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De Tiranos y Paradojas

hervás

Dionisio I “el viejo”, tirano de Siracusa (430 – 367 a.C.), tenía un aliento fétido, hasta el punto de que una de sus amantes –una joven y bella hetaira– se negó a besarle en la boca, por lo que el tirano le amenazó con matarla.

  • Matadme, amado mío, pero no os besaré, pues vuestro aliento haría que pensase que besaba las heces de una bestia –dijo la interfecta, valientemente.

Ante tal decisión, guardó Dionisio la espada y llamó a su ministro.

  • ¿Es cierto que me huele tan mal el aliento? –dijo el tirano.
  • No tengo conocimiento –contestó el ministro– pues yo no os beso en la boca.

Viendo que la duda no se disipaba, mandó que le trajeran a la esposa legítima ante su presencia, con objeto de salir de dudas.

  • - ¿Sabéis, esposa si me huele mal el aliento? –le preguntó.
  • - Pestilentemente –respondió la esposa.
  • - ¿Por qué me besáis, entonces? –preguntó el tirano.
  • - Porque sois mi esposo y os debo lealtad y amor –contestó la esposa.
  • - ¿Es que os apiadáis?
  • - No, amado esposo –contestó la mujer–, no me apiado. Yo pensaba que tal fetidez era condición masculina.

Dionisio quedó complacido y emocionado con tal respuesta, pero al fin y al cabo era un tirano y debía de matar a alguien para mantener su autoridad, así es que pensó matar a su esposa, pero luego recapacitó y se dijo: “si hay alguien que dice la verdad y posee inocencia, ¿cómo podré averiguar algo, cuando sospeche que me engañan?, así es que mejor no la mato”. Luego pensó matar a la hetaira, pero perdería una fuente de gozo, en esos tiempos de guerras contra Cartago y Atenas, porque ya solo le quedaba Esparta como aliada, y no siempre. ¿Quién le haría tornar en lisura las arrugas de la faz, tras la batalla?, no tenía sentido; si no le besaba en la boca, ya le besaría en otros parajes de su conformar. Así es que decidió matar al ministro quien, si bien era un buen ministro y bastante leal, resultaba ser pieza suprimible, puesto que siempre se encuentra un aspirante a ministro, al que la ambición le ciegue, impidiéndole ver la estupidez de su decisión, pues o lo mataba él o lo mataba el enemigo en combate, o incluso lo mataban otros ambiciosos en lista de espera.

Dionisio el viejo era un canalla, pero se atenía a los tiempos, no como otros, que son o fueron igual de tiranos o más, pero con retrospecciones o prospecciones de futuro innecesarias. Tal vez el calor de Siracusa, al SE de Sicilia, haga violentarse a los hombres. Siracusa fue fundada en la segunda mitad del siglo VIII antes de Cristo (hacia el 730) y hubo un momento en que su poder creció, de manera que Gelón, tirano de Siracusa allá por el 480 a. C., intentó unificar la isla de Sicilia bajo su mando, con apoyo griego, a lo que se opuso Cartago, dando lugar a la primera guerra entre Cartago y Siracusa. Dionisio el viejo, en el 389 a.C. hizo la segunda guerra y Agatocles (315 a.C.) fue el tirano responsable de la tercera guerra. Aunque no fueron estas las únicas guerras, pues Hierón II (265 a.C.) se enfrentó a los mamertinos, que se hacían llamar así en honor a Marte, dios romano de la guerra. Y a partir de entonces, guerras contra roma, guerras púnicas, etc. De hecho, los romanos arrasaron Sicilia, convirtiéndola en un granero inmenso, donde solo se sembraba cereal. La consecuencia fue su desertización y cambio climático.

Volviendo a Dionisio el viejo, sabemos que era poco partidario de las innovaciones. Por ejemplo, mandó a Platón a Egina, donde fue vendido como esclavo. Y eso que Platón había ido a Siracusa para poner en marcha sus teorías sobre el gobierno, mediante las indicaciones que le daba a su discípulo Dión, amigo del tirano de Siracusa, al que posiblemente se cepilló dicho tirano tras el destierro de Platón. 

