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Cuando los independentistas intentaron invadir Cataluña con el apoyo (secreto) de Mussolini

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La primera referencia a este grave y olvidado episodio aparecía publicada en «La Época», el jueves 4 de noviembre de 1926. Según el diario, terminado el habitual Consejo de Ministros, su presidente, Miguel Primo de Rivera, se acercaba a los periodistas para dar la información pertinente de otra reunión «ordinaria, sin trascendencia y nada en particular que destacar». Y luego mencionaba de pasada, como queriendo quitarle importancia, que había habido «una conspiración mezquina y sin importancia descubierta en Francia de la que formaban parte españoles, italianos y franceses. Se trata de un conato de conspiración revolucionaria, modesto y fracasado [...] Llevaban pocas armas y algunas bombas de mano. Intentaban pasar la frontera y unirse a otros elementos rebeldes».

Como apuntaba la historiadora Susana Sueiro en su artículo « El complot catalanista de Prats de Molló» (UNED, 1992), la dictadura trató de silenciar y limitar el alcance de este intento de invasión militar de Cataluña protagonizado por un grupo de nacionalistas encabezados por Francesc Macià. El entonces dirigente de la organización paramilitar Estat Catalá —y futuro presidente de la Generalitat entre abril de 1931 y diciembre de 1933— hacía tiempo que había decidido pasar a la acción. Estaba convencido de que, sin más dilación, debía poner en marcha este plan que llevaba preparando desde que se marchara al exilio francés en 1923. ¿Y en qué consistía? En atravesar los Pirineos con un grupo de voluntarios nacionalistas armados, ocupar el primer pueblo catalán que se cruzaran, izar la estelada en su campanario y provocar un levantamiento que culminara con la proclamación de la República de Cataluña.

La idea de esta invasión nació en la cabeza de Macià tras la llegada al poder de Primo de Rivera en septiembre de 1923. Tanto él como el resto del sector nacionalista confiaban en que el espíritu regionalista del dictador les fuera de alguna manera favorable. Sin embargo, el nuevo presidente no tardó mucho en adoptar una fuerte política anti-catalanista con la que el sector más conservador de esta corriente se decepcionó profundamente. Su opción fue mostrar una creciente oposición al régimen, pero siempre, eso sí, desde unos postulados pacíficos. El sector más radical, representado por Macià y el Estat Catalá, eligió, sin embargo, la vía de la insurrección armada.

La dificultad de encontrar recursos y apoyos hizo que se fuera posponiendo durante tres años. Al principio de su exilio, Macià se había establecido en Perpiñán, pasado después por Châteauroux y, a finales de 1923, trasladado a París. Durante su estancia en la capital francesa fue cuando el Estat Català desarrolló su carácter insurreccional mediante el contacto con los anarquistas. El futuro presidente de la Generalitat consiguió ayuda económica de las comunidades catalanas residentes en Sudamérica y, en 1925, incluso viajó a Moscú para tratar de recabar ayuda de las autoridades comunistas, pero obtuvo los resultados deseados.

500 hombres armados

Finalmente, el 30 de octubre de 1926 Macià ya había conseguido movilizar a entre 400 y 500 voluntarios armados en la frontera de Francia. Una parte de ellos se concentró en Prats de Molló y la otra, en Sant Llorenç de Cerdans. Habían llegado hasta allí, disfrazados de excursionistas, desde ciudades como París, Burdeos, Toulouse, Lyon y Perpiñán. Se hacían pasar por miembros de un grupo de montañeros que se dirigía al Canigó. Macià y Ventura Gassol, destacado escritor y miembro de Esquerra Republicana de Cataluña (ERC), habían establecido el cuartel general en una casa de campo cercana a Prats de Molló, que estaba ubicada a tan solo 15 kilómetros de la frontera.

El medio millar de independentistas llevaban escondidas las armas, además de teléfonos de campaña, material sanitario, propaganda impresa y la susodicha estelada. Macià había conseguido, además, la participación de los italianos Garibaldinos, una especie de ejército organizado en Francia por antifascistas de variado signo, muchos de los cuales eran veteranos que había luchado contra los alemanes en la Primera Guerra Mundial. Una alianza que no parecía rara —ambos eran movimientos de ideología nacionalista y republicana radical que se oponían a las dictadura—, sino fuera porque estos estaban dirigidos por Ricciotti Garibaldi, que en realidad hacía las veces de agente secreto de Mussolini.

