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Cid «Campeador»: agente doble que luchó a favor y en contra de moros y cristianos

cid

A continuación reproducimos un artículo publicado en la sección de historial del diario ABC en su versión digital por el interés que pueda suscitar entre nuestros lectores.

 Mucho de lo que sabemos del Cid se lo debemos a las investigaciones de Ramón Menéndez Pidal. Poco importa que el propósito (o la conclusión) fuera encontrar un arquetipo del alma castellana, un símbolo de la sobriedad y el heroísmo, un referente de los protoespañoles. Gracias a la historiografía cristiana en latín o en incipiente lengua vernácula, diplomas y documentos de la época se puede trazar una biografía alejada de la fantasía épica, pero que casa bastante con el mito.

Usar las gafas de 2013 para rastrear la figura del Cid nos llevará seguramente a errores. Que lucharaa favor y en contra de moros y cristianos era una práctica muy común en la época.Que haya sido utilizado como metáfora del casticismo y de la unidad patria no resta importancia a sus gestas. En un tiempo en que los suyos necesitaban héroes allí estuvo él

La vida y hazañas bélicas de Rodrigo Díaz no son las historias que se narran en el «Poema del Mío Cid», pero se le parecen bastante. Nace en torno al año 1040 en el seno de una familia de infanzones (la parte más baja de la nobleza de entonces) en Vivar, una aldea al norte de Burgos.

Educado en la corte junto al príncipe Sancho, se piensa que su primer contacto con la sangre fue en la batalla de Graus, en mayo de 1063. En su debut, las tropas castellanas tuvieron a las moras como aliadas contra el enemigo común, los aragoneses. Ganaron los de Rodrigo. Sancho fue proclamado rey de Castilla en 1065 y una de sus primeras decisiones fue nombrar a Díaz general en jefe de su ejército. En este papel participó en las guerras fratricidas de su monarca contra Alfonso (León), García (Galicia) y Urraca (Zamora). No hay constancia de ninguna embajada como emisario ante doña Urraca, ni persecución contra Vellido Dolfos ni jura de Santa Gadea. Estos hechos pertenecen a la leyenda poética.

Con Sancho muerto en combate a la entrada de Zamora, Alfonso es coronado rey de Castilla y de León. Como todos los que apuestan por el caballo perdedor, el Cid quedó arrinconado en un palacio donde imponía sus designios la familia Ansúrez. Alfonso, no obstante, era sabedor de las condiciones militares de aquel valiente de Vivar. Para reconciliarse le propone matrimonio con su prima, Jimena, nieta de Alfonso V de León. La boda se celebra en Burgos, en 1074, donde se conserva la carta de arras.

Faltan diez siglos para que nazca el cobrador del frac y alguien tenía que hacer ese trabajo. En 1079 se encarga al Cid el cobro de las parias, impuesto que el caudillo moro de Sevilla de nombre Mutámid debía pagar todos los años. Camino de su objetivo es atacado por los moros de Granada, aliados en esta ocasión con los hombres del conde García Ordóñez. El Cid los vence en Cabra y mantiene durante tres días prisionero al conde, que a su vuelta a la corte se queja al rey. Al tiempo cobra fuerza el rumor de que el Cid se había quedado entre las uñas con parte del tributo, una comisión al estilo de esa España sempiterna cuyas prácticas hunden su origen en la noche de los tiempos.

La campaña contra el Cid va calando y su ardor guerrero le terminó de enemistar con el monarca. En 1081 lanzó un ataque contra el reino moro de Toledo, en tregua con Alfonso, apresa a 7.000 cautivos y recauda un gran botín. No hay vuelta atrás. Alfonso no tiene otra opción que desterrar a Rodrigo y privarle de todas sus posesiones. Le da nueve días para abandonar el reino. En la nueva aventura le acompañan vasallos, familiares y un puñado de buscavidas.

Encamina sus pasos hacia Barcelona y luego a Zaragoza, donde los moros le acogen con cierta simpatía. El destierro le obliga a buscar alianzas con el enemigo natural, al que ofrece sus conocimiento militares. En una época en que las lealtades dependían del interés puntual no resultaba extraño que un caballero cristiano sirviese a príncipes musulmanes. De 1082 a 1089 ejerce como jefe del ejército del rey de Zaragoza. En este puesto sofoca una sublevación y lucha contra los cristianos catalanes y aragoneses. En una de estas acciones, en 1082, captura al conde de Barcelona. Evita, no obstante, enfrentarse con Alfonso. Ese mismo año el rey castellano sufrió un intento de asesinato en Rueda. El Cid le ofreció su ayuda y el rey le correspondió con la renovación del decreto de destierro.