Platón era contrario a la democracia, como muchos otros griegos, tras el ejemplo de Pericles, buen amigo de las artes y de política controvertida. Platón propone la aristocracia como alternativa, pero no una aristocracia de sangre, como ahora la conocemos, sino electiva y no hereditaria, de manera que gobiernen siempre los mejores. Ahora bien, ¿cómo se sabe quiénes son los mejores? Platón propone varios métodos, pero ninguno es bueno. Tal vez pensó que partiendo de la tiranía era más fácil llegar a la aristocracia que partiendo de la democracia. De hecho, hoy se cumplen los deseos de Platón, pues nos gobierna la aristocracia del dinero, camuflada de democracia ejercida por incautos o tontos útiles. Sin embargo, una nueva aristocracia está surgiendo: la aristocracia mística de los árabes. ¿Volvemos al oscurantismo del medioevo?, porque la única salida de esa nueva aristocracia medieval son los tiranos y no las democracias. De manera que, si esa aristocracia triunfa, caeremos en la tiranía y si hay suerte, matando a los tiranos, volvería la democracia y se repetiría el ciclo.

A Dionisio I el viejo le sucedió Dionisio II el joven, que firmó la paz con Cartago y construyó un teatro magnífico, con capacidad para 15.000 espectadores, de forma que la gente no tuviese que ir a la guerra para entretenerse. Eso lo sabían las mujeres de Lisístrata, en huelga sexual hasta que los hombres dejaran de hacer la guerra y se dedicasen a hacer la paz y el amor, que son cosas más productivas o, al menos, más sosegadas y amenas.

Siempre existieron sublevaciones contra los tiranos, como la de Zenón de Elea (490 – 430 a.C.), que quiso derrocar, junto con otros amigos, al tirano Nearco. Elea está en Lucania, junto al mar tirreno. Como eran jóvenes y malos guerreros, fueron derrotados. Diógenes Laercio (vidas de filósofos ilustres), al que es esencial leer si se desea saber algo acerca de los filósofos presocráticos, nos cuenta la muerte de Zenón de Elea (por cierto, homosexual irredento, de los de casarse) en dos versiones. Estando detenido, se acercó Nearco a interrogarle, preguntándole los nombres de los conjurados y él le dio los nombres de todos los colaboradores del tirano, terminando con el nombre del jefe de todos ellos a su oído: “el peor de todos eres tú, Nearco”, tras lo cual le arrancó la oreja o la nariz al tirano de un mordisco, mientras le mataban a espadazos los esbirros del mismo. Según otra versión no dio nombre alguno, pues se cortó la propia lengua con los dientes, escupiéndosela al tirano. Parece ser que fue machacado en un mortero y dado de comer a los perros. Aquella gente no se andaba con bromas, a la hora de matar.

La escuela eleática, que inicia Parménides, defiende la inmovilidad del ser. Zenón, matemático y filósofo, utiliza aporías o paradojas para defender sus ideas, que son de cuatro tipos:

  • - Aporías contra la pluralidad.
  • - Contra el espacio.
  • - Contra el movimiento.
  • - Contra el transcurrir del tiempo.

