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UN EPISODIO DEL CÓLERA (1855)

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Se suceden los hechos gloriosos protagonizados por nuestros primeros guardias, también los pequeños, pero no por ello menos importantes, el hecho de estar cerca de la población más necesitada, de convivir y formar parte de ella, de provenir de todos los estamentos de la población, ha hecho que todos nuestros guardias se identifiquen y se ofrezcan a esa sociedad de forma totalmente desinteresada, antes y ahora. Y así incluso ante las peores epidemias, donde otros huyen despavoridos, ellos no dudan en ayudar.

UN EPISODIO DEL CÓLERA (1855)

I.

Los pueblos como los individuos, tienen momentos críticos en su vida, que no se bastan á sí mismos, y que necesitan del auxilio de hombres valerosos y desinteresados para soportar el conflicto que les aflige.

El cólera morbo, ese azote ó ese funesto huésped como le denominan algunos, trasplantado del Asia á las naciones europeas, invadió el año de 1854 nuestra España, que no abandonó hasta últimos de 1855.

Innumerables fueron las víctimas que hizo durante su invasion en nuestro país.

Referir la historia de ese bienio, sería una cosa horrible, y apenas habría familia que no derramara una lágrima, recordando ya un padre, una madre, un hermano, un pariente ó un amigo, que el funesto huésped arrancó de sus brazos para arrojarlo en la tumba.

La guerra más feroz y encarnizada es una calamidad mucho menos terrible que esas epidemias que diezman la poblacion en pocos dias.

Contra la guerra teneis defensa, y muchas veces hasta las débiles mujeres se convierten en heroinas, defendiendo sus pátrios lares.

Contra la epidemia no hay mas que la débil defensa de una ciencia en mantillas, que no conoce á fondo su enemigo, ni sabe qué medios debe utilizar para atacarlo.

Quien muere en el campo de batalla, baja muchas veces al sepulcro cubierto con un sudario en forma de gloriosa aureola, legando sus heroicos hechos á su familia, á su pueblo y á veces á su nacion.

Quien perece al maligno influjo de la epidemia, solo deja tras de sí luto, llanto y desconsuelo á su desolada familia.

Una y otro son dos terribles azotes para la humanidad, pero es menos funesta la guerra que una epidemia, el cólera morbo ó la peste.

Tended la vista por los pueblos infestados ó invadidos por una de esas epidemias, y no solo vereis sus campos y sus calles desiertas, pintado el terror mas profundo en el rostro de sus habitantes, sino que hasta el mismo cielo que lo circunda, os parecerá opaco, sombrío y triste.

Penetrad en el fondo de sus casas y observareis con admiracion que no hay padre para hijo, ni hijo para padre, hermano para hermano, ni amigo para amigo, porque el miedo y el pavor mas profundo han apagado en el corazon de aquellos míseros mortales el fuego que reanimaba las afecciones mas tiernas y generosas.

Triste es el cuadro, pero vais á verlo aun pintado con mas negros colores.

II.

Corría el año de 1855.

El cólera morbo habia invadido todas ó casi todas las provincias de España, levantando á su memoria en cada una de ellas, una mas ó menos horrible y sangrienta hecatombe.

A fines del mes de Setiembre de este año, se presentó el funesto huésped á las puertas de la villa de Salorino, pueblo del juzgado de Valencia de Alcántara, perteneciente á la provincia de Cáceres.

Desde los primeros momentos empezó á causar tales estragos, que dejó aterrado al corto vecindario de que se componía.

Llenos de pavor, abandonaron sus'casas la mayoría de los individuos del ayuntamiento, menos el alcalde y alguno que otro regidor, imitando la conducta de aquellos dos de los cuatro sacerdotes que moraban en la villa.

Con semejantes deserciones se aumentó el terror del vecindario hasta el extremo de no reconocer á la autoridad municipal, dejando insepultos los cadáveres.

El conflicto se agravaba mas y mas, de momento á momento, y lo que era cólera,. podia convertirse en la peste mas horrible, con los miasmas que necesariamente se habían de desprender de unos cadáveres en estado de putrefaccion.

