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Gran Duque de Alba: hasta la última gota de sangre dedicada a España

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El Turco, el Moro, las huestes Luteranas o Portugal temblaron al paso de aquel que aún infunde pavor a los niños holandeses. Siempre se dirigía a sus hombres como «Señores soldados...»

Pocos hombres de nuestra esforzadísima Historia pueden enorgullecerse de haber dedicado toda su vida a la Patria desde el primer hasta el postrer y final aliento. Así hora a hora y día a día de los setenta y cinco años que en esta tierra morara Ferdinandus Toletanus Dux Albanus, dicho en más comprensible cristiano Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel, a la sazón el Gran Duque de Alba, uno de los más grandes generales de la historia, adalid y entregado capitán de nuestros Tercios entonces invencibles, comandante supremo de nuestra fiel infantería contra el Turco, contra el Moro, y también contra el hereje europeo, las levantiscas huestes luteranas, que tantas veces vieron en su cuerpo las heridas y laceraciones que el Duque no dejaba de inflingirles.

De casta le venía al galgo Fernando la industria militar, pues había en su familia soldados de abolengo y valor indomable. Y muy pronto él sería también estrenado en los campos de batalla, pues ya a los seis años acompañó a su abuelo Fadrique, del que heredaría el título ducal, en la toma de Pamplona, en 1513.

No habría entonces el niño Fernando, ya huérfano desde hacía tres años, por supuesto de blandir la espada ni aprestar el escudo en su defensa, pero a fuer que ya aprendió a las puertas de la capital navarra lo que era el sonido del entrechocar de los aceros, de la caballería presta y en orden de batalla, de aquel crujir de relinchos, armaduras y arcabuces, aprendió Fernando para siempre lo que es dejarse el cuerpo y la sangre en el campo de combate por la Patria.

Nació en la localidad abulense de Piedrahita un 29 de octubre de 1507

Y mucho hubo de aprender el imbatible caballero Álvarez de Toledo, bien educado en las armas, pero también en las letras, que no en balde uno de sus principalísimos maestros fuera el gran poeta Juan Boscán, en aquel sitio pamplonés, y en las denodadas tardes de entrenamiento en su villa natal de Piedrahita, Ávila, donde naciera el 29 de octubre de 1507, pues con tan solo diecisiete años, en 1524, sin el consentimiento familiar se enrolara con las tropas de Íñigo de Velasco, Condestable de Castilla, que se aprestaban a liberar Fuenterrabía, en manos entonces del francés.

Tamaño fue entonces el empeño y el valor de Fernando que tras la victoriosa batalla quedó, aun adolescente, puesto al frente de la bellísima villa guipuzcoana. Quiso además la suerte que en la lid, el Duque de Alba conociera a uno de los grandes amigos de su vida, a un entrañable camarada al que la muerte se llevaría tan temprano, el poeta y bravo alférez Garcilaso de la Vega. Juntos unieron sus vidas y sus armas el ya entonces firme caudillo de las tropas de Carlos V y el genial vate. Y así siguieron hasta que la Parca se llevara al bueno de Garcilaso en la Provenza cuando se empeñó en ser el primero en izarse por la escala de asalto en el ataque contra una fortaleza en Le Muy, en la Provenza, no lejos de Niza.

Era octubre de 1536 y el día 14 de ese mes el autor de las «Églogas» entregaba su cuerpo y su alma al Señor. En sus últimos instantes sobre esta tierra, Garcilaso tuvo la suerte de estar en felicísima compañía, la de Francisco de Borja, Duque de Gandía, también soldado, y que en unos años se convertiría en San Francisco de Borja, y tercer General de la Compañía de Jesús.

La amistad de Fernando Álvarez de Toledo y Garcilaso pasó a la historia de la camaradería y también a la de la literatura, pues el poeta en varias ocasiones tuvo al Duque de Alba como protagonista principal de sus versos: «En amoroso fuego todo ardiendo / el duque iva corriendo y no parava;/ Cataluña pasaba, atrás la dexa / ya d’Aragon s’alexa, y en Castilla / sin baxar de la silla los pies pone./ El coraçon dispone al alegría / que vecina tenia, y reserena / su rostro y enagena de sus ojos / muerte, daños, enojos, sangre y guerra; / con solo amor s’encierra sin respeto, y el amoroso affeto y zelo ardiente / figurado y presente está en la cara».

«En amoroso fuego todo ardiendo/el duque iva corriendo y no parava...»

Pero atrás quedaría aquella amistad entre el soldado y el poeta-soldado, al Duque de Alba le esperaba toda la vida por delante y toda la vida la empeñó desde entonces en servir a sus reyes, primero Carlos, luego su hijo Felipe, en los más altos servicios y acometiendo las más sacrificadas empresas, y no siempre tratado con el honor que merecía, pues en más de una ocasión fue alejado de la Corte por esas luchas y añagazas tan bienvenidas siempre con la política. Pero siempre presente en su vida la leyenda que eligió como divisa: «Deo patrum notrorum», en latín, en castellano «Al Dios de nuestros padres».