Era, como muchos de su época, inicialmente pitagórico, pero después se vuelve minucioso y existencialista, así son los buenos eleáticos, tras su paso por un presunto discipulado –no probado– de Parménides, quien decía algo así como que “el ser es el ser y el no ser es el no ser”, lo que viene a suponer un determinismo témporo-espacial e incluso infinitesimal, tal como demuestra posteriormente Zenón, con sus archiconocidas paradojas de Aquiles y la tortuga, o de la flecha, o de la piedra y el árbol, entre otras, teniendo todas ellas por común la infinitesimal distancia entre las cosas, que las convierte en inamovibles, al cambiar todo a la vez y de distinta manera. Es este pensamiento infinitesimal, aportado por Zenón, la base de toda la ciencia moderna y posee vigencia hasta 1666, en que Leibnitz propone el cálculo diferencial para el abordaje de los infinitésimos, aunque ya Fibonacci (con la serie de su nombre) y mucho antes Euclides (en su libro de las proporciones), de alguna manera lo intuyen. Pensemos en el número áureo (1,62) o incluso en los llamados números perfectos, de la kábala judía. Ahora bien, el tratamiento de la infinitesimalidad no se planteaba. Así pues, de nada servía conocer su existencia, pues faltaba la herramienta matemática para poderlo hacer: las ecuaciones diferenciales, esa genialidad de Gottfried Wilhelm von Leibnitz, natural de Leipzig e hijo de un profesor de filosofía, que se reveló como aventajado estudiante de matemáticas, filosofía y derecho. Para aproximarnos a la capacidad que demostró hacia la comprensión del infinitésimo, hemos de recordar que en su infancia estudió latín y griego, así es que estaba – probablemente– bastante capacitado para comprender a la escuela eleática, de la que sin duda leyó cosas en Diógenes Laercio o incluso Platón. A los veinte años (nació en 1646) ya era una notabilidad, siendo nombrado posteriormente miembro de la Royal Society. Bueno, pero esa es otra cuestión.

Hasta tal punto es importante esta cosa, por ejemplo, en Biología, que uno se llega a plantear el fundamento infinitesimal de la vida. ¿Qué es la inteligencia, si cualquier célula es capaz de convertirse en tutipotente, con el estímulo adecuado?, y eso reza desde las amebas a los histiocitos, pasando por las células vegetales y… ¿por qué no?, los conjuntos de bacterias. ¿Es la inteligencia un bien compuesto o simple?, porque si es compuesto… ¿de qué se compone, de infinitésimos…? La gran respuesta pendiente de la ciencia es hallar el sentido racional de las cosas minúsculas o incluso no perceptibles. ¿Son inteligentes los seres microscópicos?; y si lo son, ¿es en forma individual o como colectivo?, ¿prima la especie sobre el individuo o, por el contrario, prevalece el individuo sobre la especie y, en todo caso, sus afectos personales sobre ella, como sucede en nuestro caso?, un problema no resuelto, sin duda. Pero, además, ¿qué sentido tiene el átomo?, ¿y las partículas subatómicas, por qué los orbitales pertenecen más a lo posible que a lo real?, ¿es que acaso todo confluye en la nada? Y es muy poco probable que se llegue a comprender nada de la vida, porque un ser compuesto, como nosotros, jamás puede ver algo que no sea estructural, y con limitaciones y filtros sensoriales que alteran no solo la estructura, sino incluso la percepción de la funcionalidad de los seres vivos. 

Una completa lección de humildad: no somos gran cosa – por grandes que seamos, valga la paradoja – ni podemos ser más. Tal vez sea mejor así, pues el camino de la ciencia es muy equívoco y limitado. Preguntarse el sentido de la vida es como preguntarse el sentido de la muerte: ¡vaya usted a saber!

Y en la política pasa otro tanto. Todos los sistemas de gobierno son malos, injustos e incluso perniciosos, al menos para alguien. La democracia es utópica e inviable, de manera que Platón llevaba razón en eso. En lo que no se aclaraba es en la forma de seleccionar a los más válidos. Sin embargo, la naturaleza, que es sabia, los va seleccionando con toda suerte de ardides, incluso autodestruyéndose, como las cintas de misión imposible.

El futuro es aparentemente negro, pero el pasado no lo fue menos. Una glaciación o dos y esto se renueva por completo. Vayamos buscando una cuevecita acogedora y próxima a un volcán, por si acaso. No vaya a ser que venga la aristocracia de la naturaleza y nos imponga el orden: fuego, lluvia, viento, frío, calor, seísmos, erupciones, tsunamis, maremotos y demás. Junto con desvío de corrientes marinas, cambio climático, agujeros de ozono, contaminación del mar, deforestación, pesca salvaje, extinción de diversas especies animales y proliferación de otras, contaminación química, física y biológica, experimentos genéticos incontrolados, abuso de medicamentos, epidemias, guerras y otros activos que añadimos y añadiremos entre todos, para que el potaje de la renovación total se acelere.

Eso sin contar a las suegras, que no son moco de pavo.

Francisco Hervás Maldonado

Coronel médico (r)

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