De nada servían las amonestaciones ni las órdenes del intrépido y celoso alcalde, para que sus convecinos cooperasen con él de una manera eficaz para cortar ó hacer por medio de previsoras medidas, menos funestos los efectos de la epidemia, porque cada cual se encerraba en su casa y apenas dentro de las mismas prestaban los auxilios necesarios á cualquiera de los miembros de la familia que era atacado del cólera.

Allí sentir el primer síntoma de la enfermedad, era lo mismo que ver pesar sobre sí la sentencia irremisible de muerte.

El que se metia en el lecho podia decir que se encerraba en su sepulcro.

Porque los padres huian de los hijos, temerosos de que les trasmitieran el mal, y lo mismo hacian los hijos respecto de sus padres.

No habia hermano para hermano.

El esposo abandonaba á la esposa y la esposa al esposo.

Los vínculos de la amistad se habian roto en pedazos.

Nadie, en fin, cuidaba mas que de sí mismo. Tan grande era el terror que dominaba á cada uno en particular, y á todos los habitantes en general.

En tan gravísima situacion y aumentándose de hora en hora los cadáveres que quedaban insepultos, el alcalde ofició al jefe del puesto de la Guardia Civil, de Valencia de Alcántara, reclamando su auxilio, para hacer que se respetasen sus órdenes.

Ya á la autoridad no le quedaba otro recurso, la persuasion no se escuchaba, era preciso emplear la fuerza, y la autoridad municipal carecia de ella.

III.

Hallábase de comandante del puesto de la Guardia Civil de Valencia de Alcántara, el cabo 2.° Laureano Garcia Gomez.

En el instante que recibió la comunicacion del alcalde de Salorino, fechada en 4 de Octubre de 1855, pidiéndole auxilio, dispuso salir para aquella villa con el Guardia 1.° Luis Aguirre.

Llegaron al pueblo, y su triste aspecto les dejó mudos de admiracion.

En vez de respirarse un dulce ambiente bajo un cielo limpio y sereno, parecia que una atmósfera pesada y fétida bajo un manto lúgubre ahogaba al vecindario.

Las calles de la villa estaban desiertas, las puertas de las casas cerradas, y no se escuchaban mas acentos que los quejidos lastimeros de algunos moribundos, ó los gritos y ayes de los huérfanos ó de las viudas, de los padres ó de los hermanos que acababan de perder á uno de sus objetos mas queridos.

Llegaron, pues, los dos Guardias á la casa del alcalde, quien al verles respiró con cierta alegria mezclada de tristeza.

—Aquí estamos á la disposicion de V., le dijo el cabo Laureano Garcia.

—¡Gracias! replicó el alcalde con efusion; llegan ustedes en los instantes mas críticos, y sus servicios me son sumamente necesarios.

El pueblo está aterrorizado y nadie cuida mas que de sí mismo.

Estamos sin sacerdote que administre los Sacramentos á los moribundos, porque de cuatro que habia, dos emigraron, otro murió de la epidemia y otro yace postrado en cama.

No teníamos quien enterrara los muertos, y por fin la autoridad superior de la provincia me ha mandado dos sepultureros, pero estos se niegan á dar sepultura á mas de 36 cadáveres que están en el depósito, porque muchos de ellos se hallan en estado de putrefaccion.

Las mismas familias arrojan los muertos al medio de la calle en el instante que espiran, y nadie quiere conducirles al depósito.

Si Vds. señores Guardias, no hacen respetar la autoridad y obedecer sus mandatos, estamos perdidos.

—Descuide V., repuso, al oir tan triste narracion, el cabo Laureano Garcia.

El mal es muy grave, y el remedio debe ser enérgico.

Hay que lachar con el estado aflictivo de la poblacion porque cualquier mandato parecerá demasiado duro; pero nada importa que lo aprecien así, si contribuye al bien general.

—Estoy conforme, y desde luego puede V. adoptar las disposiciones que juzgue convenientes.

—Muy bien, señor alcalde; voy en seguida, pues no hay tiempo que perder.

