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UN CRIMEN MISTERIOSO (Febrero de 1857, Amposta (Tarragona))

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El hecho se traer estos relatos domingo tras domingo a nuestras páginas, es que son hechos reales, protagonizados por nuestros guardias civiles en el principio de la andadura de la Institución, en los momentos más criticos y dificiles, los comienzos, que como todos sabemos nunca son fáciles, y para demostrar que son hechos verídicos en algunos de ellos aparecen la fecha y el lugar, así nadie puede decir que mentimos, son los primeros servicios y las primeras actuaciones de la Guardia Civil.

UN CRIMEN MISTERIOSO (Febrero de 1857, Amposta (Tarragona))

I.

Cuando el delito se ha consumado, cuando ya no es posible ni precaverlo, ni evitarlo, cuando solo quedan sus consecuencias tan tristes, como palpables y evidentes, entonces tiene la sociedad que cumplir un deber tan terrible como solemne, tan doloroso como justo.

Ese deber es, el de castigar al delincuente.

Inútil es que el perverso busque en la fuga la impunidad de su atentado; en vano que rodee el crimen de un misterio impenetrable para la ley; el fallo se dicta, y la sentencia tarde ó temprano se cumple y se ejecuta.

La oscuridad del delito es casi siempre transitoria, y el criminal que á su sombra cree burlarse de la justicia humana, solo acaricia una ilusion que pronto desvanece la realidad.

Horrible debe ser el desengaño del que creyendo evadirse del castigo, oye de repente las pruebas que le acusan y la sentencia que le condena.

Horrible debe ser para el culpable que se ha librado por algun tiempo de la accion de las leyes tener que agregar al peso de su oprimida conciencia el de la grave cadena que arrastra con oprobio en un presidio.

Y sin embargo, por triste y penoso que sea este deber, la sociedad agraviada tiene que cumpirle, por que de lo contrario el amparo de las leyes se haria ilusorio, y la impunidad de un delito alentaría la ejecucion de otros mayores.

Estas reflexiones, son hijas del triste sueeso que va-i mos á dar á conocer á nuestros lectores, y que como uno de tantos, no hace mas que probarnos hasta la evidencia, que la espiacion sigue á la culpa, como una consecuencia providencial y terrible.

II.

En el mes dé Febrero de 1857 se hallaba en la villa de Amposta (Tarragona) ocupado en los trabajos de la canalizacion del rio Ebro un francés llamado Mr. Estier.

Sin que nosotros hayamos podido averiguar las causas, es lo cierto que le unia una estrecha amistad, con un vecino de aquella Villa cuyo nombre era Vicente Fudo (á) Catalan.

Este hombre de malos antecedentes, anotado como sospechoso en el libro del puesto de la Guardia Civil, y sujeto á la vigilancia de la autoridad, no se separaba de Estier un solo instante, como si procurase aumentar la intimidad que con él le unia.

Estier ignorante quizás de la mala eleccion que habia tenido tomando por amigo á un hombre de tan malos antecedentes, debió creer en su amistad y lejos de abrigar respecto á él la menor sospecha, confiaba ingénitamente todos sus secretos al Catalan,el que sacaba de tales confidencias, todos los datos que convenían á la horrible traicion que contra su amigo fraguaba.

El dia 12 del mismo mes de Febrero era domingo. Estier, salió por la tarde de la casa en que vivia y sin rumbo fijo, pero con ánimo de pasearse se dirigió á la plaza de Santa Susana, donde encontró á su amigo.

—Ya te iba á buscar, le dijo este, me aburro de estar solo, quería que me acompañases, y ya que te encuentro me ahorras el trabajo de an lar de acá para allá.

—Pues aquí me tienes, dijo el francés, estrechando la mano de su falso amigo; si quieres venir á dar un paseo te lo agradeceré, pues tengo ganas de respirar el aire libre.

—Iremos los dos, pero antes podriamos entrar en casa de Roque y echaríamos un trago.

—No, no; á la vuelta te convidaré: te lo tenia ofrecido para el día que cobrase y ya ves que no me vuelvo atrásr porque ayer cobré y hoy quiero cumplirte la promesa.

—¿Con que al fin te han dado ya tus cuatro mil reales dijo el Catalan; procurando dar á su pregunta todo el viso de interés que un amigo puede tomarse por otro amigo.

