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Sargento de la Guardia Civil Manuel García Álvarez, primera víctima de Casas Viejas

Sargento GC Manuel García Alvarez Casas Viejas

El sargento Manuel García Álvarez, al frente de sus hombres, defendió el orden y la ley en enero de 1933, cuando la casa cuartel de la Guardia Civil fue atacada por los revolucionarios

No hay un hecho de la Segunda República que haya hecho correr tantos ríos de tinta como los trágicos Sucesos de Casas Viejas, acaecidos el 11 y el 12 de enero de 1933.

Corrieron entonces, siguieron corriendo durante décadas, continúan corriendo en la actualidad y tengan por seguro que seguirán corriendo.

Es una historia bárbara y funesta como ella sola, objeto de encontrados intereses, de la que es difícil que algún día termine por escribirse la última línea. Suele decirse que la verdad no tiene más que un camino pero también es cierto que en ocasiones los caminos son tortuosos y están llenos de piedras.

Hace quince años publiqué en Diario de Cádiz, coincidiendo con  el 70º aniversario de los Sucesos, un artículo titulado “Las cuatro tragedias de Casas Viejas”. Mucho se ha investigado, esclarecido y escrito desde entonces. Ahora que todos sabemos más, si volviera a escribirlo, aumentaría en tres el número de tragedias; pero hoy no toca hablar de ello. Lo que sí sigo manteniendo es  que la primera tragedia, que continúa siendo la menos reivindicada, fue la que sufrieron los guardias civiles del puesto de Casas Viejas y sus familias, cuando la casa cuartel fue atacada por quienes proclamaron el comunismo libertario, sublevándose en armas contra la legalidad vigente.

Y lo que también es cierto es que la notoriedad de aquellos terribles hechos no se debió a la muerte de su comandante, el sargento Manuel García Álvarez, fallecido dos días después en el hospital militar de Cádiz, ni la del guardia civil Román García Chuecos, fenecido el 4 de febrero siguiente como consecuencia de los disparos recibidos.

La trascendencia de los Sucesos,  que fueron enarbolados para derrocar el Gobierno de Manuel Azaña Díaz y contribuyeron a provocar la abstención de los anarquistas en las elecciones generales del 19 de noviembre siguiente, no se debió en absoluto a la muerte de esos dos miembros de la Benemérita. La muerte o el asesinato de guardias civiles nunca ha derrocado gobiernos ni provocado elecciones generales. Y durante la Segunda República, donde por desgracia fue algo muy habitual, mucho menos.

Prueba concreta de ello es que en la orden firmada el 2 de junio  de 1933 por el ministro de la Gobernación, Santiago Casares Quiroga, se concedieron diversas recompensas, no sólo a los cuatro guardias civiles víctimas de Casas Viejas sino también a otros tres muertos y once heridos más sufridos por el Instituto en otros puntos de España entre el 8 y el 11 de enero.

Declarados hechos de guerra por decreto de 18 de enero, además de ascenderse póstumamente a brigada al sargento García Álvarez y a cabo al guardia García Chuecos, así como a dicho empleo a los guardias heridos Pedro Salvo Pérez y Manuel García Rodríguez, se concedieron las siguientes recompensas:

En la provincia de Valencia, ascenso a cabo al guardia José Rodríguez Linares, muerto en los sucesos de Rugara, y ascenso a los guardias heridos Santiago Berlanga Linuesa y Eulogio Herrero Prieto, por los hechos de Pedralba.

En Málaga, cruz de plata del mérito militar, con distintivo rojo, al guardia herido Antonio Zurera Yago.

En la localidad sevillana de La Rinconada, la misma recompensa al cabo José Manuel Sánchez Juan y al guardia Teófilo Díez Sancho, también heridos.

En la ciudad de Barcelona, ascenso a brigada al sargento Cándido Durán Gómez, y a cabo al guardia Francisco Durán Rodríguez, que fueron heridos; y a cabo, el guardia Eugenio Martínez Bueno, que resultó muerto.

En la población barcelonesa de Sallent, ascenso abrigada a los sargentos Francisco Aviño Adell y Arturo Colón Monfort, así como a cabo, los guardias Pablo Escudero López y Francisco García Sánchez, que fueron heridos, mientras que el guardia Enrique del Canto Lucas, que resultó muerto, fue igualmente promovido a cabo.

En esa orden ministerial se concedieron también condecoraciones no sólo a otros guardias civiles distinguidos en esos hechos, que resultaron ilesos, sino por otros sucedidos esas mismas fechas en Valencia y en las localidades de Ribarroja y Carlet, de dicha provincia; en el intento de asalto al cuartel del aeródromo de Cuatro Vientos, en la provincia de Madrid; en la localidad sevillana de Cabezas de San Juan; y en la población barcelonesa de Tarrasa.

Por lo tanto, en aquellos tiempos de constantes y violentos intentos de subversión del orden público la trascendencia de los Sucesos de Casas Viejas no se debió al ataque contra una casa cuartel de la Benemérita sino por la brutal represión que siguió a continuación. Sobre todo, la orden dada in situ por el capitán Manuel Rojas Feigenspán a sus guardias de Asalto, la élite policial creada por la República en el seno del Cuerpo de Seguridad, al cual deshonró.

El resto de la historia es ya suficientemente conocido. Rojas fue condenado por el asesinato, rebajado a homicidio, de una docena de campesinos desarmados, algunos incluso engrilletados.

Mientras que los revolucionarios se alzaron en armas contra el Gobierno de la República y quien fue expresamente enviado para sofocar la rebelión violó también la legalidad, un guardia civil, el sargento García Álvarez, fue quien al frente de sus hombres defendió el orden y la ley.

Nacido el 26 de septiembre de 1887 en Alcalá de Guadaira (Sevilla), era hijo del sargento retirado Juan García García y estaba casado con Ramona González Milán, con quien tenía dos hijos, Mercedes y Juan Manuel, que con los años sería también guardia civil.

Inició su carrera militar el 1 de  octubre de 1906 como soldado voluntario de la 6ª Batería de la Comandancia de Artillería de Cádiz y ascendió a cabo. Ingresó en la Guardia Civil el 1 de marzo de 1909. Prestó servicio como guardia 2º de  infantería en la Comandancia de Huelva (puesto de la capital) y en la Comandancia de Cádiz (puestos de la capital, Puerto Real, San Fernando y Chipiona). En diciembre de 1920 ascendió a cabo y prestó servicio en los puestos de Chipiona y Vejer de la Frontera hasta que el 1 de junio de 1932 fue promovido as argento y destinado a la Comandancia de Málaga. El 20 de noviembre retornó a la Comandancia de Cádiz y causó alta el 1 de diciembre en el puesto de Casas Viejas. Apenas estuvo un mes a su mando.

El 5 de abril de 1933, el inspector general del Instituto, Cecilio Bedia de la Cavallería, ordenó la apertura de juicio contradictorio para determinar si el sargento y sus guardias eran acreedores a la cruz laureada de San Fernando, máxima condecoración militar al valor heroico.

Dos años después fue archivado por un defecto de forma. Nadie volvió a acordarse de ello. Hoy, gracias a sus descendientes, ponemos rostro a este guardia civil que cumplió con honor su deber ofrendando lo más valioso que tenía: su propia vida.

JESÚS NÚÑEZ, Coronel de la Guardia Civil

Doctor en Historia

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