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El traidor independentista al que «dimos por muerto» y causó 25.000 bajas a España en la Guerra de Cuba

Maximo Gomez

El 27 de marzo de 1897, la revista «Blanco y Negro» se refería a Máximo Gómez, el general que traicionó al Ejército español tras la guerra de Restauración y se convirtió en el líder de los independentistas cubanos, con las siguientes palabras: «De vez en cuando tenemos noticias de él. Cada quince días le damos por muerto, unas veces por los achaques de su vejez, otras a consecuencia de sus heridas en la espalda y otras por una hinchazón gravísima e inoportuna. Si creyéramos a pies juntillas lo que suele escribirse de él en el campo insurrecto y en el campo leal, el “chino viejo” resultaría con siete vidas como los gatos. Una suposición no muy descaminada, porque más de siete, de diez y de cien vidas tiene Máximo Gómez, pero sobre su conciencia».

Se refería la revista de Torcuato Luca de Tena a las audaces operaciones de engaño protagonizadas por el líder de la rebelión cubana, que estaban causando auténticos estragos en las filas españolas desde hacía dos años. El general Gómez se había convertido en un maestro del empleo de la astucia militar a raíz de su experiencia en el campo de batalla. Creía que era la única forma de lograr condiciones ventajosas contra una España claramente superior y pronto dio muestras de ello: maniobras de despiste, ataques por sorpresa, embustes para ser perseguido y desviar la atención sobre enclaves más importantes o su intuición para evitar emboscadas.

Gómez había ingresado muy joven en el Ejército de la República Dominicana, donde había nacido en 1836. El país había sido invadido por el emperador haitiano Souloque y decidió debutar en combate en la Batalla de Santomé, el 22 de diciembre de 1856. Su bando resultó vencedor. Y es curioso, porque cinco años después, nuestro protagonista apoyó la entrega de la soberanía nacional a España llevada a cabo por su presidente, Pedro Santana. Luchó como voluntario en el Ejército español y, tras perder la guerra de la Restauración, huyó con sus compañeros a Cuba. Fue allí donde Máximo Gómez desertó y traicionó su juramento para unirse a los grupos que luchaban por la Independencia de Cuba

«Filibustero impenitente»

En la primera parte de la guerra (1868-1878), los insurrectos fueron derrotados y tuvo que regresar a la República Dominicana. En su país residió hasta que, en 1895, firmó el Manifiesto de Montecristi con José Martí. El objetivo era reiniciar la guerra de independencia. «Aunque los telegramas oficiales le colocan pacífico y tranquilo en una de las repúblicas americanas, la opinión señala a este filibustero impenitente como uno de los iniciadores de la presente lucha», podía leerse ese mismo año en «Blanco y Negro», en un especial sobre «Los sucesos de Cuba»

Máximo Gómez vivió 69 añosEn 1895 resultaba evidente que el único modo de ganar al ejército español —Estados Unidos no entraría en combate hasta tres años después—era extender la lucha armada hasta occidente mediante la invasión. Dicha condición era imprescindible para que la revolución triunfara, porque conllevaba la posibilidad de destruir las principales fuentes de riqueza que financiaban la maquinaria militar colonial y la ventaja de dispersar por el país a las tropas de España, con la excusa de proteger los otros enclaves importantes de los supuestos ataques mambises.

Lo primero que consiguió Gómez fue conquistar Camagüey, pero no pudo comenzar la invasión de occidente porque las tropas de Antonio Maceo no habían llegado en su apoyo. Aquella acción era urgente, puesto que diez batallones solicitados por el general Martínez Campos estaban cruzando el Atlántico hacia Cuba. ¿Qué hizo el general insurrecto? Ordenar una serie de ataques a modo de demostraciones de fuerza solo para engañar al mando español y hacerle sacar las tropas de los alrededores de Camagüey. Fue una estrategia ingeniosa —recogida en el artículo de Alberto Pau Uriarte en los «Anales de la Real Academia de Cultura Valenciana»— que se basó en una serie de acciones militares desarrolladas durante un mes para que España concentrara a sus soldados en Las Villas. Gómez conocía a su adversario, pues había combatido en sus filas, y dejó perplejos a los mandos españoles. Como escribió en su diario el líder rebelde: «Quería llamar la atención del enemigo hacia aquella zona (...) para proteger el paso del general Maceo, que ya debe venir marchando. Todos mis movimientos han de obedecer a ese propósito». Y lo logró: Maceo atravesó Camagüey de este a oeste sin librar un solo combate y, poco después, se unió a él. El general español José Lachambre calificó de «brillante» la operación de reunión de los dos destacamentos insurrectos: «Maceo, desde Santiago de Cuba y en 32 días de marcha sin que le disparen un tiro llega a la trocha y la pasa, uniéndose a Gómez (...), que mutuamente se ayudaban en esta brilante operación».

