LA MORAL MILITAR

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         Empeñados en el propósito de tratar el tema de la moral militar, parece conveniente enfrentarnos a la tendencia de confundir la ética de la profesión con la ética de una excelente vida moral, como si por ser un buen miembro de la profesión, coherente con su ética, uno queda constituido en un hombre íntegramente moral. Y, subsecuentemente, no ha de confundirse una ética de virtud con una ética del deber.

         Y habiendo empezado a despejar el campo, pronto se cae en la cuenta de que hay que reverdecer y clarificar otras cuestiones: ¿es preciso que los militares tengan un código de ética propio? Y en caso de que sea así, el origen de su ética, ¿acaso no es más que el resultado de la absorción nacida en una sociedad general más o menos amplia y de ese modo cuando se une a lo militar vierte sobre él un acervo ético del que no se puede desprender ni prescindir? Y continuamos: ¿son los valores de las sociedades democráticas occidentales antitéticos de los valores que se requieren a una profesión militar o existe un conjunto de valores apropiados para el servicio militar que sean inapropiados para la sociedad civil?

         Las respuestas a estas cuestiones únicamente pueden ser satisfechas adecuadamente cuando están insertas en el contexto de un conjunto de preceptos apropiados para la profesión militar en cuanto a la clarificación de los preceptos adecuados para la orientación del militar en el uso de su función al servicio del Estado democrático.

¿QUÉ ES LA MORAL MILITAR?

         Y a todas éstas, ¿qué queremos decir cuando hablamos de “moral militar”? Atendiendo con el Teniente General ( R ) don Ángel Santos Bobo a lo que define por “moral” la Real Academia de la Lengua y añadiendo aquello que conviene sustancialmente a la función militar, concluimos esta definición:

         Aquellos principios de orden espiritual - no jurídicos - que deben regular la actividad de la Institución Militar para el mejor cumplimiento de los fines de esta última, que son la defensa militar del país.

         Esta definición integra dos aspectos ciertamente contrarios, muy a considerar: por una parte afirma que la moral está constituida por un conjunto de normas fundamentales de orden moral, no técnico, cuyo seguimiento por parte de los miembros de la Institución es necesario para el cumplimiento correcto de las misiones que aquélla tiene asignadas (que son las constitucionales); y por otra, que la adecuada aplicación de las prescripciones de orden técnico que rigen en la Institución no garantizan la consecución de los fine previstos y deseados. Para quedar garantizados se requieren principios de orden moral.

NECESIDAD DE UNA FORMACIÓN ESPECÍFICA DEL SOLDADO

         Puesto que los componentes de la Institución Militar son ciudadanos del propio país* ¿es necesario que éstos reciban una formación una moral específica para esta función o, por el contrario, les resulta suficiente la formación ciudadana que se recibe o se debe recibir en el proceso educativo normal general para cumplir satisfactoriamente las misiones que a cada uno le corresponden en la práctica de las militares específicas?

         Tal vez las preguntas deban ser más claras: ¿es preciso que todos los militares - de todo rango, desde el soldado al General en Jefe - estén impregnados de una moral especial, motivados por unos principios de orden espiritual que guíen la correcta aplicación de sus acciones y conducta a los fines de la institución? De modo que, finalmente, ¿se puede identificar la moral profesional con la moral ciudadana?

         La respuesta es: la especial y específica función de las Fuerzas Armadas ha exigido la histórica necesidad de que los hombres de armas orienten su actividad por los cauces de unos principios que constituyen una ética claramente profesional. Veamos:

         Las Fuerzas Armadas tienen encomendada una misión transcendente. El art. 3 de las Reales Ordenanzas, de acuerdo con la Constitución de 1978, dice que:

            La razón de ser de los Ejércitos es la defensa militar de España y su misión es garantizar la soberanía e independencia de la Patria, defender la integridad territorial y el ordenamiento constitucional.

         Y no se crea que se trata de una misión concebida recientemente. Con anterioridad a la existencia de Constituciones o leyes análogas, los Ejércitos tenían prácticamente la misma misión. Lo que sucedía es que los conceptos de Patria y de soberanía nacional estaban identificados con la persona del rey. Y “sirviendo al Rey”, como era la expresión usual, se servía a los mismos objetivos que hoy han llegado a ser los constitucionales.

         En el siglo XVIII los organizadores del Ejército español en América le decían al Rey:

         Unos dominios tan lejanos como tiene S. M. en las Indias se hallan forzosamente obligados a tener presente que la bandera del rey le representa como si de Él mismo se tratara.

