no, pues los de la puerta no jasen lo mesmo que yo, ni se juegan el pellejo como yo.

— ¡Ay, qué lila! —exclamó «Malvino»— Dondequiera jago yo más que tú, y si quieres verlo ahora mesmito, sal pa la calle, que te voy á dejar señalao pa toa la siega.

— ¡Vamos á ver si callamos! ¡Aquí no hay quien levante el gallo más que yo!—exclamó furioso aquel émulo de Monipodio—. ¡Estaría bueno que cuando tengo el negocio en punto de caramelo vinieseis vosotros á echarlo por alto!

— ¡A callar…

El incidente quedó cortado en el acto. Unos v otros se dedicaron á ultimar detalles para que el negocio saliese limpio.

La noche del 23 de Mayo se presentó algo tempestuosa. Poco después de anochecido entraron por la puerta falsa de la casa á cuyo propietario trataban de robar, el teniente Bacicher, un cabo y tres guardias, convenientemente disfrazados de labriegos. Por una escalera de servicio subieron al piso alto sin ser vistos por nadie, y una vez allí vistieron sus honrosos uniformes, que habían sido llevados á la casa dentro de unos sacos.

El dueño, única persona que tenía antecedentes de lo que iba á ocurrir aquella noche, después que dejó en el desván á los beneméritos, se encerró con su familia en sus habitaciones á piedra y lodo.

Cerca de las doce sintió uno de los guardias que andaba gente por el tejado, y dijo:

—Mi teniente, ya están ahí.

—Mejor—contestó el oficial. Ahora sólo nos resta esperar los acontecimientos, que serán favorables para nosotros si hacéis las cosas como yo he dicho. En este caso no hay más que establecer tacto de codos, obrar con resolución y no amilanarse; que la cosa no es para andar titubeando ni con remilgo de empanada. ¡Hay que dar de firme!

Mientras el oficial hacía estas advertencias, Antoñuelo y «Grajín» cumplían a maravilla su misión, y en unos minutos hicieron sigilosamente un boquete en el tejado, por el que empezaron á descolgarse los forajidos. El momento era para los beneméritos de una emoción suprema. Ocultos tres de unas esteras y trastos viejos, no fueron descubiertos por el primer ladrón que se descolgó, el cual, valiéndose de una linterna sorda, hizo un ligero reconocimiento.

Reunidos ya, se disponían á ejecutar la segunda la segunda parte de su plan, cuando súbitamente se puso en pie el oficial, gritando con voz dominante y estentórea:

— ¡Alto á la Guardia civil!

— ¡A él!—gritó el jefe de la banda, lanzándose puñal en mano hacia el oficial.

— ¡Fuego!—ordenó éste imperiosamente.

Una descarga cerrada atronó el espacio, después de la cual se entabló una lucha infernal dentro de aquel oscuro recinto, donde apenas se podía respirar por el humo de la pólvora: tiros: Imprecaciones, ayes de dolor, blasfemias, voces ensordecedoras; aquello parecía una mansión del Averno.

Cinco minutos, parecidos á cinco siglos, duró la lucha, qué terminó con la victoria de los beneméritos, los cuales hicieron á sus contrarios, cuatro heridos graves y un prisionero.

El oficial resultó con una tremenda cuchillada en el brazo, y los tres guardias con serias contusiones.

Los de la puerta fueron apresados por otra pareja que había apostada en la calle, si bien uno de ellos se escapó sin ser reconocido.

Me figuro que ustedes supondrán conmigo que aquel que logró huir era «Malvino”.

Tan brillante servicio coronó por entonces la merecida reputación de que gozaba la Comandancia de Badajoz, v durante algún tiempo sólo se habló del hecho heroico—así fue calificado—de Salvatierra de los Barros.

La fama del teniente Bacicher traspasó las fronteras, y mientras vivió gozó en todas partes del aprecio de las gentes honradas.

Revista “La Correspondencia Militar”, nº 11.300, 23 de noviembre de 1914


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