—Sí, Vicente, por fin los tengo ya en mi poder; y te aseguro que estoy contento, porque me ha costado tanto trabajo cobrarlos como ganarlos. Lo que siento es que los traigo encima y el peso no deja de incomodarme.

—¿Cómo encima? ¿Pues qué no los has dejado en casa? . —No, contestó Estier. Acabo de tener una gran disputa con la patrona, y como mi génio es así, no aguanto que una vieja bachillera me esté sermoneando; he cogido mi equipaje y lo he llevado á la posada hasta que mañana busque nuevo alojamiento.

—Has hecho bien, Estier: tu patrona se queria meter siempre en todo; era muy imprudente. ¿Conque vamos? Pero se me figura que es ya muy tarde; mira qué hora es, pues creo que no tendremos tiempo para dar un paseo.

Estier sacó un magnífico reloj de oro, que el Catalan miro con una expresion de codicia difícil de describir.

—Ciertamente que es tarde, ya han dado las cinco y media y pronto anochecerá. ¿Qué te parece que hagamos, Vicente?

—Vámonos á casa de Roque y allí pensaremos despacio dónde puedes hallar mejor alojamiento.

—Vamos, dijo el francés, y con eso te cumpliré mi promesa; ya sabes el convite.

—Pues adelante.

Y los dos partieron conversando animadamente.

III.

La taberna de Roque estaba situada en un rincon de una callejuela sucia y estrecha, y en ella era donde loa dos amigoe acostumbraban á pasar largos ratos, que amenizaban con sendos tragos de vino.

El Catalan habia concertado ya su plan, y se determinó á llevarlo á cabo en aquella misma noche.

La idea de apoderarse de los ahorros de Estier, la la casualidad de llevarlos en su bolsillo, unida á la circunstancia de no tener casa determinada donde marcharse á dormir, eran circunstancias que llenaban todas las condiciones necesarias para ejecutar su proyecto, y que difícilmente podria ver reunidas esotra ocasion. Determinóse, pues, y mas alegre y complaciente que nunca, entró en la taberna, y conversó con su amigo, mientras que apuraban un par de botellas.

Cuando el humo y los vapores del vino principiaron á trastornar un poco la cabeza á Estier, el Catalan creyó llegado el momento de hacerle una oferta, que en caso de admitirla aquel, era el último detalle que le faltaba llenar para la consumacion de su sangrienta obra; asi es que alargándole amistosamente un vaso, le dijo:

—Estier, son cerca de las diez; voy teniendo un poco de sueño, y tu despues del vino que has bebido, tampoco debes estar muy despavilado; vamonos á mi casa, y allí te puedes quedar por esta noche hasta que mañana busques otra donde hospedarte.

Estier no puso la menor resistencia, ni la mas leve sospecha cruzó por su imaginacion, lijeramente perturbada por el vino; siguió á su amigo y entró con él en una casa pequeña y de un solo piso, donde tenia su morada el que le conducia á la muerte.

Una vez allí, el Catalan encendió luz; sacó de su cama uno de los colchones y le extendió en el suelo á cuatro pasos de donde él debia dormir.

Estier contemplaba impasible esta maniobra, mientras apuraba casi maquinalmente el tabaco que ardia en su pipa.

El Catalan principió á desnudarse impaciente porque su amigo se apresurase á imitarle. No tardó mucho en ver satisfechos sus deseos, y en oir roncar á Estier, que dormia tranquilamente envuelto en una manta sobre el colchon.

Cuando el Catalan se persuadió de que el sueño de su amigo era profundo, se levantó con sigilo; levantó con cautela el picaporte de la puerta y fué de puntillas y descalzo hasta la cocina, donde encendió un fósforo y cogió un hacha que habia en un rincon.

Al volver al cuarto donde dormid, Estier, el fósforo se apagó, y el catalan so encontró á oscuras.

Sin embargo, aun á riesgo de tropezar con su víctima, pasó á tientas junto á su cama, y al fin encontró el cabo de vela que tes habia servido para acostarse. Encendiólo con cuidado, y echando una mirada á su confiado amigo, reflexionó breves instantes.

Por fin, haciendo un movimiento de cabeza, que indicaba su decision, murmuró:

—Esto es hecho; y asiendo con las dos manos el mango del hacha, la levantó en alto sin vacilar, y descargó un fuerte golpe sobre el cuello del desgraciado francés, que exaló un espantoso alarido.