Este párrafo manifiesta claramente que el “servicio al Rey” se identifica con la defensa, en su concepto más amplio, de los territorios de la monarquía. Y también se ve que a esa hora de la historia se está produciendo una traslación del simbolismo de la bandera: está pasando de ser un medio de identificación de unidades en el campo de batalla - y de guía de los combatientes, que deben seguir siempre a su bandera - a una representación viva del Rey y, por lo tanto, de cuanto Él representa e incorpora. Abandonar las banderas es sinónimo de deserción.

Como parece lógico, también se van produciendo con el paso del tiempo y los cambios de las estructuras socioeconómicas una traslación de las motivaciones del soldado. Del incuestionable dominio y prácticamente ilimitada autoridad del Rey, del calderoniano “al rey la hacienda y la vida ha de dar…” se pasa a lo que es vigente ahora, que es lo que antes estaba incorporado y vinculado a la persona del Rey, de lo que éste es hoy únicamente representativo: la soberanía e independencia de la patria. Parece aceptable que, si antes había una predisposición a “servir al rey”, haya hoy también una predisposición individual que garantice la dedicación al servicio.

En el concepto del Tte. General Santos Bobo, el primer rasgo de esa disposición es el amor a la Patria.

Posiblemente, una de las primeras veces que se emplea la palabra “patria” en relación con los Ejércitos o la defensa lo fue por don José Gálvez, Secretario de Indias, al decirle a Carlos III en un informe:

Es necesario hacer comprender a los habitantes de las ciudades y partidos americanos que, en la defensa de las Indias deben participar ellos mismos y para ello hay que “infundirles amor al servicio” y hacerles conocer que la defensa de los derechos del Rey está unida con la de sus bienes, su “patria”, su familia y su felicidad. Defienden algo “suyo”.

         En un Seminario que tuvo lugar hace unos años en Zaragoza, dedicado a la “Investigación de la Paz”, decía el citado Tte. General:

Puede sonar a tópico que el militar es un hombre dedicado exclusivamente al servicio de la Patria. Porque a la patria la sirven, y la deben servir, todos los ciudadanos, cualquiera que sea la actividad que desarrollen en esa sociedad. Fue Rousseau quien dijo: “Si queremos que los pueblos sean virtuosos, comencemos por hacerles amar a la Patria”.

Pero si puede afirmarse que el sentimiento patriótico es el que primordialmente anima la vida del militar, Canalejas lo entendió bien cuando dijo: “Hay que decirlo sin agravio para nadie. O el militar es más patriota que los demás o no es buen militar”. Esto es lo que podríamos considerar como primera cualidad distintiva de un militar.

            Y aceptando que esto es así, podemos preguntarnos nuevamente: ¿es suficiente el amor a la Patria despertado en el ciudadano en la familia, en la escuela, en el proceso formativo, cualquiera que sea, o es necesario completarlos, perfeccionarlo, durante el servicio militar para acercarlo al ideal de Canalejas. El soldado, el militar, ¿es sencillamente un ciudadano encuadrado en la orgánica militar o necesita una formación moral complementaria que, al estimular su amor a la Patria, juntamente con otras virtudes lo transforma o lo aproxima cuanto sea posible al ideal del soldado?

         Sigue escribiendo nuestro General en la Revista EJÉRCITO de septiembre de 1991:

            La instrucción del soldado, el que llega a conocer lo que tiene que hacer y cómo hacerlo, no requiere más que unos meses. Pero (todavía) no tenemos un buen soldado cuando finaliza el periodo de instrucción, sino cuando ha incorporado a su personalidad la disciplina, entendida según Villamartín, como “virtud que en sí sola circunscribe todas las otras, es complemento de todas ellas y la manifestación constante y visible de la buena educación de las tropas”

Este último dice también:

No se debe tomar a los hombres como son, sino formarlos como deben ser.

         Y añade:

         La disciplina no se crea en un solo día…es el resultado de la acción lenta e incesante del mando justo.

         No hay distinción entre la moral que debe animar al soldado y la que debería corresponder a los mandos. No hay diferencia entre ambas. La única matización que puede hacerse es que, siendo los mandos los encargados de la conducción y formación de sus hombres, su moral debe estar más afianzada, más sólida y estar respaldada por una preparación y dotes pedagógicos que den eficacia a la “acción lenta e incesante” de que habla Villamartín.

         Mandar no es dar órdenes y exigir su cumplimiento. Mandar es conducir y formar. Y la formación se apoya en el ejemplo.

José Ramón Navarro Carballo

Coronel Médico ( R )

De la Asociación Española de Militares Escritores