Alto, enjuto, de piel cetrina, severísimamente austero, recio, fiero, despótico a veces, la leyenda negra nos ha traído la imagen del creador del Tribunal de los Tumultos para castigar a los protestantes de los Países Bajos, y ese nombre terrible que se invocaba en las noches ante los niños como si fuera el del Coco o el Hombre del Saco si no se dormían. «Duerme, niño, que si no vendrá el Duque de Alba y te llevará».

Pero, para nosotros, don Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel, y para quienes ven la historia con mayores objetividades, fue un bravísimo general y un acertadísimo estratega, uno de los primeros grandes capitanes de los bravísimos Tercios. Y no se olvide aquí, el entusiasmo y el fervor que tenía el Duque entre aquellos soldados barbudos, veteranos de todas las trincheras, curtidos y asaeteados por heridas y cicatrices, a los que se refería siempre con un «Señores soldados…», antes de que tuvieran que entrar en feroz combate.

Primero se apuntó entre la gente que animada por Carlos V fue a luchar contra los otomanos, en el sitio de Viena, allá por 1532, Luego, a pelear contra el pirata Barbarroja en las costas de Túnez, siempre en primera línea, siempre ganándose los galones de capitán con su arrojo y su osadía. Cada vez más estimado por el emperador que en 1547 le ponía al frente de sus Tercios en la lucha contra los protestantes de la Liga de Esmalcalda, a los que derrotaría en la triunfal batalla de Mühlberg, que quedaría inmortalizada para siempre por el retrato de Carlos a caballo realizado por Tiziano.

Su siguiente servicio a la patria sería como diplomático de alto fuste, y merced a que dominaba varios idiomas, lo que hacía de él la persona perfecta para acompañar a Felipe II en su viaje a Inglaterra cuando se realizó el matrimonio del joven Felipe con María Tudor.

Nuestro Duque fue uno de los quince Grandes de España que asistió a la ceremonia en la Abadía de Westminster, que tuvo lugar el 25 de julio de 1554. Y poco después, de vuelta a las armas cuando Fernando fue enviado a Italia, donde los franceses habían vuelto a tirar de acero. El Duque fue capitán general, gobernador de Milán y virrey de Nápoles.

Hasta con el Papa Pablo IV se las tuvo tiesas Álvarez de Toledo, en las puertas de Roma, donde entraría como singularísimo vencedor en septiembre de 1557. Vinieron unos años de paz, que Fernando pasó en España, tanto en la corte como viviendo en sus tierras castellanas. Sin embargo, en 1566 el enemigo protestante no perdía ripio guerrero y volvía a amotinarse al norte, en los Países Bajos. Y hasta allí se fue encorajinado el bravo Duque de Alba.

Campaña de los Países Bajos

Los luteranos habían dado fuego a numerosas imágenes católicas y Felipe II no lo podía permitir. Y Fernando fue de nuevo su hombre. El 22 de agosto de 1567 entraba en Bruselas, y poco después nuestro singular compatriota ponía manos a la obra de hacer justicia creando el Tribunal de los Tumultos, tan traído y tan llevado por la leyenda negra, que hasta se cuenta que los herejes prefirieron llamarlo Tribunal de la Sangre.

Lo que estaba en juego no era poco, y el Duque de Alba se mostró inflexible con la rebelión. No faltaron las ejecuciones de los nobles protestantes e incluso de algún antiguo aliado ahora pasado Dios sabe cómo a las filas de Lutero. Se cuenta que el Duque en persona presenciaba los ajusticiamientos de los enemigos, sin duda para causar aún más miedo entre ellos. Pero no había un maravedí con el que pagar el esfuerzo militar y el Duque de Alba subió los impuestos a las ciudades enemigas. El levantamiento fue total, como total fue la respuesta española, en sucesos tan terribles como el saqueo de Malinas y la toma de Haarlem, el momento más espantoso de aquella no menos desoladora guerra.

En Lisboa vivió sus dos últimos años de vida como Primer Virrey de Portugal

El propio Fernando no saldría con bien de aquella carnicería, pues en la corte de Felipe II se contaban los espantos vividos en Flandes, y a la sazón el rey destituyó al Duque de Alba, mandando en su relevo a Luis de Requesens. Para Fernando, las cosas se ponían mal. Peor visto que nunca en la Corte, acabó desterrado y exiliado en Uceda.

Pero su fama de legendario patriota y soldado le valió la rehabilitación. Tenía 72 años, y en ese 1580, el rey Felipe II le pidió un nuevo esfuerzo: debía lanzarse allende la frontera portuguesa y conquistar la tierra lusitana para Su Majestad Católica. Y a fuer que Álvarez de Toledo no falló. Venció en la batalla de Alcántara y ocupó Lisboa. Felipe ya podía ser nombrado también Felipe I de Portugal. En la capital lisboeta vivió Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel sus dos últimos años de vida como Primer Virrey de Portugal.

A orillas del Tajo y del Atlántico murió el Duque de Alba el 11 de diciembre de 1582. Allí morían setenta y cinco años entregados a la Patria, allí quedaba una vida siempre consagrada a nuestra Monarquía, a nuestra Religión y a Nuestra España. Adiós, Duque de Alba, ya estás en el cielo de los patriotas al lado de Garcilaso de la Vega, quien tan castellana y hermosamente te nombrara y dibujara para siempre: «El trato, la crianza y gentileza,/ la dulzura y llaneza acomodada,/ la virtud apartada y generosa».

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