Lo que buscaba el «Duce» apoyando en secreto la invasión de Cataluña, sin que Macià fuera consciente de ello, era convencer a Primo de Rivera de la supuesta culpabilidad de Francia por encubrir y amparar bajo sus leyes la supuesta rebelión independentista contra España. Mussolini, en definitiva, quería hacer causa común contra el Gobierno de París. Como indicaba Sueiro, «la implicación del gobierno fascista en el complot catalanista sólo puede entenderse correctamente dentro de su estrategia de suscitar la animosidad de la dictadura española contra la república vecina, para impedir un posible acuerdo hispano-francés».

Marcando distancias con Mussolini

A pesar de ello, el plan de Mussolini no surtió efecto, puesto que Primo de Rivera siguió marcando ciertas distancias con el dictador italiano, ya que consideraba que los rumores de esa amistad le perjudicaban en Europa. Y a pesar de los supuestas similitudes entre ambos regímenes, lo cierto es que dicha afinidad fue mucho más aparente que real. Y, de hecho, el propio dictador español dejó claro pronto que no compartía las declaraciones belicosas del líder italiano y se esforzó por demostrar públicamente que seguía teniendo una sincera voluntad de mantener buenas relaciones con Francia y Gran Bretaña.

Tanto los planes de los independentistas catalanes como las intrigas del gobierno fascista fracasaron porque la Policía francesa, consciente de esta vinculación, actuó con rapidez y detuvo a Macià y sus compinches en Prats de Molló y a Garibaldi en Niza. La conquista de Cataluña ni siquiera llegó a pisar suelo español. Fue un fracaso total, en parte debido a que los «soldados» nacionalistas iban muy mal pertrechados y precariamente organizados.

La noticia fue recogida por la mayoría de los diarios españoles, desde «El Siglo Futuro» a «El Sol», pasando por «La Nación», «La Voz», «El Globo» y «La Correspondencia Militar». Aunque también es cierto que las órdenes por Primo de Rivera de censurar cualquier información que relacionase a Mussolini con el complot surtieron efecto. El diario « La Libertad» decía: «Maciá ha prestado declaración en París y ha protestado contra las afirmaciones de la prensa asegurando que el grupo era un conglomerado de anarquistas y revolucionarios. Ha afirmado que estaba a la cabeza de un grupo de idealistas y que preparaba el complot desde hace muchos meses. Se ha tratado de obtener la procedencia de los fondos y el señor Maciá ha declarado que el dinero empleado procedía de amigos catalanes residentes en América y de su propia fortuna personal. Y ha dado indicaciones concretas acerca del lugar donde se encuentran los depósitos de armas y municiones». De Mussolini, ni pío.

«Necias mentiras»

El embajador británico dio cuenta del mutismo español con respecto a tan importante conexión con el fascismo italiano en uno de su informes. En concreto, el redactado el 8 de noviembre de 1926, que advertía: «Está claro que el gobierno español tiene más información sobre este asunto de la que permite divulgar. Es muy significativa la ausencia de comentarios en la prensa sobre la vinculación de Garibaldi con el complot. Mi impresión es que la censura se ha ocupado de impedir cualquier comentario hostil o desfavorable para Italia».

Los conspiradores fueron juzgados únicamente por tenencia ilícita de armas y condenados a penas muy leves, de dos meses de cárcel a lo sumo, y una multa de 100 francos. Y puesto que todos habían estado en prisión preventiva más tiempo que el que estipulaba la sentencia, fueron inmediatamente puestos en libertad, aunque se les obligó a abandonar Francia.

La vinculación de Mussolini con el complot catalanista sí fue destacada por la prensa francesa, que trató el tema con mucha más profundidad que la española. El «Duce» no tardó en hacer apariciones públicas calificando las noticias de los periódicos de «necias mentiras» y de «torpe campaña cuya finalidad es crear desacuerdos y equívocos entre la opinión italiana y española».

Macià, desterrado a Bélgica, ganará mucha popularidad en Cataluña a raíz de este intento fallido de invasión. No hay mal que por bien no venga, debió pensar. Su participación en posteriores proclamaciones unilaterales de independencia, como la de 1931, unido a su elección como presidente de la Generalitat y su muerte en 1933, terminaron por elevarlo a la categoría de mito dentro de la historia de Cataluña.

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