«Lazo de invasión»

Pocos meses después, Martínez Campos concibió la idea de enfrentarse a Gómez en el Coliseo, una pequeña comunidad a 130 kilómetros de La Habana. El objetivo era atraer a los rebeldes hasta dicha localidad y golpearles con una fuerza de 25.000 hombres. Pero de nuevo estos volvieron a ser más astutos, debido otra maniobra de distracción protagonizada por unos 700 rebeldes, mientras el grueso del ejército insurrecto huía. La trampa minuciosamente concebida por el general español fue eludida de nuevo por el líder dominicano, posiblemente por la información que había recibido de los telegrafistas del ferrocarril. De esta forma, evitó lo que habría sido un matanza de dimensiones gigantescas.

Gómez seguía con su intención de llegar a occidente. La solución fue otra maniobra de engaño, marchando hacia el sureste. En el camino asaltaron un almacén del enemigo con 10.000 cartuchos, incendiaron una serie de campos de cañas y destrozaron unas cuantas estaciones ferroviarias. Sin embargo, respetaron las vías para facilitar que los optimistas españoles les persiguieran en tren hasta Cienfuegos, que era en realidad el propósito de la estrategia para que dejaran libre el camino hacia La Habana. Martínez Campos estaba convencido de que podría aplastar a los insurrectos en la localidad central de la isla, sin imaginarse que el grueso de las tropas cubanas entrarían tranquilamente en la capital cinco días después. A esta acción se le llamó el «Lazo de invasión».

También se le puso nombre a otra operación de engaño acaecida en enero de 1896, muerto ya José Martí y erigido Máximo Gómez como único líder de los insurrectos. Se le llamó la «Campaña de la Lanzadera». El objetivo era de nuevo atraer hacia sus tropas la mayor parte del Ejército español, con el objetivo de permitir que el general Maceo llegara después lo antes posible a Pinar del Río. Desde allí podría extender la guerra hasta el último rincón occidental de la isla. Una operación que duró un mes y medio y para la que Gómez empleó 2.300 hombres, según Pau Uriarte. Con esos soldados, y exponiéndose a una fuerza de 12.000 españoles comandados de nuevo por Martínez Campo y otros generales, debía protagonizar ataques tan feroces que resultaran creíbles y representaran un peligro real.

Durante 42 días las tropas de Gómez recorrieron más de 730 kilómetros y lanzaron 14 ataques en los que murieron solo 14 de sus soldados y fueron heridos 144. Sin embargo, consiguieron que la invasión llegara a Mantua, por un lado, una pequeña localidad del extremo oriental, y que Maceo regresara a La Habana, por otro. De esta forma, la guerra alcanzó la envergadura nacional que buscaban los rebeldes.

«Campaña de la reforma»

La última de estas operaciones de engaño fue conocida como la «Campaña de la reforma», una de las más importantes de la historia de Cuba, que fue protagonizada de nuevo por el general Máximo Gómez durante un año: entre enero de 1897 y enero de 1898. Un tiempo en el que el Ejército español no pudo forzar un encuentro con los insurrectos ni causarles bajas importantes.

Las operaciones se llevaron a cabo en el centro del país con el fin de auxiliar a las fuerzas rebeldes que se encontraban en apuros en aquellos territorios. Para ello, Gómez elegía de nuevo la estrategia en su opinión más racional y adaptada a sus escasos recursos. Acudió con 600 hombres a una zona conocida como La Reforma, para concentrarlos al oeste del camino que unía Júcaro y Morón. Quería hacer creer a los españoles que lo rebeldes estaban iniciando una nueva invasión. Y para asegurarse que la treta calaba en el enemigo, hizo lo posible para que el rumor se extendiera a través de cartas y documentos que sabía que iban a ser interceptados.

La maniobra de desinformación surtió efecto y el general Weyler concentró 33 batallones de infantería, 30 escuadrones de caballería y seis baterías de artillería en el cuartel general de Sancti Spiritus. En total, 40.000 hombres, una tercera parte del ejército español en Cuba. Un número muy grande de soldados que, tal y como previó Gómez, debilitó las fuerzas desplegadas anteriormente en Pinar del Río, Matanzas y La Habana. Gómez consiguió mantener en secreto esta acción, no compartiéndola incluso con sus más cercanos colaboradores. La efectividad sería mayor así y, durante un año los insurrectos protagonizaron multitud de emboscadas, incursiones y escaramuzas que produjeron más de 25.000 bajas entre muertos, heridos e inutilizados por enfermedad en las fuerzas españolas. Según el Centro de Estudios Militares de las FAR, en una cifra que parece exagerada, los rebeldes contabilizaron solo 108 bajas entre muertos y heridos.

A pesar de todo, al final de esta última operación la guerra en Cuba continuaba sin signos llegar a su fin. Los insurrectos se mantenían fuertes en Oriente y Camagüey a pesar de su inferioridad. Y los españoles habían mantenido su posición en el oeste y el centro de Cuba. Fue en ese momento cuando ambos mandos mantuvieron una serie de conversaciones de paz en secreto, en un hecho no muy conocido sobre la Guerra de Cuba. Pero luego llegaron los americanos y… la guerra cambió para los españoles, que iniciaron su recta final hacia el «desastre del 98».

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