Despidiéronse los Guardias del alcalde, y el cabo Garcia empezó á poner en ejecucion el plan que habia meditado.

IV.

No habian trascurrido dos horas de la llegada del cabo Garcia, cuando éste se trasladó con los dos sepultureros á una ermita, donde estaban depositados los cadáveres en número de 36.

Como hemos indicado, muchos de ellos se hallaban en estado de descomposicion, razon por la que los sepultureros no habian querido enterrarlos.

Pero el cabo García mandó que se les diera sepultura.

Aquellos se negaron, pretestando que seria mas conveniente quemarlos.

El cabo no accedió á esta proposicion, y reiteró sus órdenes, que al fin fueron obedecidas, no sin haberles impuesto un castigo á los trasgresores, al mismo tiempo que les prestó, acompañado del otro Guardia, una poderosa ayuda.

Limpio ya el depósito, con una actividad pasmosa, empezó á recorrer todas las casas del pueblo con el fin de enterarse del estado de las familias.

Acto continuo organizó el servicio fúnebre, y dispuso que un carro recogiera á la salida y á las puestas del sol todos los cadáveres de los que hubiesen fallecido en aquella noche y durante el dia respectivamente, para conducirlos al depósito y darles luego sepultura.

No habiendo sitio ya para los muertos en el camposanto del pueblo, eligió para este fin, un campo abierto á un cuarto de legua del pueblo.

Aceptó los servicios que se ofreció prestar á los pacientes el benéfico y caritativo sacerdote D. Felipe Lumbreras.

El cabo García se multiplicaba de tal modo, que no solo pasaba todas las horas de la noche visitando las casas de los enfermos, sino que, acompañado del Guardia 1.° Aguirre, ayudaba á los sepultureros á sacar los muertos de las casas, á colocarlos en el carro, á acompañar los cadáveres hasta el depósito, y por último, á enterrarlos.

En uno de aquellos dias ocurrió en medio del campo, la rotura del eje del carro que trasportaba unos 14 cadáveres, y el cabo Garcia y el guardia Aguirre, tuvieron que permanecer durante toda una noche guardándolos, hasta que en la mañana del dia siguiente pudieron componer aquel.

Desde el dia 1.° de Octubre hasta el 12, la mortandad fué espantosa, y tenemos que renunciar á describir algunos detalles, porque desde luego afectarían mucho á nuestros lectores.

A la mayor parte de los muertos se los liaba en sábanas y asi se los enterraba, siendo muy pocos los que iban en ataud.

Ya desde el dia 12 fueron en descenso las defunciones, y por fin, el dia 23 se cantó el Te-deum, no porque la invasion hubiera cesado por completo, sino para animar algun tanto al escaso vecindario que el cólera habia dejado con vida.

El pueblo de Salorino tendría de unos 400 á 450 vecinos, y desdeeldia3de Octubre hasta el 23 del mismo mes, fallecieron 329 individuos entre niños, hombres y mujeres.

No es posible apreciar los importantísimos servicios que prestaron á la villa el cabo 2.° Laureano Garcia y el guardia 1.° Luis Aguirre, quienes durante 19 dias consecutivos no tuvieron un momento de descanso, asistiendo á los enfermos, enterrando á los muertos, adoptando todas las disposiciones higiénicas imaginables, y animando á las desgraciadas familias que acababan de perder sus mas queridos objetos.

Cuando el dia 23 de Octubre, despues de asistir al Te-Deum, los dos Guardias salieron del pueblo con direccion á Valencia de Alcántara, á ocupar el puesto que les correspondia, todos los habitantes de la desgraciada villa de Salorino los colmaron de gracias y de bendiciones por los favores que de ellos recibieran.

Sin el concurso de estos dos hombres valerosos, acaso hubiera perecido todo el pueblo.

Por tan importantes servicios se les dieron las gracias por el Excmo. Sr. Director General del Cuerpo, mientras que ellos alcanzaban otro premio mayor de su conciencia, cual era la grata satisfacción de haber obrado bien con sus hermanos.

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