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El primer rey negro al estilo de Occidente

NEGRO

Poco se sabe acerca de la niñez de Henri Christophe. La mayoría de historiadores coincide en que nació en la isla de Granada, en el Caribe, hijo de un ex esclavo. Su padre, también llamado Christophe, había llegado en un barco negrero desde África Occidental hasta Santo Domingo, la ex colonia francesa que ahora se conoce como Haití.

Cuando el pequeño Henri era aún un adolescente, se unió al ejército francés de la isla en calidad de tamborilero. Los franceses tenían un regimiento de ex esclavos a los que llamaban gens de couleur. Este regimiento de negros libres fue enviado por los franceses a los Estados Unidos para apoyar a los rebeldes independentistas en su guerra contra Inglaterra. La mayoría de ellos lucharon en los campos de Savannah, en lo que hoy es el sureño estado de Georgia. Nueve años más tarde, en 1788, Georgia se convertiría en el cuarto estado admitido en las trece colonias originales de los Estados Unidos de América.

Esclavos haitianos luchando por la Independencia de los EE.UU.

Después de luchar en la revolución Americana, el regimiento de hombres de color regresó a la isla de Santo Domingo (como se llamaba en ese entonces). Henri Christophe se ganaba la vida como carpintero, albañil, salonero y cocinero. Llegó, por casualidades de la vida, a manejar el restaurante de un hotel en Cabo Francés, en ese entonces, la capital de Santo Domingo, donde atendía a su exclusiva clientela que eran los ricos franceses esclavistas de las plantaciones circundantes. Para 1789, Santo Domingo producía el 60% del café y el 40% del azúcar a nivel mundial y toda la producción era llevada a Francia y Gran Bretaña. La colonia llegó a ser la posesión más rentable del Imperio francés. Santo Domingo también albergaba a los más ricos y prósperos propietarios de plantaciones de todas las colonias del Caribe. En el censo de ese año se registraron 40000 blancos, 28000 mulatos y negros libres y casi medio millón de esclavos negros. Los esclavos negros superaban a los blancos y a los mulatos libres en una proporción de 7 a 1.

Al principio, las noticias que llegaban de La Revolución Francesa fueron muy bien recibidas en la isla. Los blancos terratenientes la vieron como una oportunidad de independizarse de Francia, lo que permitiría a la élite tomar el control de la isla y crear sus propias regulaciones comerciales para aumentar su riqueza y poder. Los esclavos empezaron a escuchar rumores de que los ricos hacendados querían independizarse por su lado y que el comercio de café con Francia estaba seriamente afectado. Aunque pueda sonar raro, la mayoría de esclavos estaban de lado de los monárquicos franceses porque creían que si Santo Domingo se independizaba, el trato que recibirían de sus capataces blancos sería incluso más severo, ya que los dueños de las plantaciones manejarían la esclavitud a su antojo y sin una mínima rendición de cuentas a sus pares franceses.

En este punto es conveniente aclarar que muchos ex esclavos habían hecho grandes fortunas con sus tierras y cosechas, pero por más dinero que tuviesen, la segregación y el trato para todos los hombres de color era denigrante.

En Francia estaba en plena ebullición la Revolución Francesa. En octubre de 1790, Vincent Ogé , un acaudalado hombre de color libre, regresó de su casa de París con la novedad de que en Francia la Asamblea Constituyente aprobó una ley que daba plenos derechos civiles a los “hombres de color que fueran ricos“. Ogé y otro grupo de ex esclavos acaudalados exigieron el derecho al voto. Cuando el gobernador de la isla se negó a escuchar sus peticiones, Ogé dirigió una breve insurgencia en Cabo Francés. Fue capturado y ejecutado brutalmente, quebrándole primero todos sus huesos “en la rueda “, antes de ser decapitado. Aunque Ogé no estaba luchando por la esclavitud, propiamente dicha, este acto motivó la famosa Rebelión de esclavos en agosto de 1791, la que dio inicio a una guerra civil que duró trece años y terminó primero con la abolición de la esclavitud y luego con la independencia de Santo Domingo, a la que su primer presidente, el mulato Jaques Dessalines, cambió de nombre, bautizándola como Haití. Arrancaron como nación independiente el 1 de enero de 1804. Jacques Dessalines no confiaban en los franceses blancos. Decidió que lo mejor sería hacer una limpieza étnica y entre febrero y abril de 1804 hizo exterminar a casi todos los blancos que vivían en la isla, en lo que se conoce como la Masacre de Haití de 1804. Dessalines declaró a Haití una nación totalmente negra y prohibió que los blancos tuviesen tierras o propiedades allí.