La llegada de los almorávides a la Península obliga a Alfonso a replantearse la relación con el Cid, al que levanta el destierro en 1087 y devuelve sus tierras. Pero sigue sin tener sitio en la corte, por lo que retorna a Zaragoza en 1088, aunque a partir de ese momento fija su objetivo en la conquista del reino de Valencia. El monarca castellano le asigna la posesión de todas las tierras que pudiera conquistar en la zona de Levante, pero un error en su intento de ayudar a las tropas del rey cerca de la localidad murciana de Aledo, en junio de 1089, con el resultado de una estrepitosa derrota, motiva un segundo destierro.

Este nuevo rechazo real le espolea en su empeño de conquistar Valencia, a cuyo rey Alcádir exigió un tributo. Cuando los almorávides asesinaron a Alcádir, protegido del Cid, éste ordenó sitiar la ciudad con un ejército de 8.000 hombres, voluntarios todos. Que alguien fuera capaz de reclutar semejante número de personas ofrece una imagen de su poder de convocatoria. En junio de 1094 las tropas cristianas ocupan la ciudad. Comienza entonces una nueva era en la zona. El Cid defendió la ciudad de la presión almorávide e incluso extendió sus dominios. En la batalla de Consuegra (1097) perdió a su hijo Diego. Rodrigo Díaz de Vivar muere en 1099. Desde ese momento nace la leyenda.

Su contribución militar a la Reconquista fue el haber actuado de freno a la presión almorávide en el Este de España y demostrado que aunque fieros no eran invencibles. En 1101 su viuda Jimena y los fieles tienen que abandonar la ciudad ante el empuje musulmán. Los restos del guerrero fueron llevados entonces a Cardeña.

El Campeador no fue solamente un arrojado guerrero. Era un gran conductor de tropas, capaz de maniobras dinámicas y desconcertantes en el campo de batalla. Conoce a la perfección toda la estrategia militar de la época: toma por sorpresa, treta de abandono del cerco, juego de emboscada combinada con ataque frontal, doble carga de caballería...

Según los expertos, su táctica es mitad mora, mitad cristiana. Usa la algara o incursión de las tropas de caballería en un ataque rápido, también conocida como razia o aceifa. Sus acometidas revelan un prodigio de resistencia física y de facilidad en la maniobra. Cálculo e improvisación a partes iguales: un genio de la milicia.

Resulta normal su mestizaje militar, pues ha aprendido a luchar al lado de los moros de Zaragoza y Sevilla. Cuentan que durante las comidas se hacía leer historias de los grandes guerreros árabes y que instruía a sus caballos al redoble del tambor.

Así vio el siempre genial Mingote la muerte de Menéndez Pidal
El «Poema de Mio Cid» refleja un héroe de carne y hueso: guerrero, fiel vasallo, marido y padre. Ramón Menéndez Pidal lo explica así: «En el Cid se reflejan las más nobles cualidades del pueblo que le hizo su héroe: el amor a la familia, que anima la ejecución hasta de las más altas y absorbentes empresas; la fidelidad inquebrantable; la generosidad magnánima y altanera aun para con el Rey; la intensidad del sentimiento y la leal sobriedad de la expresión».

De los poemas nacionales de la literatura universal es el que relata acontecimientos más cercanos a la fecha de su creación. Se trata de un personaje heroico, pero nunca fantástico al que apoyan la veracidad histórica y la exactitud geográfica y topográfica. Es un caballero cristiano vital en su época al que la historia recuerda gracias a la literatura.

Como otros tantos mitos, la figura del Cid traspasó continentes. Hollywood no dudó en hincarle el diente en la época de los largometrajes de carácter histórico. El filme se rodó en España en 1961 con la producción de Samuel Bronston y la dirección de Anthony Mann. Charlton Heston encarnó a Rodrigo y su prometida doña Jimena fue Sofia Loren. Es una película con leyendas urbanas como que en cierta escena al Cid se le observa un reloj de pulsera o que en otro momento a los guerreros musulmanes se les ven unas zapatillas deportivas o que incluso se notan sobre la arena las huellas de un automóvil. Amén de los dimes y diretes la anécdota digna de reseña es que el propio Heston se entrevistó en Madrid con Ramón Menéndez Pidal para conocer en profundidad al personaje y poder meterse en su piel.

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