El asesino no creyó suficiente un solo golpe, y volvió á herir á su víctima con la misma ferocidad salvaje.

El desventurado Estier habia muerto.

El criminal levantó la manta empapada en sangre, que cubría el cadáver, y notó sin horrorizarse que la cabeza estaba separada del tronco; pero sin detenerse un momento, registró los bolsillos de su víctima, recogió el dinero que guardaba en ellos, y en seguida el reloj de oro que tanto codiciaba.

Hecho esto, le envolvió en la misma manta ensangrentada, y cargando á cuestas con el cadáver, lo sacó al campo.

IV.

Al siguiente dia los vecinos de Amposta contaban, llenos de horror, que en el camino de Tortosa se encontraba el cadáver de un hombre que habia sido asesinado.

Se instruyó la correspondiente sumaria en averiguacion del hecho, por el juzgado de Tortosa, pero sin resultado.

El crimen no ofrecia ningun vestigio, ningun dato que pudiera iluminar la accion de la justicia.

Este misterio le hacia doblemente horroroso.

Nadie sospechaba cuál habría sido la mano infame y alevosa que habia separado aquella cabeza de su tronco.

Todas las pesquisas, todas las averiguaciones de las autoridades fueron inútiles é impotentes para romper el denso velo que cubria el crimen.

La víctima clamaba justicia, y el malvado entre tanto, se gozaba en la impunidad.

Pasaron dias, pasaron meses enteros y no podia descubrirse la mas pequeña huella del delincuente. Sus pasos se borraron en el mismo camino de su crimen, y nadie pudo prenetrar en la oscuridad que una terrible noche le defendia.

Los vecinos de Amposta llegaron á temerse nuevos atentados de parte del hombre alevoso, que desaparecia como una sombra después de consumarlos.

Esta situacion era penosa; á la tranquilidad habia sucedido el sobresalto, y la memoria del desventurado Estier no podia borrarse de la imaginacion de las gentes pacificas y honradas.

La Providencia, sin embargo, no podia dejar impune tan tremendo delito.

Solo la sabiduría infinita de la Providencia podia descubrirle, cuando las tentativas de la justicia de los hombres, habian sido vanas para lograrlo.

V.

En los primeros dias del mes de Mayo de 1858, es decir, despues de seis meses de la perpetracion de este crimen, se dispuso por orden de la Direccion del Cuerpo de la Guardía Civil, que en la villa de Amposta se estableciese un puesto.

Fué nombrado comandante del mismo el sargento 2.º Manuel Bujella y Recio.

Al tomar posesion de su nuevo cargo, tuvo especial cuidado de examinar y ver los libros de asientos correspondientes á las demarcaciones vecinas, y no pudo menos de llamarle la atencion Vicente Fudó, (a) Catalan, anotado en varios de ellos como sospechoso.

Preguntando en los pueblos de su demarcacion, pudo averiguar que le atribuian algunos la muerte del desgraciado francés, aunque sin averiguarlo, porque todos los esfuerzos de la justicia habian sido ineficaces para aclarar este asunto.

Resuelto Bujella á salir de dudas, y creyendo por otra parte, poder prestar á la justicia nn servicio de gran importancia averiguando la verdad, no perdonó medio alguno hasta dar cima á la empresa que se habia propuesto.

Guiado unas veces por su prudencia, y siempre por su discrecion, no tardó en convencerse por las noticias que adquiría, que el asesino de Estier habia sido el llamado Catalan.

Desde entonces Bujella no descansó un momento hasta lograr sus deseos.

Infatigable y lleno de fé en el cumplimiento de sus deberes, pidió permiso á la autoridad competente, y procedió á la captura del Catalan y á la instruccion de las primeras diligencias.

Veintidos declaraciones tomó en aquel dia, y todas estaban conformes en que este hombre era el culpable.

Despues de esta averiguacion sumaria entregó lo actuado y el reo á disposicion del juez de Tortosa, cuyo fallo sentimos ignorar; pero éste dió las gracias al benemérito sargento que habia llevado á cabo captura tan importante.

A su celo, á su actividad, á su pericia se debia en efecto, que el asesinato del infeliz Estier no quedase en la impunidad.

Lo que nadie pudo averiguar, Bujella lo habia conseguido, merced al esquisito tacto que empleó en el cumplimiento de sus obligaciones entregando al brazo de la justicia al presunto autor cuando menos, de tan horrible crimen.

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