Haití fue la primera nación independiente en América Latina, el primer país negro independiente del mundo y la única rebelión de esclavos que haya tenido éxito y terminado como un Estado libre.

Ahora volvamos con nuestro protagonista. Henri Christophe destacó en la guerra civil y con el tiempo pasó de ser un oscuro cocinero de taberna a General del ejército rebelde en 1802. Apenas dos años después de haberse constituido el nuevo país, se gestó un golpe de estado contra Jacques Dessalines y los militares alzados tomaron el control del norte del país. Entre gallos y medianoche, Henri se autoproclamó presidente del “Estado” de Haití en 1807, pero Alexandre Pétion, su principal cómplice, pronto se convirtió en su peor enemigo al declararse éste también como presidente de la “República” de Haití, pero en la parte sur del país. Así Haití, quedó dividido en dos. Para no quedarse atrás, Henry Christophe se proclamo rey en 1811, convirtió el Estado de Haití (la parte norte) en reino y gobernó con el nombre de Enrique I de Haití. Se hizo coronar por un arzobispo y publicó un edicto con su nuevo nombre…

Enrique I por la gracia de Dios y la ley constitucional del Estado, Rey de Haití, Soberano de la Tortuga, Gonâve y otras islas adyacentes, Destructor de la tiranía, Regenerador y Benefactor de la nación haitiana, creador de su moral, política y de su ejército, Primer Monarca Coronado del Nuevo Mundo, Defensor de la fe, fundador de la Real Orden Militar de San Enrique.

Ya en su calidad de rey, Christophe creó una nobleza haitiana a su gusto, conformada por cuatro príncipes, ocho duques, veintidós condes, cuarenta barones y catorce caballeros. En Europa se burlaban de aquello, y el término “nobleza haitiana” se convirtió en sinónimo de cualquier aristocracia improvisada.

Con su experiencia de ex albañil, él mismo dirigió la construcción de seis castillos, ocho palacios y de la enorme Ciudadela Laferrière en la cima del monte L’Eveque a 910 m. Una colosal edificación de más de 10000 m2, cuyas murallas exteriores tenían una altura de 40 metros. Se necesitaron 20000 obreros y quince años (1805 – 1820) para darle forma. Sus muros fueron levantados con una argamasa que contenía cal, melaza, sangre de toros, chivos y sus respectivos cascos molidos, lo que según sus creencias, le añadía fortaleza y cohesión a la mezcla.


Desde la fortaleza se podía divisar Cabo Haitiano (ex Cabo Francés) y controlar el Océano Atlántico. De hecho, en días despejados desde la cima, se puede divisar la costa oriental de Cuba que se encuentra a 140 km. Fue construida para que en caso de una eventual invasión extranjera o sublevación interna, su ejército pudiese quemar las cosechas y reservas de alimentos costaneras y retirarse hacia la fortaleza activando emboscadas en las faldas de la montaña.

En su calidad de monarca, Christophe ofreció al gobernador de la parte sur del país, Alexandre Petion, la oportunidad de ser absorbida por el reino, a lo que Petion se negó, haciendo que las relaciones entre ellos fueran siempre tensas.

En agosto de 1820, Christophe sufrió un derrame cerebral que le dejó inmovilizada la mayor parte de su cuerpo. Cuando la noticia de su enfermedad se difundió, todo el país se rebeló contra el tirano; el pueblo estaba ya harto de ser forzado a trabajar sin paga en sus enormes construcciones. Pero lo peor para Henri Christophe fue que la insurrección también estalló internamente, dentro de su fortaleza, entre sus mismos guardias y ejército. La guarnición militar de San Marcos encabezó un motín que provocó una revuelta. El motín coincidió con una conspiración de los mismos generales de Christophe. Algunos de sus asesores de confianza quisieron sacarlo de la Ciudadela para evitar la confrontación con los rebeldes que subían por la montaña, pero él se negó. Christophe ordenó a sus ayudantes que lo bañasen, que lo vistiesen con su uniforme militar, que lo colocasen en su sillón favorito de la alcoba y que lo dejasen solo.

Enrique I de Haití

Poco después de que sus asistentes lo dejaron, se escuchó un disparo. Christophe se suicidó pegándose un tiro en el corazón con una bala de plata el 8 de octubre de 1820. Sus pocos fieles seguidores sumergieron su cuerpo en cal viva y lo enterraron en uno de los patios interiores de la Ciudadela para prevenir que las hordas que llegaban mutilasen y profanasen el cadáver. En la rebelión que siguió después de su muerte, su hijo, el Delfín Víctor Enrique, fue linchado por los sublevados y con él se extinguió la dinastía Christophe, ya que Enrique I había impuesto la ley sálica, que no permitía a las mujeres ascender al trono o transmitir derechos a sus descendientes.

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